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Daniel Gros: Por qué los estadounidenses y los europeos discrepan sobre la globalización

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En 1999, cuando se introdujo el euro, se temía ampliamente que la rigidez del mercado laboral europeo dificultara la respuesta ante choques económicos. Ese temor se confirmó tras la crisis financiera global una década después, cuando estalló una burbuja inmobiliaria que desembocó en una crisis de deuda soberana y prolongadas recesiones en la eurozona. Estados Unidos, en cambio, se recuperó con relativa rapidez de la crisis de 2008. Pero le ha costado mucho más que a Europa lidiar con otro gran choque económico: la globalización y la irrupción de China como potencia exportadora.

En muchos aspectos, la globalización ha representado un desafío mayor para Europa que para Estados Unidos. Mientras que las importaciones de bienes en Estados Unidos se mantienen prácticamente en el mismo nivel de hace 25 años –entre el 10 y el 11% del PIB–, en la Unión Europea han aumentado del 11% al más del 14% del PIB. Por su parte, el impacto del auge de China ha sido más o menos igual en ambos lados del Atlántico. Para 2023, tanto la UE como Estados Unidos registraban déficits comerciales con China de unos 300.000 millones de dólares anuales.

A pesar de estas similitudes, los relatos sobre la globalización difieren notablemente entre la UE y Estados Unidos. Aunque las comparaciones directas entre encuestas de opinión son imperfectas, debido a diferencias en la redacción y la metodología, el mensaje básico es claro: mientras que una gran mayoría de los europeos cree beneficiarse del libre comercio, la mayoría de los estadounidenses piensa que otros países se han beneficiado más que ellos.

El presidente estadounidense Donald Trump ha basado parte de su carrera política en estos agravios –en particular, en la narrativa de que el libre comercio, especialmente con China, ha provocado el declive de la manufactura estadounidense y las dificultades de los trabajadores industriales desplazados en antiguos centros fabriles. Así, mientras los líderes europeos han mantenido en general su compromiso con la apertura comercial –incluso los populistas europeos no han abrazado el proteccionismo–, Trump ha utilizado la amenaza de aranceles para forzar la renegociación de acuerdos comerciales más favorables para Estados Unidos.

¿Qué explica esta diferencia transatlántica? Según un estudio clave de 2016, el aumento de las importaciones chinas provocó la pérdida de 2,4 millones de empleos en Estados Unidos entre 1999 y 2011, incluyendo cerca de un millón en la industria manufacturera. Un estudio posterior de los mismos autores, cinco años después, concluyó que, aunque el llamado “choque de China” se estabilizó entre 2010 y 2012, las zonas afectadas seguían sufriendo niveles “deteriorados” de empleo y salarios en general.

Aunque estos resultados puedan parecer contundentes a primera vista, el contexto importa. Estados Unidos cuenta con más de 160 millones de trabajadores, y el desempleo se ha mantenido en niveles muy bajos en los últimos años. Además, Trump obtuvo unos 77 millones de votos en las últimas elecciones, una cifra muy superior a los 2,4 millones de personas desplazadas por el choque chino. Por tanto, probablemente fue el declive general de la industria –provocado, según múltiples estudios, en gran medida por factores distintos al comercio, especialmente la automatización– lo que llevó a muchos estadounidenses a oponerse al libre comercio.

Pero el sector manufacturero europeo también ha ido en declive –y en muchos casos, las pérdidas han sido mayores que en Estados Unidos. En los últimos 20 años, la proporción de empleo en la industria cayó cerca de 3 puntos porcentuales en Estados Unidos (de 13% a 10%); cuatro puntos en Alemania (de 23% al 19%); y cinco puntos en Francia (del 16% al 11%). No todos los países europeos sufrieron pérdidas de esta magnitud, pero tampoco todas las regiones de Estados Unidos las padecieron.

Si la diferencia en las opiniones sobre el comercio no se debe a una mayor dislocación del mercado laboral, ¿qué la explica?

Un factor importante podría ser que en Europa –particularmente en Alemania– las exportaciones también aumentaron, generando nuevas oportunidades de empleo para los trabajadores que perdieron sus puestos debido a la competencia de importaciones. Estos trabajadores ni siquiera tuvieron que mudarse, ya que las empresas exportadoras exitosas podían estar situadas en las mismas regiones donde las industrias estaban en declive.

Otra diferencia clave radica en las redes de protección social y las estructuras industriales de cada región. Dado el mayor nivel de especialización industrial en Estados Unidos, los trabajadores suelen tener que trasladarse para encontrar empleo en nuevos sectores. Pero la red de seguridad social del país es mucho más débil que la de Europa, lo que hace que esas mudanzas –y los ajustes ante choques económicos en general– sean mucho más difíciles, especialmente para los trabajadores no calificados y de bajos ingresos. Esto ayuda a explicar por qué, como han documentado Anne Case y Angus Deaton, Estados Unidos ha experimentado un aumento en las “muertes por desesperación” (por suicidio, sobredosis de drogas y alcoholismo), especialmente entre los hombres de clase trabajadora, en las últimas décadas. La desintegración familiar y el debilitamiento de los lazos comunitarios también podrían influir.

Cuando estadounidenses y europeos hablan de globalización, no se refieren solo a los volúmenes de comercio o a las pérdidas de empleos industriales; también están hablando de instituciones, resiliencia social y narrativas políticas. Mantener esta visión más amplia es esencial, no solo para diseñar políticas comerciales, sino también para orientar las respuestas a los cambios económicos en un mundo inestable.

Director del Instituto para la Formulación de Políticas Europeas en la Universidad Bocconi.

 

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