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Antonio Guevara: Restaurante La Transición

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Durante los 26 años de revolución bolivariana los venezolanos de oposición hemos sido servidos en el aburrido menú de la transición que se ha repetido con una insistencia de cansancio y sin resultados. No estoy seguro de que se haya dedicado un tiempo para hacer control de daños en la estimación de cómo el tiempo ha sido un valor y una variable descartada para corregir el rumbo en algunos hitos específicos en este cuarto de siglo de locura revolucionaria. El cambio político, ese de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto en el país gobernado en revolución, se ha escurrido con arrinconamiento de indigestión. Con hartazgo. Así como se lee. El mismo local en el centro de Caracas, iguales mesoneros del régimen con su lacito rojo, la misma carta revolucionaria del socialismo del siglo XXI mercadeada siempre bajo la iniciativa del gobierno a sustituir, idéntico pedido del cliente que no pone en riesgo la permanencia en el poder a los usurpadores de Miraflores y un final parecido en un resultado sin sorpresas en términos de inamovilidad. No hay transformación. La Venezuela democrática está ahíta con el empacho de una mala digestión para sustituir al régimen de la revolución bolivariana por una opción democrática y constitucional en paz, y ajustada a las exigencias de la soberanía popular contenida en el artículo 5 de la carta magna. Tres experiencias en equivalencia a la de las tres comidas de la mesa familiar han arrojado registros fallidos. Siempre regresamos entusiasmados sin colocar alguna papeleta en el buzón de las quejas. Como si en los ingredientes del menú se incorporara algún aliño importado de las montañas de Sorte o de Quibayo y la atención de entrada y de salida en los fogones, en las bandejas del servicio y en la mesa estuvieran orquestadas por alguna Juana de Dios del poder popular y con las recetas para degustar dentro de los ornamentos del Chávez vive. ¡Bienvenidos a la fonda de La Transición!

Desayuno a la francesa

La primera experiencia lo fue un yantar muy galo. Café, croissant y listo. Pa’la calle, satisfechos y emocionados como si se tratara de pasear por les Champs Elysées. Sin oportunidad de sentarse a la mesa. No hubo ocasión de activar un proceso de sustitución gradual y pacífica de un régimen autoritario por otro democrático. 36 horas desde que se anunció ante las cámaras y micrófonos de la radio y la televisión en horas de una madrugada, por el inspector general de la FAN que se le había solicitado la renuncia al señor presidente de la república, la cual… aceptó.  El único que tuvo la oportunidad de jurar el cargo lo fue el señor Pedro Carmona Estanga, pero no pudo ejercer. No tuvo tiempo de montar en su caballo. De manera que transición en términos de la metamorfosis del gobierno saliente hacia la libertad, la democracia y la vigencia de la Constitución Nacional, nada de eso lo hubo. Se quedó a medio camino ese tránsito.  El 11 de abril de 2002 fue un desayuno frugal, algunos sorbos del café y apenas tres mordiscos al croissant para salir corriendo mientras la intacta Casa Militar del renunciado presidente Hugo Chávez retomaba el palacio de gobierno sin disparar un solo tiro. Los registros históricos deben indicar penosamente para los protagonistas la inacción de sus presencias, la negligencia en la suscripción de la formalidad republicana exprés, y en la brevedad de ese gobierno. ¡Voilà la duración a la manera de Liliput! ¡Touché los errores, las pifias y los desaciertos de los políticos y de los militares! Especialmente de los militares. París bien valió la misa de la gigantesca movilización en masa de la gente en la calle, pero la musa de los cinco pronunciamientos militares en secuencia de la tarde anterior se disolvió fugazmente y la inspiración desapareció. Cuando la moza del delantal llevaba la cuenta a la mesa, ya el renunciado presidente Chávez había regresado crucifijo en mano y el anunciado jefe de la Casa Militar de Carmona se mantenía todavía dando declaraciones para la televisión, de riguroso e impecable uniforme de gala y con atildamiento igual a estar en el palacio de Versalles. Esa cuenta está pendiente todavía para saldarse en la administración del local. A la hora y fecha después de 32 años de esas jornadas en el jolgorio de la cantina Mesdames et Messieurs sont très très capables et ¿Ça va?

