Trump está abriendo diferentes focos internacionales, todos en plena tensión, con peligros nada desdeñables. Venezuela y el Caribe, con un despliegue militar insólito, el mayor desde el final de la Guerra Fría, para atajar –se dice– el narcotráfico; Nigeria, con bombardeos difíciles de justificar, con el objetivo de atacar células terroristas ausentes; Groenlandia, con claras pretensiones anexionistas y reclamos propios de un matón, buscando sus riquezas; Gaza, con claras connivencias con el gobierno genocida israelí y con objetivos de negocio inmobiliario indisimulados; Ucrania, con un claro posicionamiento a favor de las tesis de Putin y la posible repartición del territorio ucranio. En todos esos frentes, dos son las características que los definen. En primer lugar, el desvío de atención hacia los problemas internos de Estados Unidos, agravados por la política trumpista. El crecimiento económico se ralentiza –a pesar de la fortaleza del último trimestre–, y empiezan a haber tensiones en la inflación –por encima del 2% perseguido por la Reserva Federal–, al tiempo que la contratación de empleo se ha ralentizado. Al mismo tiempo, cabe añadir que la popularidad de Trump ha caído en picado, hecho destacado por medios como el New York Times y la CNN. Y, a su vez, en ciudades importantes de Estados Unidos ha ido avanzando una clara protesta contra la administración republicana, con resultados favorables para los demócratas.
Pero el segundo elemento tiene claves claramente económicas. No se persigue el narcotráfico ni el terrorismo –estas son sendas excusas que suelen funcionar en la opinión pública–: se busca tener mejores accesos a fuentes de energía, materias primas y negocios particulares, familiares, del propio presidente y de su entorno. En este contexto, algunos analistas han deslizado la posibilidad del estallido de un conflicto mundial, motivado por el enorme grado de incertidumbre y los movimientos espasmódicos de Trump, siempre imprevisibles. El tema se divulga para seguir generando temor a la población; pero resulta difícil aceptar, desde el plano económico, que una guerra de grandes dimensiones pueda estallar, por un motivo central: los beneficios empresariales van ahora mismo como un tiro, hecho que se refleja en los balances de las empresas y en los movimientos bursátiles. Sería poco inteligente generar desorden y destrucción cuando se está ganando tanto dinero en este escenario, si bien siempre puede haber, como decíamos, actitudes imprevistas e impetuosas de algún dirigente enloquecido. En tales coordenadas, una invasión terrestre en Venezuela sería remover un avispero altamente peligroso para Estados Unidos: Venezuela no es Vietnam, tiene una extensión mucho mayor, y la opinión pública estadounidense no desea ver féretros de retorno con soldados de Oregón, Virgina, Oklahoma o San Francisco.
Los aranceles, las políticas comerciales –que están lesionando los grados de apertura de los países– y las tensiones geopolíticas, van a ofrecer riesgos innegables para el crecimiento futuro de la economía, principalmente en Estados Unidos. El 2026 va a profundizar esos desafíos en todo el mundo.

