La novela “Casas Muertas” de Miguel Otero Silva, ambientada en el pueblo venezolano de Ortiz, nos ofrece un retrato vívido de la decadencia de un lugar marcado por enfermedades, migraciones y la llegada del petróleo. Aunque se sitúa en un contexto histórico particular, su mensaje resuena profundamente con la realidad actual de Venezuela, que enfrenta una crisis económica, un éxodo masivo de ciudadanos y un alarmante deterioro de sus infraestructuras.
La historia, que transcurre a finales del siglo XIX y principios del XX, ilustra cómo la fiebre, la muerte y la migración afectan a este pueblo llanero. La llegada del petróleo trae consigo una transformación, pero también la destrucción de la vida tradicional y el abandono del campo. Personajes como Carmen Rosa, Sebastián y Doña Carmelita encarnan la lucha por sobrevivir en un entorno hostil.
Hoy, Venezuela atraviesa una crisis económica profunda, caracterizada por hiperinflación, escasez de productos básicos y una situación social precaria. La migración de venezolanos, tanto dentro del país como hacia el exterior, ha dejado ciudades y pueblos semivacíos, un fenómeno conocido como “osteoporosis urbana”, que evoca la decadencia descrita en “Casas Muertas”. La infraestructura del país, que abarca viviendas y servicios públicos, se encuentra en un estado de deterioro que refleja el abandono que se retrata en la novela.
Aunque “Casas Muertas” se desarrolla en un contexto histórico diferente, su representación de la decadencia, el abandono y la pérdida de identidad resuena con la realidad actual de Venezuela. La obra de Miguel Otero Silva sigue siendo fundamental para comprender la complejidad de la historia venezolana y los desafíos que enfrenta el país hoy en día.

