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Rafael Fauquié: Sobre la traducción

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Traducción es desciframiento, asimilación, incorporación de lo otro a través del lenguaje. En su libro Sobre el programa de la filosofía futura, escrito a comienzos del siglo XX, su autor, Walter Benjamin, comenta: “El concepto de traducción conquista su pleno significado cuando se comprende que toda lengua superior (con excepción de la palabra Dios) puede ser considerada como traducción de todas las otras … La traducción de la lengua de las cosas a la lengua de los hombres no es sólo traducción de lo mudo a lo sonoro es la traducción de aquello que no tiene nombre al nombre. Es, por lo tanto, la traducción de una lengua imperfecta a una lengua más perfecta”.

Para Benjamin, traducción significa diálogo y cercanía, reciprocidad y convivencia, coexistencia de particularismos. La traducción acerca las diferencias, las comunica, las integra. Facilita las comprensiones, aproxima los diálogos. ¿La traducción, tal como la concibe Benjamin, implicaría el fin de la babelización del mundo humano? ¿Sería una metáfora de tiempos nuevos en los que Babel ha desaparecido para siempre?

Babel es la imagen opuesta a la traducción, lo contrario de la comunicación humana. La tradición judeocristiana recuerda que el castigo para Nemrod, el rey que pretendió llegar hasta el cielo para contemplar el rostro de Dios, fue el caos de Babel. La torre interminable habría de permanecer en la memoria de la humanidad como una alegoría del fracaso de los hombres en la desmesura de sus pretensiones. En la mayoría de las culturas existen mitos que hablan de la insalvable diferencia entre la voz del nosotros y la voz de los otros. Alegoría del no diálogo, de la incomunicación absoluta; suma, en fin, de todas las insalvables diferencias de una historia humana que, como Octavio Paz ha dicho alguna vez, “rezuma sangre”.

Benjamin va incluso más allá: la traducción podría permitir a los hombres entender por ejemplo el lenguaje de la naturaleza. La palabra del cosmos y la palabra de las creaciones humanas están obligadas a traducirse. En este caso, la idea de traducción significaría el final de la soberbia de los hombres; una nueva manera –más humilde y mesurada- de asumir su relación con esa otredad que es el universo natural. La Naturaleza, habla. Lo ha hecho siempre. Fue el hombre quien en algún momento dejó de escucharla. Sólo “traduciéndola” descubriríamos, por ejemplo, que nunca hemos dejado de pertenecer cercanos a su marcha y a sus designios; que todos juntos, hombres y cosmos, formamos parte de una armonía o de una correspondencia universal que todo lo engloba.

 

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