La provisionalidad en el almuerzo

Con esa lección no aprendida ni asimilada, el 23 de enero de 2019 el entonces diputado a la Asamblea Nacional, Juan Guaidó se juramentó desde la plaza Brión en Chacaíto, camino al comedero. Lo hizo como presidente encargado para asumir las responsabilidades como primer magistrado nacional de acuerdo a las facultades contenidas en los artículos 233, 333 y 350 de la Constitución que establecen que, en caso de ausencia absoluta del jefe de Estado, corresponde al titular del Legislativo ocupar de forma temporal el Ejecutivo y convocar elecciones. Pues, en ese opíparo almuerzo de larga sobremesa, Nicolás Maduro siguió ejerciendo sus funciones sin que hubiera el cese de la usurpación, ni se convocaron ningunas elecciones libres. El gobierno interino nunca fue gobierno como tal, ni relevó con carácter de suplente al usurpador para asumir una provisionalidad mientras se convocaban los comicios. Ha sido una larga comida injustificada que se ha extendido artificialmente – increíble – hasta nuestros días. A pesar de que en ningún momento ejerció de gobierno tampoco se hizo el amago en el tiempo para desmontar ese andamiaje de anime y de ficción. Banda presidencial en mano, el titular de este embarque de la hora de otro almuerzo debería andar frenético para cruzársela y colgársela a alguien. En este caso para seguir con el entusiasmo del apoyo de Estados Unidos y más de 60 países, esa transferencia debería asumirse en el presidente electo el 28J, Edmundo González Urrutia. Si nos atenemos al cuento, a la histórica chanza venezolana y a la particular jodedera criolla, y acá es inevitable recordar la estafa del famoso falso jeque que visitó en algún momento a Caracas y despachó desde el hotel Tamanaco, esta provisionalidad debe estar encabezando en el palmarés de las más largas comisiones de enlace en el score político de la historia republicana de los países. Seis años, si no incorporamos en la lista la transición de Chávez hacia Maduro en 2012, esta de Guaidó es número uno. A partir de aquí se debería empezar a reflejar el hartazgo de permanecer transitando el empedrado sendero de los deslices de los clientes habituales que abultan la cuenta de los dueños del mesón La Transición. Ni modo, después de los bajativos dulzones del Cointreau y el Amaretto en las rocas, siempre hay la garantía del retorno con la misma alegría de la primera vez. Sin quejas ni reclamos. La cuenta la paga la gente.

Cena a la española

Los peninsulares cenan con todos los hierros. La fama los precede y la honran con las realidades de la obligada siesta, la tarde de tapas, de jabugo y de vinos empatada con la última comida del día hasta altas horas de la madrugada. El concepto de la transición política, entendido como de la movilidad desde quien se va del poder hasta quien llega para ejercerlo, tiene unas analogías en este momento específico en Venezuela a la manera de nuestros hermanos castellanos al disfrutar en sus fogones con paellas, bulerías y tablados hasta bien salida la noche y entrada del nuevo día. ¡Y olé! Estamos en plena transición desde el pasado 28 de julio de 2024. Tenemos al frente, desde la frescura del sur del mar Caribe un menú de tan pesado y de placentera combinación de sabores para el hambre de libertad y democracia en Venezuela como si saliera de cualquiera de la carta de los buenos y variados comedores de la Gran Vía y sus inmediaciones en Madrid. Hay platillos marinos para seleccionar desde ocho buques de guerra, varios aviones de vigilancia P-8 de la Armada y un submarino de ataque, una nutrida y agridulce bandeja de efectivos de las fuerzas especiales y marines como plato principal; y como postre se está incorporando al menú de la taberna un portaaviones con su grupo de batalla y un enjambre de mesoneros uniformados solícitos para la atención. Menudo hartazón hay disponible. De manera que el tiempo para disfrutar la comida con protagonismo y dirección –la sobremesa– en esta oportunidad también como en el desayuno francés de 2002 y el almuerzo de la calle de 2019 con el gobierno interino, vuelve a depender del cliente.

Bienvenidos al restaurante de La Transición nuevamente y buen provecho. Esta mesa al aire libre les sentará muy bien.

¡Ojalá no regresen!

 

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