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Pedro Mosqueda: Catrina

 

Hoy las imágenes nos llegan a cualquier hora y a cualquier pantalla, sobre todo a las del celular, que es ubicuo, lo tenemos día y noche en la mano, y es como el armamento de un policía: tenemos terror de perderlo porque nuestra vida está allí.

Pero en aquellos días, en cambio, ver la televisión en Venezuela era un lujo comunitario; un puñado de muchachos nos las ingeniábamos buscando la imagen trepados a las ventanas, a las empalizadas, o apiñados en la única sala con pantalla para presenciar el milagro de la lucha libre de la catch-as-catch-can, por Cadena Venezolana de Televisión, CVTV.

Todos drenábamos viendo a los técnicos sufrir ante los rudos para -al final- machacarlos. Ver luchar al Tigrito del Ring contra Cruz Diablo (Serafín González), requería maña. Escaseaban televisores pero sobraba ingenio. Ni hablar del Santo -invitado de México- contra el Dragón Chino.

El aire se cortaba al ver a los hermanos Badi y Basill Batah al aplicar la “Pinza Libanesa”  contra las artimañas de Dark Buffalo.

Ni qué decir cuando eran dos contra dos, lucha de relevos. Las damas también luchaban, pero esa es otra historia.

Aguas abajo, la emoción era tal que improvisamos un Ring que terminó en tragedia: Juan Carlos haciendo de Tigrito del Ring se montó en la esquina y ensayó el salto de la muerte y terminó con la cara espaturrada frente al suelo. Mi primer duelo. ¡La muerte!

Décadas más tarde – la mano invisible de la vida- un Día de los muertos, como el que se aproxima, terminamos en la Arena de México, la catedral de la lucha libre. En México la lucha libre es tan popular que desafía cualquier lógica racional; se vive con más drama y pasión que el fútbol en Europa.

Habíamos sido invitados a una Convención muy terrenal y esa  noche el destino sagrado nos impuso otra agenda: se disputaba el Trofeo del Inframundo. Misticismo absoluto.

El show arrancó con un desfile alucinante y sobrecogedor  de dioses que emergían de la “niebla” entre flores, tambores y bambalinas. No era mera decoración: los dioses bajaban a bendecir a los gladiadores convirtiendo el cuadrilátero en un altar sagrado. Una amalgama de folclore y adrenalina.

En la tribuna la reina absoluta era la Catrina, que reinaba en cada rincón. Esa calavera creada por el dibujante José Guadalupe Posada y  que Diego Rivera llevó a la inmortalidad en su famoso mural de la Alameda. Posada y Rivera coincidían en la sátira: no importa de lo que te quieras echar, al final todos terminamos convertidos en esqueleto o cenizas. Una manera de mantener la memoria simbólica de quienes se fueron. Una manera de decir que la memoria también puede ser una fiesta.

Una película -a otro nivel- Coco (2017) ganadora del Oscar al mejor largometraje animado nos recreó en los ojos de un niño, toda esa fantasmagoría.

De manera que

Fui a una convención bastante terrenal y lo único que recuerdo de aquella jornada, es esa noche que vi a la Catrina más viva que nunca en el rostro pintado de miles de fanáticos exaltados cuando el hijo del Santo (el enmascarado de plata) desde una esquina procedía a realizar su famoso salto mortal. Todo era cósmico, el deporte arrodillado a la mitología y viceversa. Era teatro popular, una batalla entre el bien y el mal en la que cada llave, cada caída y cada máscara alimentan nuestra imaginación.

Al salir a la calle, entre máscaras, flores y altares, comprendí que el niño que se las ingeniaba en una callejuela de un barrio popular para ver al Tigrito del Ring y al Dragón Chino, y el adulto que vió a los dioses de Mictlán, compartían la misma fascinación: el ser humano frente a las cuerdas de la vida, siempre busca vestirse de Catrina o de Halloween para reírse de la muerte y ganarle la última caída. Una forma hermosa y teatral de burlarse de la muerte.

¡Hasta que suena la campana final!

Nos vemos por ahí.