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Rafael del Naranco: Subiendo al último tranvía 

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Los largos días veraniegos en estas costaneras mediterráneas sobre la España del Sur, en la que hemos forjado nuevas pretensiones de vida tras dejar la incomparable Venezuela, nos encuentran respirando a la sombra de los almendrales exuberantes que nos rodean, mientras nos arropan   morriñas vivenciales, siendo cada una de ellas una hoja de nuestra propia existencia.

Es certero: se vive de muchas maneras, pero únicamente el envolventerecuerdo vivencial nos sitúa en nuestro propio terreno al encuentro del mejor sendero posible.

Uno procura vivir de diversas formas, no obstante, siempre  envueltos sobre la rinconera en la cual reposan nuestras vividas experiencias, que nos ayudarán a no caer una y otra vez sobre el camino de la existencia.

El considerable lago interior en estas costas levantinas de nombre Mediterráneo, contrafuerte de Oriente y Occidente – aguas calmosas y bravas al unísono para Ulises y Herodoto – ahora convive en nosotros ceñido en reminiscencias, al ser aquellos lejanos días  nuestros, tiempo de expatriación sobre barcazas carcomidas de salitre.

El Mediterráneo es un imperecedero narrador de historias individuales empujadas por ese viento cambiante de nombre y pujanza. Ahora es Mistral, después Tramontana, al cruzar las columnas de Hércules entre Gibraltar y Ceuta lo llaman vendaval, para convertirse un poco más allá en Levante, Siroco o Jamsin.

La pasada semana, como hacía tiempo ya no hacíamos, subimos a una de las dunas en la Albufera valenciana, en este corto recorrido trashumante. El paisaje, en la hora en que el sol se alza con plenitud sobre el horizonte, era placentero. Una brisa suave, fresca, envuelta en salitre, movía las ramas del pino carrasco, en esta agraciada tierra  de pinares y palmitos.

Fue inevitable la evocación en nosotros. Ella, a nuestro lado – los años han dejado en su semblante unas líneas mohínas – lo expresó con clara nitidez: “Estas aguas brillando detrás de esos enebros encendidos, son la presencia que aún guarda nuestra intensa congoja tras tu partida”

Años después, regresaba nuevamente desde la orilla fosforescente del Caribe venezolano, a la playa levantina de numerosas afinidades, y era como si la esencia de lo que soy ahora fuera parte de esa arena.

Entre sus senderos, las dunas de El Saler, saltando sobre espesos juncales, nidos de ánades, patos y cercetas, de la laguna cerca, parecían decirnos que el recuerdo de las mujeres amadas renace en los primeros días de abril y desaparece, igual a la baja niebla, a finales de agosto o la primera semana de septiembre.

¿Y hacia dónde los empuja el viento de la inmensa acequia?

Arcano. Nunca nadie lo sabe, no obstante, semejante a los patos de la laguna, regresan cada año para cumplir los inexorables ciclos de amor, esas adelfas permanentemente protegidas de Neptuno y escondidas por Minerva.

A eso jugábamos entonces. A ser hombres ardientemente enamorados sin descanso, y con miedo de que todo fuera un ensueño y se hiciera ceniza. Y el mar, presente, vigilante y cómplice de cada una de esas embestidas, nos miraba serenamente por detrás de los cañaverales.

Los versos largamente leídos, eran en aquel tiempo, no un arte en el clásico sentido de la palabra, sino un ramalazo, un hervir de la sangre, una forma de trasformar la saliva desde el fondo de las entrañas y amasar con ella palabras tan potentes como la luminiscencia con noches profundas cerradas en rocío.

Lanzábamos bramidos sin miedo – eso llegaría después y nos rompería a zarpazos – con el deseo de probarnos a nosotros mismos y saber que la sangre circulaba por las venas con la furia de una catarata. El poeta José Hierro – acero y sangre al mismo tiempo – poeta de nuestros desahogos envueltos en dudas, nos lo presagió:

“No fue jamás mejor aquello. / Esto de ahora es doloroso; / pero el dolor nos hace hombres / y ya ninguno estamos solos. / Alto fue el precio que pagamos: / miseria y llanto en los ojos, / nuestros mejores años verdes / y nuestros sueños más hermosos.”

Ostentaba un claro juicio, pero cuando lo supinos ya  era demasiado tarde. Habíamos subido al último tranvía de la juventud. Partía fijamente, como el olvido la ciudad de los naranjos y la flor de azahar, y nos acercaba paulatinamente a la playa de las querencias furtivas. Allí nos dejaba solos frente a la inmensidad de ese lago que bañaba las costas de Capri, Creta y los desnudos arenales de Trípoli, en que durante largas noches nos hemos adormecido.

En aquella carroza de laminilla y madera sobre rieles, coloreada de ambarino, nos sentíamos unidos a peces en la profundidad del mar Mediterráneo tan nuestros, sin deja en el olvido el Cantábrico asturiano de nuestros primeros abrevaderos en la vida.

Una amanecida en el barrio Llano del Medio, en el Gijón de nuestra nacencia, acudimos al borde de mar de nuestras primeras vivencias, mientras la espuma tejía jeroglíficos indescifrables, y allí oímos hablar de un océano y una tierra de gracia, que desde ese instante comenzó a llamarnos a gritos.

Nos levantamos muy despacio, tomamos unas pocas alforjas, y no descansamos hasta llegar a los acantilados de Macuto. Ante nosotros, toda la inmensa Venezuela

Las palmeras y un cielo purismo, nos esperaban.  Igualmente, dos ojos de mujer ardiente.

Eso se lo recordaba ahora mi congoja al mar Mediterráneo.

rnaranco@hotmail.com

 

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