Al inicio de la Segunda Guerra Mundial al General Charles de Gaulle no lo quería nadie. Digo nadie por quienes detentaban el poder formal en Inglaterra y los Estados Unidos, al inicio de la Segunda Guerra Mundial; e incluso en la misma Francia, en su ámbito profesional militar porque, de alguna manera, colocaba en evidencia las carencias o ambiciones de sus superiores e institutos académicos militares.
Alto, elegante, de férrea personalidad, estudioso del “Arte de la Guerra”, consideraba que los manuales académicos usados en aquél entonces, estaban pasados de moda; mientras apostaba por la introducción de nuevas doctrinas militares como el uso de tanques de guerra como arma de avance y disuasión, que ya los alemanes comenzaban a utilizar en la Primera Guerra Mundial, en tanto que sus superiores continuaban aferrados a las trincheras.
Finalmente lo logró, se convirtió en un experto en ellos y llegó a dirigir la primera compañía de tanques creada en Francia. Ellos, junto con la introducción de la aviación fueron los grandes avances logrados al en las Fueras Armadas de Francia lego de la finalización de la Primera Guerra Mundial.
Nos encontramos entonces en la etapa histórica de la finalización de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), en la cual perecieron alrededor de 22 millones de personas entre civiles y militares; esto sin enumerar las numerosas víctimas inutilizadas por el uso de gases mortíferos y las posteriores en la llamada por la expansión mortal de la llamada “peste española”, surgida como consecuencia de infecciones de heridas, inhalación de gases y, los escasos conocimientos elementales de asepsias, antibióticos y adelantos quirúrgicos, hoy elementales en nuestro uso diario.
Pero además, a de Gaulle le gustaba escribir y publicar sobre temas geopolíticos y militares, que algunas veces fueron censurados por sus superiores, y otras aceptadas con reservas, como fuere el caso del Mariscal Philippe Pétain quién luego sería nombrado presidente del régimen de Vichi, al firmar el armisticio con los alemanes en 1940.
A todo ello, en De Gaulle se agregaba un cierto temperamento de arrogancia, que posiblemente no lo era, sino la expresión de una seguridad en lo que afirmaba y, en el liderazgo natural que ejercía en en sus posturas y acciones
El ascenso de Charles de Gaulle al liderazgo de la Resistencia francesa comenzó en el momento más crítico de la Segunda Guerra Mundial, luego de la acción relámpago alemana (la blitzkrieg) destrozó las defensas francesas en solo seis semanas, y París cayó el 14 de junio de 1940.
Rendirse ante la Alemania nazi además de ser una derrota militar, fue una traición, afirmaba el General de Gaulle.
Cuando Petain optó por la rendición y la colaboración con el enemigo, de Gaulle tomó la extraordinaria decisión de abandoner Francia y refugiarse en Londres, para desde allí dirigir la Resistencia y enfrentar a Hitler y al nazismo.
Acción que nos hace reflexionar sobre cómo los verdaderos líderes mantienen su la firmeza bajo presiones extremas; algo que los psicólogos denominan «fusión de identidad»: cuando la identidad personal se vuelve inseparable de los valores abstractos y los ideales nacionales. Marco psicológico ayuda a explicar cómo las personas pueden tomar decisiones aparentemente irracionales que, posteriormente, resultan históricamente significativas.
Su disposición de arriesgarlo todo por principios abstractos como el honor y la independencia de Francia ejemplifica cómo los valores profundamente arraigados pueden prevalecer sobre los cálculos pragmáticos, partidista, personales o económicos.
Su estilo de liderazgo también ilustra el poder de la claridad moral en situaciones de crisis, porque mientras otros se centraban en la supervivencia inmediata, él mantuvo una visión a largo plazo de la restauración francesa que lo sostuvo durante aquellos momentos de críticas y aislamiento.
La experiencia de sentirse profesionalmente marginado, convencido sin embargo de su posición, sembró la confianza en su criterio que lo guiaría a través de la Guerra; solo, en Londres y al frente de un movimiento que inicialmente consistió en un puñado de seguidores, los micrófonos de la BBC y del apoyo mitigado de Churchill, que no perdonaba la reciedumbre y terquedad de aquel aliado recalcitrante.
Para los líderes actuales, el liderazgo que ejercía de Gaulle a partir de una posición de debilidad, contiene infinitas lecciones porque demuestra que mantener una visión de largo plazo en medio del caos pasajero puede ser más valioso que una postura acomodaticia, y que la autoridad moral prevalence, porque triunfa finalmente el apego a los valores fundamentales.
La fusión de identidad personal con amplitud de objetivos, la voluntad indomable ante obstáculos al parecer insalvables y el coraje de actuar por convicción más que por conveniencia circunstancial, son ahora más que nunca valederos para quienes aspiran dejar una impronta en la historia.
