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Rafael Fauquié: Trazar un camino…  I

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Escribir es trazar un camino, escribió Octavio Paz. Camino diseñado por un propósito: dar sentido al tiempo vivido; y, acaso también, aprobarnos junto a ese sentido. Suele definirse a la escritura como el más solitario de los oficios Afirmación cuestionable. Si bien es cierto que solitariamente escribimos, lo hacemos siempre con el convencimiento de un destino y la convicción de un destinatario. “Las verdades que se callan se hacen venenosas”, dijo Nietzsche. Y acaso ése sea uno de los puntos de partida de la escritura: colocar nuestro amor por las palabras al servicio de la comunicación de descubiertas verdades, utilizar nuestra voz para nombrar certezas junto a las cuales dibujarnos.

Al idear la escritura como trazado de un camino no puedo sino evocar el largo poema Espacio de Juan Ramón Jiménez, escrito ya hacia el final de su vida. Espacio es una construcción donde el poeta escoge habitar; forma construida por una conciencia que busca respuestas a trascendentes interrogantes: ¿por qué vivo? ¿Para qué vivo? ¿Qué sentido tiene mi existencia? Respuestas a las que el poeta responde a su manera: “Cualquier forma es la forma del destino … Todos somos actores aquí, y solo actores, y el teatro es la ciudad, y el campo y el horizonte, ¡el mundo!”.

Reflejo de una conciencia que ha acumulado muchas experiencias, Espacio es testimonio de pasos y actos, de paisajes y horizontes. En él memorias y comprensiones se hacen argumento que concluye cerrándose sobre sí mismo. Por ello, simbólicamente, el poema finaliza de la misma manera como había comenzado: reconociendo la importancia de la propia humanidad; de algún modo, divinizando la condición humana: “Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo”.

Toda escritura es, a la vez, fijeza y desplazamiento; detenida palabra sobre la página que la acoge y, también, paulatino avance de voces sucesivas. En su factura misma, Espacio, evoca esa dual condición: detenida memoria de imágenes y, a la vez, ritmo de recorridos y propósitos. La escritura sostiene al poeta en su caminar mientras ella misma va haciéndose territorio protector. Exiliado en los Estados Unidos, tras la guerra civil española, Juan Ramón Jiménez, alejado de esos sitios a los cuales la vida lo había llevado a renunciar -Palos de Moguer, Madrid, España- necesita hablar, precisa decir y decirse. Y lo hace comunicándose -“en español”- con los perros, los gatos y los árboles de Nueva York. A estos últimos los compara con los árboles de Madrid: “En el jardín de St. John the Divine, los chopos verdes eran de Madrid; hablé con un perro y un gato en español”.

Desde su exilio, el poeta dibuja con sus voces un espacio en el cual residir y resistir, dándose fuerzas para aventurarse hacia presentidos desenlaces: “(Soy) fuga raudal de cabo a fin”. Es un caminante empeñado en preservarse al lado de cuanto lo fortalezca; por ejemplo en el recuerdo de afectos y vivencias esenciales al lado de una presencia femenina: “… Te miro como me miro a mí y me acostumbro a toda tu verdad como a la mía”.

Importancia de la mujer: de su realidad, de su influencia; de su compañía al lado del poeta, quien reconoce haber descubierto junto a ella horizontes, paisajes y coloraciones que quizá nunca hubiese descubierto por sí mismo. Un reconocimiento que, generalmente, llega solo con los años y junto a un sentimiento difícilmente perceptible al comienzo del camino: la imposibilidad de atravesar el tiempo sin una compañía que nos afirme, que nos ayude a entender. Imposible sumar recorridos sin voces y miradas que sostengan las nuestras. Imposible –o invivible- la vida sin un ser que nos ayude a reconocernos en nuestra propia espiritualidad. Imposibles –o inconcebibles- actos y pasos desvaneciéndose en el aislamiento.

 

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