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Rafael Fauquié: Solitariamente…

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Compañera de larguísimas horas de nuestras vidas, la soledad contribuye a forjar nuestro temple.

En soledad partimos de nosotros mismos hacia el mundo, hacia el tiempo y… de vuelta hacia nosotros.

La soledad se aprende… Se aprende a conocerla, a no temerla; y, eventualmente, a disfrutarla…

Infernal es, a veces, la soledad; e infernal es, siempre, la imposible soledad.

Aprender a estar solos significa no aburrirnos nunca en nuestra propia compañía.

La soledad, si no nos aplasta, nos da fuerzas. Junto a ella podemos aprender a contemplar… Y a entender.

Suele asociarse la soledad a derrota social o aburrimiento. Temores que la hacen frecuentemente temida, un oprobio del que es preciso escapar.

La soledad nos enseña a priorizar: ¿qué nos interesa de veras? ¿Qué forma parte de nuestro mundo? ¿Cuáles son los signos principales de ese mundo?

Desde nuestra soledad miramos hacia el afuera. No podemos dejar de formar parte de él, pero, a solas con nosotros mismos, aprendemos a conocer nuestro lugar en él.

Quien no tenga nada que decirse a sí mismo descubrirá en la soledad la mayor de las calamidades. Sin embargo, ella puede significar una extraordinaria manera de aprendizaje, una oportunidad para disfrutar de tiempo en nuestra propia compañía, para aprender a no aburrirnos con nosotros mismos; también para aprender a llegar a relacionar soledad con libertad y entender que somos libres al reconocernos y aprobarnos en nuestros actos, propósitos e ilusiones.

Saber estar a solas con nosotros mismos nos salva de mucho merodeo inútil, de mucha inconsistencia, de mucho extravío. Significa, también, la oportunidad de reconocer aptitudes e identificar intenciones de las cuales nos resulta imposible apartarnos.

En la sexta carta de las que componen las Cartas a un joven poeta, Rilke se refiere a la “grandeza” de la soledad; grandeza que no excluye la dificultad, pero, en compensación, ella puede proporcionar al solitario un crecimiento personal y una innegable fortaleza. Recomienda Rilke al joven poeta que sea capaz de transportarse a los días de su infancia y recordar la importancia que daba a esas cosas que solo a los niños conciernen: sus juegos, sus ilusiones, la imaginación que lo trasladaba a todos los escenarios posibles, la pasión con que se entregaba a distracciones que llenaban por completo su tiempo. Y en ese regreso al mundo infantil alcanzar a reconocer eso que para cada quien pueda poseer una absoluta importancia.

Únicamente la soledad permite -de nuevo en palabras de Rilke – permanecer “atento a cuánto se alza en el alma y colocarlo por encima de cuánto se percibe alrededor”.

 

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