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Humberto González Briceño: La antesala de la conversación entre Donald Trump y Nicolás Maduro

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Hay quienes aseguran saber el día, la hora y hasta el clima que hará cuando Estados Unidos lance un ataque militar contra Venezuela. No lo dicen con dudas ni reservas. Lo afirman con tono doctoral, como quien revela una verdad indiscutible recibida en una sesión espiritista con el mismísimo General Patton. Y en esta república de incertidumbres, donde el rumor sustituye al análisis y la fe al dato, tales predicciones encuentran eco inmediato.

Desde las redes sociales, convertidas en tableros de ouija digital, nos llegan a diario vaticinios de una invasión inminente. Algunos aseguran tener “data confiable”, otros alardean de “contactos en el Pentágono”. Unos más osados dicen haber tenido sueños premonitorios. Y mientras tanto, los ingenuos —o desesperados— aplauden y comparten. Hemos pasado de la geopolítica al tarot; del análisis estratégico al horóscopo marcial.

Habrá que reconocer a estos “analistas” una habilidad especial: vender como certeza lo que no pasa de ser un deseo. Porque en el fondo, lo que se disfraza de predicción no es más que un anhelo. Y el deseo, cuando se disfraza de dato, se convierte en autoengaño. Nosotros mismos, alguna vez, hemos caído en esa tentación: confundir la esperanza con el pronóstico. Desear tanto un final que terminamos creyendo que está a la vuelta de la esquina.

Pero una cosa es lo que se quiere, y otra lo que se puede. Y atacar militarmente a Venezuela no es una operación tan sencilla como la imaginan quienes piensan que la geopolítica se decide en Twitter. A Trump —el mismo que convirtió la política en espectáculo— no lo mueve la caridad ni la moral, sino el cálculo. Y ese cálculo incluye preservar el récord de ser el único presidente estadounidense reciente que no inició una guerra. En tiempos electorales, eso pesa más que cualquier indignación por un régimen narco y criminal como el venezolano.

Es cierto que algo se mueve. El reciente cierre del espacio aéreo venezolano por parte de Estados Unidos no es un gesto gratuito. Tampoco lo son los contactos de alto nivel entre ambos gobiernos, que según fuentes solventes no han pasado aún de ser exploratorios. Ni negociación ni entendimiento: apenas una tentativa de conversación. Todo lo demás —las filtraciones, las “fuentes anónimas”, los titulares sin cuerpo— suena a literatura fantástica para consumo rápido.

El New York Times, en una nota tan breve como sospechosa, afirmó que ya hubo un intercambio directo entre Trump y Maduro. Pero la escasez de detalles y la falta de confirmación de alguna de las partes obligan al escepticismo. No se trata de negar la posibilidad de un giro dramático —la política internacional es aficionada a los giros de libreto—, pero sí de desconfiar de quienes aseguran saber lo que apenas se intuye.

La historia reciente sugiere que la estrategia norteamericana tiende más a las presiones graduales que a los estallidos bélicos. El uso de sanciones, bloqueos, exclusiones financieras y operaciones de inteligencia ha sido la norma. Que esta presión se intensifique no implica, necesariamente, que un ataque militar esté en puerta. A veces, la artillería más efectiva no es la que se dispara, sino la que se muestra.

Claro, decir esto no genera “likes”. Mucho menos “engagement”. Por eso proliferan los adivinos disfrazados de analistas. Gente que ha hecho del pronóstico una empresa personal. Algunos incluso le ponen fecha al Apocalipsis criollo: “la próxima semana”, “antes del 24”, “el 31 sin falta”, “no pasa de febrero de 2026”.

Mientras tanto, millones de venezolanos sobreviven entre la resignación y la espera, atrapados en un ciclo infernal de expectativas fallidas. Porque aquí no se sufre solo por lo que ocurre, sino por lo que nunca termina de pasar. Y si algo falta en esta tragedia es seguir alimentando la ansiedad colectiva con falsas profecías, como si el hambre se calmara con predicciones.

Que Trump hable con Maduro no es impensable. Que lo ataque, tampoco. Pero no lo sabremos porque un “influencer geopolítico” lo dijo en su canal. Lo sabremos, si acaso, cuando ocurra. O cuando no. Mientras tanto, conviene recordar que en política, como en meteorología, las tormentas anunciadas rara vez caen sobre los predicadores.

Maestría en Negociación y Conflicto – California State University – @humbertotweets – +1 (407) 221-4603

 

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