Recientemente el sociólogo Tulio Ramírez, Coordinador del Doctorado en Educación de la UCV, ha puesto el dedo en la llega sobre la grave crisis del sistema educativo en Venezuela. Una triste realidad que ha sido descuidada por quienes tienen la responsabilidad de diseñar y ejecutar los planes de estudios en los diversos subsistemas escolares, más allá del cacareado discurso sobre la educación inclusiva que se repite a los cuatro vientos.
No es una perogrullada sostener que el bajo rendimiento escolar en todos los niveles se debe en gran medida al prostituido mecanismo de ingreso de docentes por parte de un modelo político clientelar, afectando la meritocracia e idoneidad que debe regir entre los que tienen la noble misión de educar.
Hoy cualquier persona, con escasa formación académica, da clase en los principales centros de enseñanza del país, lo cual trae como consecuencia que nuestros estudiantes no reciban una buena educación durante su escolaridad. Tal situación explica el bajo rendimiento, la escasa capacidad en lectoescritura, razonamiento verbal, habilidades numéricas y cultura general.
El asunto no radica en anunciar que tenemos una educación inclusiva y ampliamente difundida en todos los espacios de nuestra geografía nacional. El verdadero drama es no contar con docentes bien formados y con atractivos sueldos, infraestructuras educativas acordes con el ambiente educativo, recursos didácticos favirables, excelentes laboratorios, equipos tecnológicos sofisticados y procesos formativos que incentiven el pensamiento crítico- reflexivo en los estudiantes.
Contrariamente a este ideal, tenemos un modelo educativo sustentado en la ideologización, poca exigencia en el desempeño escolar y evaluación no consonante con las nuevas tendencias escolares. A este triste panorama se añade la poca participación familiar en el proceso formativo de los alumnos, empeorando aún más el sistema educativo en estos tiempos.
Frente a esta triste realidad la sociedad no debe mantenerse silente. Tiene que actuar e involucrarse para exigir al Estado un mayor compromiso con la educación de calidad. Eso implica intervenir en foros y debates ciudadanos, diseñar propuestas educativas y presentarlas ante los detentores de políticas públicas para salvar nuestro modelo de educación.
Aunque signifique un discurso repetitivo, debemos reflexionar como ciudadanos que la clave de una nación floreciente radica en la educación de su gente. Hoy el recurso más preciado es el intelecto y debemos apostar a su desarrollo cognitivo en todos las esferas del saber humano.

