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Philippe Aghion: Solo la destrucción creativa impulsará la competitividad europea

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Si bien los debates sobre las decaídas perspectivas de crecimiento de Europa han estado vigentes al menos desde principios de siglo, la década de 2020 les ha dado una nueva urgencia. La invasión rusa de Ucrania no solo expuso una peligrosa dependencia de la energía importada, sino que un cambio de gobierno en Estados Unidos ha obligado a los europeos a replantearse cómo garantizarán su prosperidad, seguridad y soberanía en el futuro. Además, con Estados Unidos y China a la cabeza en inteligencia artificial (IA), considerada ampliamente como la próxima tecnología de uso general, a la par de internet, la falta de dinamismo de Europa se ha convertido en una emergencia.

El problema no es solo la brecha, comúnmente citada, entre los ingresos per cápita de la Unión Europea y Estados Unidos. Es que Europa lleva mucho tiempo rezagada tecnológicamente, con pocos líderes reconocidos mundialmente en la economía de plataformas digitales, la IA, la nueva carrera espacial y otros sectores que serán fundamentales para la competitividad y la seguridad en el siglo XXI.

Europa, profundamente dependiente de tecnologías avanzadas de otros países e incapaz de generar el crecimiento necesario para financiar sus objetivos estratégicos y sus pasivos futuros, es un ejemplo clásico de la importancia de la destrucción creativa (la destitución de empresas menos productivas por parte de nuevos competidores innovadores). Si se la ignora, unas perspectivas de crecimiento moderadamente reducidas son solo el comienzo de los problemas.

A pesar de su éxito como potencia comercial y regulatoria, Europa seguirá siendo vulnerable a menos que pueda impulsar la innovación al mismo ritmo y escala que Estados Unidos, China y otros. Dado que la IA tiene el potencial de generar nuevos conocimientos e ideas, además de realizar una amplia gama de servicios o funciones productivas tradicionales, podría ser un motor doblemente potente del tipo de destrucción creativa que, en última instancia, impulsa el crecimiento a largo plazo.

La innovación de frontera se vuelve más importante cuanto más se acerca una economía a la frontera tecnológica. Pero si bien aumentar la inversión en I+D es necesario para generar innovación revolucionaria, no es suficiente. Como se destaca en el informe del expresidente del Banco Central Europeo y primer ministro italiano Mario Draghi para la Comisión Europea, “ El futuro de la competitividad europea ”, el continente seguirá estancado en la innovación incremental de tecnología media a menos que logre un progreso significativo en tres frentes principales: eliminar todas las barreras que se interponen en el camino de lograr un mercado completamente integrado para bienes y servicios; crear un ecosistema financiero apropiado para alentar la toma de riesgos a largo plazo por parte de las empresas, comenzando con el capital de riesgo y los inversores institucionales (fondos de pensiones, fondos mutuos); e impulsar una política industrial pro innovación y amigable con la competencia en dominios clave como la transición energética, la defensa y el espacio (incluida la IA) y las biotecnologías.

Europa no solo ha eludido la política industrial con el pretexto de implementar una política de competencia, sino que también ha enfatizado la competencia entre las empresas establecidas dentro de Europa, prestando poca atención a la entrada de nuevos actores y a la competencia de fuera de Europa, empezando por Estados Unidos y China. La entrada al mercado de nuevas empresas innovadoras del resto del mundo es, de hecho, la esencia misma de la destrucción creativa que Europa necesita para crecer más rápido. A principios de la década de 2000, Giuseppe Nicoletti y Stefano Scarpetta, de la OCDE, demostraron que, si bien la rotación de empresas (la sustitución de empresas antiguas y menos eficientes por nuevas e innovadoras) había desempeñado un papel importante en el crecimiento de la productividad en Estados Unidos, la mayor parte de las ganancias de productividad en Europa se producían dentro de las empresas existentes. Muchos de los problemas actuales de Europa se pueden atribuir a esta diferencia básica.

En términos más generales, Europa necesita actualizar su doctrina económica, que la convirtió en un gigante regulador y un enano presupuestario. En primer lugar, al implementar los límites del Tratado de Maastricht a los déficits presupuestarios, los responsables políticos ya no deberían poner las inversiones que fomentan el crecimiento en el mismo plano que los diversos programas recurrentes de gasto público (como las pensiones y las prestaciones sociales). Además, deberían permitir políticas industriales que estén adecuadamente gobernadas, en particular cuando están diseñadas para favorecer la competencia y la innovación. Por último, se debería permitir a los países de la eurozona endeudarse colectivamente para invertir en las nuevas revoluciones tecnológicas, siempre que los Estados miembros muestren disciplina en la gestión de sus marcos de gasto público

Fomentar la destrucción creativa y la innovación revolucionaria en Europa también requerirá políticas complementarias para ayudar a los trabajadores a reasignarse de sectores rezagados a sectores más avanzados y para compensar a los perdedores a corto plazo de las reformas estructurales. Para ello, he abogado por un modelo de “flexiguridad” al estilo danés, en el que el Estado cubre los salarios de los trabajadores desplazados mientras estos buscan reciclarse y reincorporarse. Una revolución industrial impulsada por la IA no exige menos.

Fue un europeo, Joseph Schumpeter, quien reconoció la importancia de la destrucción creativa para el desarrollo económico. Los europeos de hoy deben aceptarla, pero también hacerla inclusiva y socialmente aceptable si quieren prosperar en los años y décadas venideros.

Premio Nobel de Economía 2025, es profesor en el Collège de France y en la London School of Economics y asociado del Centro de Rendimiento Económico.

 

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