La razón poética acepta que la realidad es, esencialmente, la palabra que la nombra. Existe humanización en la razón poética porque las palabras pertenecen siempre a alguien: a una individualidad en diálogo con el universo, a una conciencia que dibuja la realidad a partir de sí misma. Mucho más que la comprensión del mundo, la razón poética muestra la mirada de un ser humano sobre el mundo o el mundo convertido en eso que lo convierten las miradas que lo contemplan.
La mirada de la razón poética es adánica. Mirada primera que, aunque perciba cosas muy viejas, las contempla como si las descubriese por primera vez. Nombrar desde una razón poética es nombrar lo recién descubierto; no lo nuevo sino la percepción de lo nuevo. Ella es razón en diálogo que busca el encuentro de los argumentos, la reunión de las imágenes.
Frente a uno de los signos de nuestro tiempo: el de la generalizada indiferencia ante las palabras, la razón poética devuelve a la voz, a la escritura, todo el poder de la comprensión. De alguna manera, rescata la vieja visión de los griegos sobre el poder de las palabras, cuando la voz era una evocación de lo nombrado y convocaba las cosas ante quien las pronunciaba. Esa convicción pareciera revivir en esa razón poética que es voz que dice que las cosas y el mundo son, por sobre todo, las cosas y el mundo percibidas por el hombre.

