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Rafael Fauquié: Admoniciones IV

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Inclinado a contemplarte a veces con ojos comprensivos, puedes, sin embargo, llegar a ser tu crítico más acerbo. Serán la lucidez, la voluntad, la sensibilidad y la imaginación quienes te permitirán construirte y reconstruirte a lo largo de los años. Nunca te abandonará la necesidad de cobijarte en una memoria necesariamente hospitalaria ni tampoco la búsqueda de cierta tierra prometida donde sueños y realidades pudieran reunir esas respuestas elegidas por ti. Descubres nuevas formas de fortaleza aceptando el espacio de tus sentimientos. Serás fuerte una vez que aprendas a conquistarlos y a conquistarte junto a ellos. A veces absurdamente, fuiste el hacedor de esas interminables circunferencias en las que te obligabas a girar. A menudo te inunda un silencio que es voluntad de alejamiento; una voluntad siempre unida al afán de entender, entender siempre. Te creo cuando das al tiempo la posibilidad de hacerse recurso de esperanzas. Te creo cuando afirmas haber seguido el rumbo que desde siempre pareciera haberte guiado. Te creo cuando dices haber identificado tempranamente esos sueños que nunca dejaron de pertenecerte. Eres presencia al elegir hacer y elegir hacer junto a otros. Eres presencia desde la esencial fidelidad a ti mismo. Eres un antes y un ahora apartado de mucho simulacro colectivo. Reconoces en la sensatez y en el sosiego algunas de las principales confirmaciones del tiempo. Te abruma el sobrehumano propósito de  convertir cada uno de tus actos y pasos en sentido. Defender tus verdades será la mejor manera de apostar por ti. Sobre ciertos errores que tu memoria no logra olvidar, te obligas a descubrir nuevas respuestas. Rehén, siempre rehén de tus razones y elecciones, habitas por entre la vastísima ilusión de lo posible al interior de un universo que a veces te apoya y a veces te desengaña. En tu camino, constantemente, se abren puertas y cierran puertas, comienzan ciclos y finalizan ciclos, se inician ilusiones y se desvanecen ilusiones…  Regresas una y otra vez a tus mutismos, a tu caminar atolondrado, a tus elegidas prioridades, a tus centros y a tus márgenes, a tus preludios y a tus finales, a tu voluntad de persistir por entre puntos siempre suspensivos… Una y otra vez regresas a tu ilusión de un centro, a profecías y quimeras que duermen al borde de la esperanza. Regresas una y otra vez a luminosas ilusiones en medio de apagadas atmósferas de silencio y a un propósito de afirmación dentro de ese tiempo donde intentas legitimarte. Sin cesar te repites: tiene que existir algo más: un claro punto de partida, una firme evolución, un nítido compromiso, una sabiduría lentamente descubierta, un destino dibujado y presentido, una razón de ser, una manera de vivir y de sentir, una forma de creer y decidir, una ilusión que no se apague, el alimento de una esperanza, una manera de escoger y de entender, una forma de negar y de afirmar, un sentido al valorar y al condenar… ¿Existe un desenlace para tus propósitos? Sí, está presente en la piel de tus recuerdos, en el alma de tus razones, en la carne de tus sueños, en el tuétano de tus emociones y sentimientos… A lo largo de tu vida fuiste aprendiendo a jugar muy seriamente juegos parecidos a los que tanto te absorbieron cuando niño, cuando las inmensas contradicciones entre lo real y lo deseable eran mucho menos perceptibles. De mal grado aprendiste que se deshicieran ilusiones que te decían que todo podía llegar a ser posible. Aprendiste que en la vida la mayor parte de las cosas dependerá de tu manera de apasionarte por ellas. Aprendiste a percibir simetrías identificándose con la forma de tu destino. Aprendiste el trágico sentido del desperdicio del tiempo, el horror a la decadencia de los años, el significado de los viejos arraigos, la relación entre un pasado aceptado por el presente y un presente edificado sobre la esperanza del después. Aprendiste que las verdaderas comprensiones llegarían solo una vez descubierto el sentido de tu relación con los otros; y que, sin una esperanza que te permitiese creer y te impulsase a querer, todo podía hacerse banal escamoteo al interior de los inabarcables espacios de la intemperie…

 

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