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Jesús Alberto Castillo: La política desde la simbología del caballero andante

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En «Don Quijote de La Mancha», célebre obra escrita en 1605 por el genial Miguel de Cervantes Saavedra, podemos encontrar el siguiente pasaje: «- ¡Qué poco sabes, Sancho – respondió don Quijote-, de achaque de caballería! Calle y ten paciencia; que día vendrá donde veas por vista de ojos cuán honrosas cosa es andar en este ejercicio. Si no, dime: ¿qué mayor contento puede haber en el mundo, o qué gusto puede igualarse al de vencer en una batalla y al de triunfar de su enemigo? Ninguno, sin duda alguna».

Ese fragmento literario nos da una pista semiológica para comprender el tortuoso mundo de la política. Es que la política podemos verla desde las múltiples aventuras de un caballero andante, ese fascinante personaje del Medioevo que abandonó su hogar y se dedicó a recorrer mundos para luchar en nombre del honor, el amor y la justicia. En ese azaroso camino, el flamante caballero tuvo que afrontar desafíos con firme convicción de salir airoso o entregar su vida en pro de la humanidad. Jamás rendirse y ser fiel al juramento que asumió al colocarse la armadura, el yelmo y mostrar su espada para el combate.

La mayor satisfacción para él era vencer al adversario en el campo de batalla. Tenía que luchar con arrojo y coraje hasta doblegar al contrario en señal de triunfo. Así crecía su reputación. Igual ocurre con la política. El líder debe generar estrategias y acometer con astucia toda acción para obtener resultados favorables. No puede ir de derrota en derrota porque desmotiva a sus seguidores y se queda aislado. Pero, además, el caballero andante representaba el heroísmo, el honor, la dignidad, la defensa por los desvalidos, la lealtad y la superación personal.

En el caso de don Quijote hay un sentido de la justicia, un ideal por defender los derechos de los más débiles, una desbordante imaginación, producto de su «locura», que lo lleva a transformar la realidad asfixiante, para ser digno de un caballero admirable ante los demás. Cervantes construye con la delgada estampa de don Quijote, montado en su Rocinante y al lado del fiel escudero Sancho, una narrativa literaria para desnudar la realidad política de su época. Trata de simbolizar las cualidades que debe tener un buen político, en cualquier contexto dado: sentido de justicia, lealtad, honor, abnegación, cordialidad, valentía, imaginación, visión y perseverancia. Muchas de ellas han desaparecido en los dirigentes políticos actuales, salvo honrosas excepciones.

Ubicándonos en esta sociedad tecnificada del siglo XXI, es necesario no borrar de nuestro imaginario esas cualidades del caballero andante, las cuales son claves para recuperar el sentido ético de la política. No olvidemos que estamos ante una era del vacío, parafraseando a Gilles Lipovetsky, donde priva el individualismo, el consumismo y la degradación de la política. Es tiempo de sembrar en nuestra conciencia a ese don Quijote con sus andanzas por la libertad, la justicia y el honor. Más allá de que nuestra percepción de la realidad no sea compartida por la mayoría (eso que algunos llaman «locura»), debemos ser fieles al compromiso de honrar la política por el bien común.

Profesor universitario

 

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