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Tulio Ramírez: Los retornos en política

 

En política ha habido retornos muy sonados. Uno de ellos, el de Napoleón Bonaparte. Tras haber sido derrotado y desterrado a la isla de Elba, logró escapar y huir a Francia. Al llegar, los soldados enviados por el Rey Luis XVIII para arrestarlo, terminaron uniéndose a él, recuperando el Trono sin disparar un tiro. Días antes esos mismos soldados aclamaban a su Rey, vociferando el slogan ¡Leales siempre, traidores nunca!

El caso de Winston Churchill es icónico. A pesar de haber liderado al Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial hasta conseguir la victoria, perdió las elecciones de 1945. Luego de la calentera, persistió y se mantuvo como líder de la oposición durante 6 años.

A los 76 años, retornó como primer ministro tras ganar las elecciones de 1951. A partir de ese episodio, se enseña en las escuelas de politología que cuando un líder longevo dice “ya yo estoy para el retiro a mis cuarteles de invierno, mi interés es el país y no el poder”, hay que responderle “si, Luis, muerde aquí”.

Juan Domingo Perón fue otro caso. Derrocado por un golpe militar en 1955, se fue al exilio por casi dos décadas. Su partido fue prohibido. Sin embargo, su influencia política quedó intacta.

Retorno a Argentina en 1973 y ganó la presidencia por tercera vez con un impresionante respaldo popular. Al parecer la expresión “en política no hay cadáveres y si los hay se mantienen insepultos”, se acuñó a partir de ese momento.

En Venezuela los casos de CAP y Caldera también son un ejemplo de retorno por persistencia. Cada uno volvió al poder, después de haberlo ejercido, y haber recibido fuertes críticas por la gestión. Siendo candidatos, no tuvieron rival. El lema “abrimos paso a la generación de relevo” fue excluida del léxico de todos los asesores políticos de la época.

También recuerdo aquel 13 de abril de 2002. Después de días confusos, con marchas multitudinarias, emboscadas, francotiradores, cartas de renuncia y autojuramentaciones en Miraflores; el General Baduel, su compañero de armas y compadre, terminó trayendo desde La Orchila al Galáctico de Sabaneta, para instalarlo nuevamente en la silla presidencial.

Se argumentaba que había una carta de renuncia, pero sus simpatizantes manifestaban que fue bajo coacción y así no se vale. Por supuesto, no faltaron los aduladores de siempre. Pontificaban que “fue un ardid propio de su genialidad militar, porque engañó a todos con esa carta”.

Los más jaleletis dejaban en claro que no hubo habido ningún tipo de debilidad en el valiente comandante. Afirmaban que “no había llorado en la sotana de Monseñor Baltazar Porras, que lo que hizo fue hipear y hacer pucheros, lo cual no aplica como llanto”.

Finalmente, volvió al poder con un cristo en la mano. Juró en cadena nacional que gobernaría de manera diferente y convocaría a todos a un gobierno de reconciliación nacional. De allí se popularizó el dicho “mientras más me lo juras, menos te creo”.

Estos recuerdos los traigo a colación en virtud que hace unos días hubo otro retorno que impactó y sigue, al día de hoy, impactando a los venezolanos. Si bien no entra dentro de la categoría “retorno al poder”, entra en la de “retorno que espanta al poder”.

Pero, más allá de lo espectacular de su aparición en público, lo que más me impresionó fueron las reacciones de los dirigentes del gobierno interino y líderes del partido de gobierno. Las declaraciones intentaron minimizar y restarle importancia a lo que evidentemente era la noticia del momento. Se calificó de “Show” tal arribo, ya que “ella podía entrar al país cuando quisiera y como quisiera”.

Fue muy curiosa esta declaración viniendo de quienes la amenazaban con apresarla una vez que pusiera un pie en el territorio nacional. Pues, al final llegó y en vez de apresarla como lo habían prometido, se hicieron los musiús y montaron una tarima en Valencia para hacer su propio show.

Esto me hizo recordar aquel video que circula por TIK TOK donde un envalentonado perrito chiquito y delgadito, gruñe desafiante a un Rodwailler cinco veces más grande que él. La razón de tal arrojo se debe a que el perro grande e intimidante, está del otro lado separado por una ventana de vidrio. El asunto es que cuando se abre la ventana, el perrito bullero y alzado, pela los ojos como un par de huevos fritos y se tira al piso, haciéndose el musiú.

Me vino a la mente aquel dicho de nuestro llano que reza, “una cosa es mentar al tigre y otra, tenerlo al lado”. Por cierto, del otro no hablo, porque todo apunta a que ese, definitivamente, no retornará

Director del Doctorado en Educación-UCAB – Director del Postdoctorado en Ciencias y Filosofía de la Educación- UCAB – Director-Editor de la Revista ARETÉ. Revista Digital del Doctorado en Educación de la UCV.