Entre la solidaridad y la “viveza”: ¿qué identidad estamos cultivando?
La identidad de un país no solo se cuenta en los libros de historia; se ve en la cola del pan, en el transporte público, en una vecina que cuida al hijo de otra, o en alguien que se “colea” porque “si no lo hago yo, lo hace otro”. Allí, en lo cotidiano, se está formando —y deformando— la identidad del venezolano de hoy.
Durante generaciones, Venezuela fue reconocida por un valor que no necesitaba campaña publicitaria: la solidaridad. Era común que en un barrio todos supieran quién estaba enfermo, quién necesitaba un plato de comida o quién requería una mano para levantar una pared. El “¿vecina, necesita algo?” era parte natural del lenguaje social. No se trataba de héroes, sino de una cultura donde ayudar era casi un reflejo.
Pero junto a esa identidad luminosa, también creció otra narrativa: la de la llamada “viveza criolla”. Esa idea mal entendida de que ser más astuto que el otro, saltarse normas o sacar ventaja personal es sinónimo de inteligencia. Lo que en algún momento pudo verse como picardía cultural terminó normalizando pequeñas trampas cotidianas que, sumadas, erosionan la confianza colectiva.
Hoy convivimos con esas dos caras.
Por un lado, está la señora que comparte el gas, el joven que hace una diligencia por un adulto mayor, la familia que reparte comida entre vecinos cuando llega una remesa. Por otro, está quien acapara, quien cobra de más “porque puede”, quien resuelve solo para sí mismo aunque perjudique a muchos. Ambos comportamientos nacen del mismo contexto de dificultad, pero reflejan decisiones éticas distintas.
La crisis prolongada ha sido un terreno fértil para esta tensión. Cuando las reglas dejan de funcionar y sobrevivir se vuelve prioridad, la línea entre resolver y abusar se vuelve peligrosa. Muchos venezolanos han desarrollado una resiliencia admirable: aprendieron nuevos oficios, multiplicaron ingresos, se adaptaron a fallas de servicios, sostuvieron familias enteras con creatividad y esfuerzo. Esa es la cara luminosa de resistir.
Pero también existe un lado menos visible: la normalización del “todo vale”. La resiliencia, cuando no está acompañada de valores, puede transformarse en dureza, individualismo extremo y pérdida de empatía. El cansancio social hace que algunas personas dejen de mirar al otro como prójimo y lo vean como competencia. Y allí se fractura algo profundo en la identidad colectiva.
Esta generación, que ha crecido entre carencias e inestabilidad, ha recibido mensajes contradictorios. Escucha que debe ser solidaria, pero ve que muchas veces quien actúa con honestidad “pierde”. Oye hablar de valores, pero presencia conductas donde la trampa parece premiada. Sin una referencia clara, corre el riesgo de confundir astucia con falta de ética.
A esto se suma otro problema silencioso: el desconocimiento de la historia. Muchos jóvenes saben más de tendencias globales que de los procesos que formaron el país donde nacieron. Se diluye la memoria de luchas colectivas, de momentos en que el bienestar se construyó desde la cooperación y no desde el sálvese quien pueda. Sin historia, la identidad se vuelve frágil, manipulable, inmediata.
Olvidar de dónde venimos facilita justificar cualquier conducta en el presente. Pero la historia venezolana está llena de ejemplos de organización comunitaria, de educación como ascenso social, de movimientos ciudadanos que lograron cambios reales. No todo fue perfecto, pero sí hubo un tejido social más fuerte que el que hoy percibimos.
Sin embargo, no todo está perdido ni mucho menos.
Los que permanecen en el país —maestros, trabajadores, abuelos, emprendedores, jóvenes que siguen apostando por estudiar— sostienen día a día una ética silenciosa. Son quienes hacen su trabajo aun cuando cuesta, quienes no se aprovechan de la necesidad ajena, quienes siguen enseñando con el ejemplo que la dignidad no está en ser más “vivo”, sino más humano.
Aquí y ahora, Venezuela vive una disputa interna por su identidad. No es solo política o económica; es moral y cultural. Se juega en decisiones pequeñas y diarias: devolver un cambio mal dado, respetar una fila, no cobrar de más, ayudar sin esperar recompensa. Son actos mínimos que, repetidos, reconstruyen confianza.
La viveza divide. La solidaridad construye. La primera puede dar ventajas momentáneas; la segunda crea futuro.
Quizás el reto más grande no sea resistir —porque eso ya lo hemos demostrado—, sino decidir qué tipo de país estamos formando con nuestras acciones cotidianas. Porque al final, la identidad del venezolano no será la que digamos en discursos, sino la que practiquemos cuando nadie nos está mirando.
Miembro de la Academia de la Lengua – Española Capitulo Anzoátegui – Periodista – Profesora de Literatura.- janneth88.j@gmail.com – @JannethTex

