La película El brutalista, firme candidata a varios de los premios de la Academia de este año, comienza con la presentación del “sueño americano” abierto a la esperanza de una víctima del Holocausto: un arquitecto judío y húngaro, Lászlo Tóth. La esperanza en el sueño irá deshaciéndose en la larga lista de decepciones que aguardan por él. Y es que la nueva vida, tan anhelada, tarda demasiado en llegar. A lo largo del filme, descubrimos a un personaje, un artista, un creador, utilizado por un entorno frío y despiadado, que solo a medias parece aceptarlo y entenderlo, pero solo para aprovecharse de él.
El mundo que originalmente condenó a Lászlo, ese universo nazi que lo arrojó a un campo de exterminio, pareciera, en ocasiones, no alejarse demasiado de ese nuevo territorio humano donde pululan personajes reprobables, abyectos, que explotan al artista, utilizándolo o desechándolo. El propósito de Lászlo -y su misma supervivencia- reside, esencialmente, en el ideal de su creación, en su búsqueda estética, en la obsesión por alcanzar un legado. Vive para él. Se reconoce en ese esfuerzo y ese sueño cuya importancia el espectador no llega a conocer sino en el exacto final del filme, en esa última parte o “Epílogo”, en la cual destaca, con toda su contundencia la afirmación hecha por el personaje de Sofía, la sobrina de la esposa de Lászlo: “Lo importante no es el camino, sino el destino”. Algo que, por cierto, mucho recuerda la máxima de Sófocles: “Nadie a un mortal considere feliz antes de saber qué ocurre el último día de su vida”.
Esa idea: un destino que borra o desdibuja o contradice los desafíos, avatares y sufrimientos a lo largo del camino, pareciera oponerse a cierto lugar común aceptado como una de las centrales verdades del aprendizaje de vivir: el camino lo es todo. Recuerdo el célebre poema Ítaca de Constantino Kavafis: “Ten siempre a Ítaca en tu mente./ Llegar allí es tu destino./ Mas no apresures nunca el viaje./ Mejor que dure muchos años/ y atracar, viejo ya, en la isla,/enriquecido de cuanto ganaste en el camino/ sin aguantar a que Ítaca te enriquezca./ Ítaca te brindó tan hermoso viaje./ Sin ella no habrías emprendido el camino./ Pero no tiene ya nada que darte.”
La conclusión del texto de Kavafis: “(Ítaca) no tiene ya nada que darte” contradice la conclusión de El brutalista que nos muestra a un Lászlo Tóth, envejecido, postrado en una silla de ruedas, pero homenajeado, reconocido, admirado. Ese “Epílogo” da a entender que la trascendencia del artista reside solo en el reconocimiento de su obra. Sus muchos sufrimientos, sus desgarradoras experiencias, sus interminables decepciones solo tendrán sentido una vez que los otros, muchos otros, participen, se comuniquen y admiren su creación. La mirada ajena, a fin de cuentas, es quien señala la trascendencia de la obra creada. Ésta vive y trasciende en la medida en que muchos ojos y muchas conciencias la celebren. Y si esa celebración no llega será, entonces, la terrible amenaza del desvanecimiento, de la desaparición en medio del absoluto olvido. En suma: el camino que colma o vulnera al creador, que lo pone a prueba desafiándolo incesantemente, será aliento para su obra; pero el destino, la verdad o memoria de ésta dependerá siempre de la mirada de los otros.
Repetiré algo que escribí hace unos años: “El contacto con el arte educa. Nos permite descubrir profundas verdades, intuir la veracidad de razones y experiencias. Contemplamos esa obra que, a su vez, nos contempla. Nos convertimos en sus interlocutores, en sus confidentes. El arte habla. Habla a nuestra conciencia.” En suma: El brutalista me comunicó esa sabiduría de vida: será el destino el encargado de dibujar el sentido y la valía del camino, la trascendencia de su transcurrir…