En el fondo, el problema era que Churchill y Roosevelt estaban peleando una guerra para derrotar a Hitler. De Gaulle estaba peleando otra guerra distinta dentro de esa: la guerra para que Francia no perdiera su rango de gran potencia después de haberse rendido en 6 semanas en 1940. Por eso al final, en Yalta, a De Gaulle no lo invitaron. Y por eso, después de la guerra, se vengó de los dos al vetar a Inglaterra para integrar la Comunidad Europea y sacando a Francia de la OTAN.
De Gaulle, como analista político y estratega militar, sabía que al finalizar la guerra Estados Unidos se retiraría de Europa, y una vez creada las Naciones Unidas Rusia tendría 300 divisiones en Europa. ¿Quién va a frenar a Stalin entre el Canal de la Mancha y Rusia? ¿Inglaterra sola? Imposible. Churchill necesitaba a Francia desesperadamente como colchón y como voto extra pro-británico en el Consejo de Seguridad. Es allí entonces, cuando Churchill insiste y presiona a Roosevelt y a Stalin para que a Francia se le dé un lugar en la Zona de Ocupación en Alemania (que fue sacada del territorio británico y americano, no del soviético) y Silla permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Stalin al principio se ríe.
Dice “Francia no ha luchado, ¿qué hace aquí?”. Pero acepta porque le conviene: un voto más en el Consejo debilita el bloque anglosajón, dado que pensaba que Francia sería comunista después de la guerra —(el PCF era el partido más grande en Europa). Ante esta realidad, Roosevelt aceptó la presión inglesa a regañadientes, muy enfermo, dos meses antes de morir.
Así que Francia entró al Consejo de Seguridad no por lo que hizo militarmente entre 1940-1944, que fue poco comparado con EEUU, URSS e Inglaterra, sino por lo que representaba políticamente en 1945: el aliado que Inglaterra necesitaba para no quedarse sola frente a Rusia. Fue una jugada maestra de Churchill por interés propio, y de Charles de Gaulle por su claridad, convicción y persistencia.
Este es el motivo final de Churchill en 1944-45. Roosevelt quería gobernar Francia con un gobierno militar americano — AMGOT, como en Alemania. De Gaulle se entera de esta intensión de Roosevelt y se trasladó al poblado de Bayeux el 14 de junio, sin permiso americano. Allí la gente lo aclama, lo abraza, le toca a su paso. Los americanos ven las imágenes y entienden: ningún francés quiere dólares con bandera americana, todos quieren a de Gaulle.
De Gaulle fue un genio político justamente por eso: logró que una Francia derrotada en 1940 terminara en 1945 con zona de ocupación en Alemania y una silla en el Consejo Permanente de las Naciones Unidas.
Más tarde, cuando la Crisis de los misiles en Cuba, Kennedy negoció con Krushchov la supervivencia del planeta sin avisarle a ningún aliado. Ni a Inglaterra, ni a Francia. Imagino que de Gaulle se dice entonces: “Si mañana los rusos invaden Alemania, ¿EEUU va a arriesgar Nueva York por París? No. “Por eso desde 1960 crea la Force de Frappe: bomba atómica francesa propia. Y cuando EEUU le dice “no necesitas bomba, nosotros te protegemos”, De Gaulle responde: “La protección que no controlas es vasallaje.”. El golpe final fue el 7 de marzo de 1966, le envió una carta de 3 páginas a Lyndon B. Johnson, en tono seco, militar, donde le dice: Francia sigue en la OTAN como aliado político. Si la URSS ataca, pelearemos. (Creo que habría que hacerle llegar copia de esta carta, al actual Presidente de Francia Emmanuel Macron)
Se retiró del mando militar integrado de la OTAN. Todos los cuarteles americanos y de la OTAN tienen que irse de suelo francés en un año, ordena de Gaulle. Se va el SHAPE, el cuartel general de la OTAN que estaba en París a Bélgica.
De Gaulle pensaba en 30 años, no en 30 días. Mientras los demás pensaban “¿cómo ganamos la semana?”, él pensaba “¿dónde estará Francia en 1980?”. Ese es el truco del estadista: no administrar el presente, inventar el futuro y hacer que todos crean que era inevitable alcanzarlo.
No solo fue la esperanza de un pueblo y su sobrevivencia en libertad e independencia. Luchó contra la timidez, orgullo, ambición individual, intereses grupales e individuales para hacer de Francia un gran país, proyectarlo hacia el futuro. Tuvo que soportar mezquindades, zancadillas, traiciones, persecución, pero persistió, se exilió, regresó, se impuso y logró la grandeza de Francia, en su momento.
Por todo ello, por ese orgullo nacional y persistencia, por esa claridad es que concluimos que en María Corina Machado, hay un de Gaulle en nuestra patria.

