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Soledad Morillo Belloso: Un ratón piadoso

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En la iglesia de Pampatar, donde las paredes sudan secretos como si fueran cofres de sal y las velas chismean en voz baja, vive un personaje que no aparece en los evangelios ni en los registros parroquiales. No tiene sotana ni diploma del seminario, pero todos lo respetan. Se llama Gregorio. Y no, no es monaguillo ni sacristán. Es ratón. Ratón de confesionario. Roedor de alma piadosa, orejas discretas y bigotes que tiemblan cuando alguien dice “he pecado” con voz temblorosa y cara de yo-no-fui.

Gregorio llegó una noche de luna llena, cuando el padre se quedó dormido rezando el rosario y las hostias reposaban en el copón como si fueran turistas en hamaca. Entró por la rendija del vitral, olió el incienso, se comió una miga de “pan bendito” y se instaló en el confesionario como quien encuentra su vocación divina y su merienda eterna. Desde entonces, escucha. Y vaya que escucha.

Ha oído de todo. Desde el señor que se robó una empanada en la playa y dijo que fue “por hambre espiritual”, hasta la señora que confesó haberle echado sal a propósito al dulce de lechosa de su cuñada “porque esa mujer no tiene perdón ni sazón”. Ha escuchado pecados de carne, de lengua, de pensamiento y hasta de omisión (como aquel que olvidó felicitar a su suegra y lo consideró un acto de misericordia preventiva).

Gregorio no juzga. Solo asoma el hocico, mueve la cola y da tres golpecitos con la patica. Uno por el arrepentimiento, otro por la intención de no volver a pecar, y el último por el perdón con sabor a queso. Y si el pecado es muy sabroso, se ríe bajito, como quien dice “yo también lo habría hecho, pero con más estilo”.

Una vez, el padre se fue de retiro espiritual y dejó el confesionario cerrado con candado y estampita. Pero la gente, que ya confiaba más en Gregorio que en el cura, se confesó igual. “Padre Gregorio, he pecado”, decían. Y él, desde su rincón, escuchaba con la solemnidad de un obispo y la picardía de un vendedor de raspados. Al final, daba su bendición con una reverencia de bigotes y un chillido que sonaba a “amén, pero sin culpa”.

Los niños lo adoran. Le dejan migas de merienda, trocitos de oblea y hasta confites de contrabando. Las viejas le rezan cuando el padre está ocupado o cuando quieren confesar cosas que no caben en el catecismo. Y los turistas, cuando lo ven asomar la nariz, creen que es parte del folklore. Pero los de aquí saben que no es cualquier roedor. Es el confesor sin sotana, el cura sin púlpito, el santo patrono de los pecadores simpáticos y los arrepentidos con gracia.

Gregorio, aunque ratón, tiene fe, y de la buena. En su casita improvisada —una caja de galletas que encontró detrás del botiquín del padre— ha montado su altar personal. Allí, entre una estampita de la Virgen del Valle y un pedacito de vela que aún huele a novena, reposa su santo patrono: San José Gregorio Hernández. No es error de imprenta, es devoción con acento margariteño. Gregorio lo venera con respeto roedor, le deja ofrendas de queso blanco y le reza cada vez que escucha un pecado muy grave, como el de aquel que confesó haberle puesto azúcar al café sin avisar. “San José Gregorio, dame paciencia y misericordia”, murmura Gregorio, mientras se acomoda los bigotes y se prepara para otro turno de absoluciones.

Algunos dicen que tiene poderes. Que si uno se confiesa con él y le deja un pedacito de queso, el pecado se borra del libro de contabilidad celestial. Otros aseguran que Gregorio tiene una libreta donde anota los pecados más sabrosos para contarlos en el cielo como cuentos costumbristas. Y hay quien jura que una vez lo vio dando misa a las arañitas que de vez en cuando se asoman al altar, con sermón incluido sobre la gula, el exceso de azúcar y el pecado de no compartir el melao del quesillo.

Pero lo más curioso es que, cuando cae la tarde y las campanas suenan como si fueran de papel mojado, Gregorio sale del confesionario, se sienta en el borde de la caminería y mira al mar, se deja enamorar del ir y venir de las olas. Como si también necesitara perdón. O como si supiera que, al final, todos somos pecadores buscando un ratón que nos escuche sin condena, nos absuelva con una sonrisa y nos guiñe el ojo como quien dice: “tranquilo, que eso no lo anoto”.

Y así, entre pecados, risas y migas, Gregorio sigue su ministerio. Sin sotana, sin dogma, sin sermón. Solo con orejas abiertas, corazón insular y una picardía que ni el Espíritu Santo se atreve a corregir.

soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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