Recibimos la noticia de que Hamás considera un acuerdo de paz inspirado en el plan de Donald Trump con una mezcla de alivio y escepticismo. Alivio por la liberación de los rehenes y la inminente entrada de la ayuda, que viene a paliar el hambre de una población desahuciada; escepticismo por los actores implicados y la manera de imponer la agenda.
La historia es testigo que en esa tierra las negociaciones suelen nacer heridas, en un marco estructuralmente injusto, por lo que el fin del conflicto armado no resuelve las diferencias de base. El plan orquestado reitera el dilema histórico de Palestina: negociar bajo presión extrema, con la esperanza de conservar un resto de soberanía.
Con la Declaración de Balfour (1917), el racismo y colonialismo británicos promovieron la creación de un “hogar nacional judío” en una tierra habitada por palestinos, que se concreta con la creación del Estado de Israel en 1948 con la bendición de la ONU, la cual aspiraba a una solución de dos Estados. El problema es que desde entonces Israel, lejos de cumplir con los compromisos, ha mantenido políticas expansionistas que reducen el territorio palestino a pequeños enclaves sin continuidad. De aquellos polvos, estos lodos.
Como escribió el diplomático palestino Ibrahim Al Zeben, “hacer la paz es la tarea más difícil, la más complicada; es más fácil hacer la guerra que hacer la paz”. Sus palabras constituyen una advertencia, porque la paz que se construye desde la desigualdad o con actores ilegítimos no puede ser una paz duradera.
Hamás no es la OLP. No es el movimiento nacional que, con todos sus defectos, representó a un pueblo entero en su lucha por la autodeterminación. Es una organización que surgió del vacío político, de la desesperanza y del bloqueo; pero también de la fractura interna y del uso de la religión como herramienta de poder. Su inclinación a la violencia y su discurso confesional la han aislado de buena parte del mundo y, lo más grave, del consenso moral que sostenía la causa palestina.
Esta, en tanto representa la lucha de un pueblo que reclama el derecho de vivir en su tierra con respeto y dignidad, no pertenece a una facción armada ni a un liderazgo político pasajero, sino a la humanidad entera. Al Zeben lo entendía así cuando afirmaba que “la Revolución francesa es de la humanidad, no solo de Francia; de igual modo, la causa palestina pertenece a todos nosotros”. Las manifestaciones en algunas de las más importantes capitales del mundo parecen darle la razón. Sin embargo, esa universalidad hoy ha sido secuestrada por el sectarismo interno y por las maniobras de potencias externas que manipulan el conflicto para avanzar sus proyectos geoestratégicos.
Estados Unidos, Israel, Irán, Turquía y algunos regímenes árabes han hecho del sufrimiento palestino una carta en sus tableros. Y Hamás, al aceptar discutir un acuerdo diseñado para reproducir las asimetrías del pasado, corre el riesgo de validar una paz sin justicia, la misma que Al Zeben denunció al analizar las negociaciones de Madrid en 1991 y Oslo 1993, cuando los palestinos aceptaron “condiciones hasta humillantes”, solo por preservar la esperanza.
Sin embargo, sería simplista desechar la posibilidad de diálogo porque no nos convencen los interlocutores.
En un mundo saturado de muros, incluso una rendija es valiosa si deja pasar el aire. Lo crucial es no confundir el respiro con la solución. La verdadera paz requiere liderazgo legítimo, memoria histórica y un sentido moral que trascienda el cálculo político. En palabras de Al Zeben, “el problema no es religioso, es un problema territorial y de respeto”. Nada más actual.
Por eso, esta apertura —si se traduce en algo real— debería servir no para consolidar el poder de facciones ni satisfacer intereses externos, sino para que el pueblo palestino recupere su voz colectiva. Una negociación válida solo puede surgir entre iguales.
Lamentablemente, cada vez que los palestinos aceptan hablar desde la debilidad, alguien afuera convierte esa debilidad en estrategia. Ojalá esta vez sea distinto. Ojalá el mundo recuerde que Palestina no es una frontera ni un campo de batalla: es el nombre de una promesa incumplida.

