El mundo de nuestro presente, cada vez más comunicado y empequeñecido, nos obliga a distinguir diferentes reglas de juego a las que estábamos acostumbrados. Era, por ejemplo, el sentido de los viejos nacionalismos, cuando, junto al ocaso de viejos imperios que encerraban en su interior realidades humanas -religiosas, culturales, lingüísticas- distanciadas unas de otras, la noción de soberanía nacional se imponía como la necesaria protagonista de los itinerarios colectivos de los hombres. Entonces, los excesos nacionalistas podían hacerse más comprensibles; pero hoy día vemos como al amparo de ideales nacionalistas, ciertos gobiernos protegen sus intereses y desmanes apoyados en nociones de soberanía nacional destinada a rechazar toda forma de intromisión foránea. Dictadores y camarillas de sátrapas gobernantes protegen, así, sus desmanes apoyados en una “soberanía nacional” destinada a condenar toda forma de “injerencia extranjera”. Pero al lado del argumento de la “soberanía nacional” existe, también, la razón de la “autodeterminación del pueblo soberano”. ¿Qué sucede cuando la inmensa mayoría de los habitantes de un país exige un cambio en su destino? ¿Cuándo el deseo de casi todos los miembros de una sociedad exigen lo que su gobierno les niega? ¿Cuándo el pueblo soberano se siente, se sabe traicionado por esos poderes que deberían defenderlo y apoyarlo? Entonces, el criterio de soberanía nacional colide con el criterio de autodeterminación de un pueblo.
El mundo humano, esa realidad que es el universo de los hombres, no puede ni debe, permanecer indiferente a los excesos e injusticias ejercidas sobre poblaciones abandonadas a su suerte. Precisamos del concurso de todos para hacer un poco menos inhumano ese espacio planetario donde habitamos todos. Una manera de convivir dentro de él será por medio de una solidaridad que signifique el posible auxilio hacia sociedades donde impere el Terror de Estado por el que unos pocos, apoyados por la fuerza de las armas y el secuestro de todos los poderes públicos (Congreso, Tribunal Supremo de Justicia, poder electoral, Fiscalía General) impongan su ley sin rendir cuentas a nadie.
En un mundo donde todos somos testigos de cuanto sucede en él, los crímenes de gobiernos cometidos en contra de sus poblaciones, no deberían dejar indiferentes al resto de las naciones. Por el contrario, tales crímenes deberían apelar a una solidaridad planetaria como una más justa y humana forma de relación entre las naciones.

