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Hilde Sánchez Morales: Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo

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El origen del lenguaje es una cuestión que ha interesado, a lo largo de la historia, a científicos, antropólogos, lingüistas, psicólogos, sociólogos, filósofos… Ha sido un tema recurrente de estudio al ser un aspecto clave de la vida humana en sociedad, de la cultura y hasta de nuestra conciencia como seres dotados de inteligencia.

Partimos de la evidencia de que el lenguaje es fruto de un proceso, en continuo cambio y transformación, ligado a condicionantes de orden genético/biológicos, sociales y culturales.

Desde nuestro nacimiento desarrollamos áreas concretas asociadas al lenguaje. La más importante es el área de Broca (producción del habla) y la de Wernike (dimensión comprensiva). Nuestra plasticidad cerebral permite su adaptación en virtud de la exposición al propio lenguaje en un contexto vivencial de interacciones continuadas. Además, facilita que las conexiones neurales se focalicen, entre otros objetivos, hacia el habla y la comprensión. De tal suerte que con el paso del tiempo se especializan y permiten tanto la adquisición de vocabulario, como la adquisición de un lenguaje simbólico.

En este contexto, nuestro cerebro y nuestra capacidad vocal fueron determinantes en la génesis del mismo, pues facilitaron la producción de sonidos más variados y la aparición de estructuras gramaticales de mayor complejidad.

Numerosos han sido los autores que se han ocupado de tan apasionante cuestión. Para los evolucionistas como Charles Darwin la aparición del lenguaje está ligada (como elemento adaptativo) a la cooperación y a la transmisión de cultura (rasgo propio humano). Para los teóricos funcionalistas es un mecanismo que satisface necesitades sociales. Para otros autores como Emilio Durkheim es un hecho social (“maneras de obrar, sentir y vivir exteriores al individuo, que ejercen un poder coercitivo sobre su conducta orientándola en todo su desarrollo”), a través del cual se transmiten las normas y valores para el buen funcionamiento de las sociedades. Para el antropólogo Malinowski es indispensable para la adquisición de información, de conocimientos y para el establecimiento de relaciones sociales. Para estructuralistas como Ferdinand de Saussure el lenguaje dispone el pensamiento (muy interesante al respecto es reflexionar sobre si ¿pensamos porque hablamos o hablamos porque pensamos?). Claude Lévi-Strauss contempla el lenguaje como la “base de las estructuras mentales universales de las culturas humanas”. Desde la hermeneútica y la fenomenología el lenguaje da sentido y nos adentra en el mundo, para Heidegger es “la casa del ser”. Por último, para las teorías pragmáticas es acción:  Habermas plantea que facilita el entendimiento y Michel Foucault sostiene que da lugar y regula las relaciones de poder.

Sea como fuere el lenguaje avanzó desde formas muy simples de comunicación hacia formas cada vez más complicadas, incluyendo las ideas y sentimientos. No en vano el lenguaje humano es un rasgo propio de nuestra especie y se caracteriza (como destacamos anteriormente) por su simbolismo. Ninguna especie animal puede interpretar lo que significan, por ejemplo, emociones como el amor, el odio, el rencor, la satisfacción…

El cerebro y el lenguaje han ido de la mano desde la aparición de Homo sapiens, aunque el primero siga siendo un desconocido para la ciencia. Los conocimientos ofrecidos por el “Proyect Brain Research Through Advancing Innovative Neurotechnologies” han resultado de extraordinaria importancia. Han contribuido a entender los mecanismos neuronales relativos a la visión y la memoria, mejorado la cirugía para tratar enfermedades y disfuncionalidades cerebrales con modelos digitales, generado implantes cerebrales para invidentes, descubierto biomarcadores para patologías como el Alzheimer e incluso proyectado tecnologías para hacer que las máquinas tengan capacidades que superen las humanas (pensemos en la IA).

Respecto a la dimensión genética del lenguaje, hace varios meses la revista Nature Communications publicó los resultados de un estudio del científico Robert Darnell, en el que concluía que una variación en la proteína NOVA 1 presente, exclusivamente en los seres humanos, había sido clave en la evolución del habla. Modificaron genéticamente ratones para que portaran la precitada proteína y comprobaron que emitían sonidos diferentes cuando se hacían saber (particularmente a sus madres o cuando los machos localizaban a las hembras).

Para Darnell la variante de NOVA1, exclusiva del Homo sapiens, ha jugado un papel determinante en el desarrollo de los circuitos neuronales. Este descubrimiento es apreciable para profundizar en la capacidad humana para comunicarnos, aunque no sea riguroso circunscribir la evolución del habla a la existencia de un único gen, pues, como he referenciado en líneas precedentes, en su génesis y posteriores progresos están implicados factores biológicos, anatómicos y sociales/culturales.

De lo que no hay duda alguna, siguiendo al gran filósofo Ludwig Wittgenstein es que “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”

Finalizo este breve texto no sin preocupación por el empobrecimiento al que asistimos del mismo y en el que las nuevas generaciones se han instalado a resultas de la utilización generalizada de las redes sociales virtuales:

¿Es el precio que debemos pagar como sociedades altamente tecnologizadas?, ¿ocasionará cambios morfológicos en nuestros cerebros?, ¿surgirán nuevas formas de lenguaje más sintéticas?, ¿perderá definitivamente valor la palabra frente a la imagen?, ¿qué efectos sociales/culturales se derivarán?…

 

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