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Rafael Fauquié: A la irracionalidad o indiferencia del universo… III

 

Frente a la percepción de lo arbitrario o lo caótico te impones la protección de un orden que, a la vez que te limite, te fortalezca y afirme. Eliges y te limitas, pero esa limitación te fortalece dentro de tus personales linderos. Sigues el rumbo que te guía hacia ese lugar que -sabías, sentías- habría de pertenecerte. Y supusiste que ese destino sería una conquista fácil de obtener, la consecuencia de un designio escrito y asequible porque para él lucías predestinado.

Te pertenece el reto de colocar nombres a las cosas. Te pertenece el hallazgo de una voz que describa el imaginario de tus días. Te conciernen ciertas verdades y te amparan determinados propósitos y sueños… ¿Proclamarlos? ¿Fortalecerlos en tu silencio?

Te reconoces en esa mirada tuya que contempla el mundo para identificarse con él o resistirlo. Te reconoces en el lúcido propósito de acercar tus pasos a las miradas de tu corazón. Te reconoces en esa voz tuya, necesariamente singular; en esa sintaxis tuya hecha de sueños, recuerdos, proyectos, creencias, apuestas…

Te crees elegido cuando accedes a eso que pensabas merecer. ¿Elegido por quién? ¿Elegido para qué? ¿Elegido? No. ¿Diferente? ¿Peculiar? Sin duda.

Sueñas con palabras cercanas a esos desenlaces que te conciernen. Celebras junto a ellas el sosiego y una acogedora levedad.

Nombras la realidad con voces que son, ellas mismas, realidad.

Te propones acogerte a determinadas memorias. Te propones preservar elegidas armonías. Te propones alimentar la ilusión que nunca dejarás de ser. Te propones predecirte ante las aristas del tiempo y escuchar eso que el tiempo te dice. Te propones fomentar acuerdos con la realidad desde una esencial fidelidad a ti mismo. Te propones distinguir aliento en tus palabras. Te propones reflejar la vida en tu vocabulario.

Haces de tus ilusiones y rutinas cadencia; pero, por sobre todo, argumento y orientación.

Vastísimo, asequible o inasequible, inabarcable siempre, el mundo exige de ti lecturas para hacértelo más comprensible o aceptable.

Más que la realidad, tu percepción de ella; más que el tiempo, tu manera de escucharlo…

Mucho más que de llenar los días con los trazos del afuera, has de llenarlos con los designios surgidos de tu conciencia.

Se trata de moverte por entre familiares espejismos y de saber desplazarte con soltura por entre la siempre azarienta realidad.

Se trata de saber girar en torno a ti mismo y, a la vez, de hacer de tu conciencia espacio de comunión con otros.

Tus desconciertos: un punto de partida.

Te guían tus experiencias y ciertas experiencias ajenas descritas en voces cercanas a tus voces. Todo forma parte de la esencial humanidad de las palabras.

Resides en respuestas y revelaciones que aprendiste a valorar. Te sostiene tu empeño por entender. Te amparan las promesas que te ofreces, tu perseverancia apoyada en viejos egoísmos, tus intenciones afirmadas por la ilusión. Antepones tu curiosidad a la indiferencia, tu ilusión al desengaño, tu esperanza al desaliento, tu perseverancia a la desidia, tu confianza a la sospecha…