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Julio Castellanos: La creciente desigualdad global y local

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Hace poco se dio a conocer un informe sobre la desigualdad ante el G20 redactado por un comité de expertos, entre los que se encuentran Joseph Stiglitz, Adriana Abdenur, Winnie Byanyima, Jayati Ghosh, Imraan Valodia y Wanga Zembe Mkabile, quienes demuestran los perniciosos efectos que tiene sobre las distintas sociedades la acumulación de riqueza en pocas manos y la absoluta pobreza de la mayoría.

Entre otras cosas, este informe resalta que “La desigualdad contribuye a que la vida de las personas esté marcada por la fragilidad, y provoca un sentimiento de injusticia que genera frustración y resentimiento. A su vez, esto debilita la cohesión social y política, erosionando la confianza de la población en las autoridades y las instituciones. Como consecuencia, la desigualdad genera inestabilidad política, la pérdida de confianza en la democracia, el aumento de los conflictos, y el debilitamiento del compromiso con la cooperación internacional. Asimismo, dificulta nuestra capacidad de abordar los desafíos a los que nos enfrentamos a nivel mundial”

Entre los años 2003 y 2005 el régimen autoritario venezolano hizo omnipresente el coeficiente de Gini en toda la propaganda oficial; este índice mide la desigualdad entre la población; en aquellos instantes ese dato mostraba una cierta mejoría principalmente atribuible a los estratosféricos precios que alcanzó el petróleo en el mercado internacional y al incremento del gasto público que populistamente afianzó Hugo Chávez. Cuando la destrucción del aparato productivo por la política expropiaciones se hizo evidente y la industria petrolera nacional terminó siendo un botín de la corrupción del PSUV inevitablemente llegó la crisis humanitaria compleja, a partir de entonces los datos del coeficiente Gini dejaron de aparecer en la propaganda oficialista, lógicamente, no había buenas noticias que mostrar. ¿Dónde sí apareció ese dato? En los informes que anualmente publicó la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) alertando de un incremento de la desigualdad económica en el país.

Lo que diferentes estudios, incluyendo la ENCOVI, indican sobre Venezuela es que la desigualdad se ha incrementado desde 1998 hasta el 2025. Que los ricos se están haciendo asquerosamente ricos (y también cínicos) y los pobres se están haciendo miserables. El salario dejó de existir, la informalidad se hace total, los servicios públicos se han privatizado de facto y los derechos socioeconómicos fueron derogados inconsultamente. Cuando los trabajadores, a través de sus sindicatos y confederaciones, se han expresado críticamente al respecto se les respondió con represión, violencia, cárcel o exilio. ¿Con quién se reúne el gobierno para definir su política económica y luego recibe sus entusiastas aplausos? Adivina adivinador, las distintas asociaciones patronales no destacan en la actualidad por posiciones críticas frente al régimen.

Es aquí donde ese informe al G20 muestra una preocupación que debería ser compartida por todos los progresistas y demócratas tanto universal como localmente, a saber: “Las desigualdades económicas tienden a traducirse en desigualdades políticas, afectando, por ejemplo, al acceso a los órganos de justicia o a la capacidad de participación en los procesos de toma de decisiones. En muchos países, los medios de comunicación están controlados por los superricos, lo cual provoca que su voz predomine en el debate social. Este problema se ha visto agravado por el auge de las redes sociales y las plataformas tecnológicas, que han depositado el control de los espacios de debate en manos de unos pocos.”

En palabras más precisas pero menos diplomáticas, los ricos (y poderosos) no usarán su influencia para cambiar las leyes y las políticas de los diferentes Estados (mucho menos en aquellos de carácter autoritario) para reducir su riqueza y compartirla con los menos favorecidos. No señor. Si hoy en día ese 1% de la población se apropia del 40% de la riqueza mundial, trabajarán día a día, denodadamente, sin dar reposo a su alma ni descanso a su brazo, para que el 1% reciba el 90% de la riqueza. Y, además, gracias a las redes sociales y medios de comunicación, por ellos controlados, convencerán a los trabajadores y obreros (ahora llamados “colaboradores”) de que recibir migajas por el sudor de su frente hasta el último suspiro es algo bueno y noble.

jcclozada@gmail.com – @rockypolitica

 

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