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Arturo Pérez Reverte:Los bárbaros somos nosotros

 

Patente de corso.

Hace veinticinco años escribí un artículo titulado La mochila y el currículum, tras cruzarme con un joven que buscaba trabajo repartiendo fotocopias con su título universitario; y me pregunté cuándo, en vez de currículum, ese chico llevaría en la mochila un cóctel molotov. Ahora ya lo sé. Con frecuencia arden coches, destrozan escaparates y hay calles convertidas en sucursal del caos: policías, jóvenes encapuchados, violencia extrema y políticos oportunistas: unos piden mano dura, otros quieren apropiarse del desparrame, aquéllos descubren una conspiración internacional o señalan a los inmigrantes, a la ultraizquierda, a la ultraderecha… Cada uno elige culpables y se adorna con media verónica de superioridad moral. Al día siguiente barren los restos, los comerciantes se quejan, las aseguradoras buscan la letra pequeña y la tele anuncia el retorno de la normalidad. Una más, y hasta la próxima. Lo extraordinario a estas alturas no es que jóvenes airados destrocen la ciudad donde viven. Lo raro es que nos sorprenda.

Versión oficial: delincuentes, gamberros, salvajes sin respeto por la convivencia. Y algo de eso hay, claro. Quien le abre la cabeza a un transeúnte o le quema el coche a un currante no redacta un manifiesto de justicia social; es un hijo de puta haciendo daño. Pero la explicación cojea. La pregunta incómoda es por qué Europa fabrica en serie individuos para quienes romper algo es la única forma de existir. Y la respuesta no está en las periferias, las fronteras ni las mezquitas. Está en el corazón de nuestra contradictoria factoría de deseos y rencores.

El trato parecía fácil: estudia, trabaja, paga impuestos y tendrás casa, familia y un mes en la playa. No era el paraíso, pero parecía posible. Hoy puedes tener título universitario y ser mensaka de Amazon. Además, la cosa tiene recochineo: además de bloquearte el futuro, ponen escaparates para que sepas lo que nunca tendrás. Así, un chaval de barrio desayuna viendo cómo otro de su edad despierta en una mansión de Dubái, conduce un Ferrari y comparte piscina con una pava cuyo mérito consiste en hacerse selfis marcando teta. Mensaje: esto es el éxito, chaval. Espabila o jódete.

La pobreza por sí sola no explica la violencia. Millones de pobres trabajan, cuidan de los suyos y aguantan humillaciones con una dignidad que no tienen quienes los humillan. Otra cosa es la certeza de estafa. No es igual carecer de algo que creer que te lo roban. De ahí la diferencia con otros desparrames: los revolucionarios de antaño, con su afición a fusilar incluso a los suyos, tenían ideas. Querían cambiar un orden por otro, aunque a menudo parieran monstruos. Ahora es distinto: no asaltas el Palacio de Invierno, incendias el concesionario de automóviles y saqueas la tienda de ropa cara. No buscas el poder, sino darle por saco, humillarlo un rato. Es rebelión sin utopía, cólera que ni siquiera aspira a ganar. Si no puedes cambiar tu destino siempre puedes reventarle a alguien el negocio o la vida.

Así, un tiñalpa anónimo rompe un escaparate y llegan en tropel periodistas, telediarios y políticos. Quien no es nadie se siente protagonista cuando el miedo y la expectación ajenos conceden el poder que la vida te negó. Las víctimas son vecinos modestos, pequeños comerciantes; pero el rencor no es una escuela de pensamiento crítico: dispara a bulto. Muchos son inmigrantes, dicen algunos. Hijos de extranjeros que no comparten nuestras civilizadas costumbres. Pero no se bajaron ayer de una patera. Nacieron aquí, estudiaron en escuelas y aprendieron a desear lo que todo el mundo. Los hemos criado nosotros y su frustración está moldeada por la Europa donde crecen y fracasan desorientados por los valores, intoxicados por las promesas y abandonados en las contradicciones.

Porque ojo con eso: los ciudadanos ejemplares también participan en la feria del odio, aunque no quemen contenedores. Basta con observar la conversación pública llena de tribus, enemigos y resentimiento, con millones de fulanos seguros de que su felicidad depende de la desgracia de otros. Los partidos políticos -ese negocio donde medra tanto inútil sinvergüenza- saben que el rencor da más votos que las soluciones. Unos queman coches y otros envenenan redes sociales. Como respuesta, la liga del garrote pide policías, leyes y cárceles; y los del buen rollito exigen proyectos subvencionados, seguros de que tres banderas republicanas y una maratón solidaria disuelven décadas de mala leche. La ajena, claro. Nunca la propia.

No asistimos a la destrucción por hordas salvajes de una sociedad civilizada, sino a la prueba de que ésta produce ciudadanos incapaces de encontrar sitio en ella. Pueden reducirse desigualdades, abaratar la vivienda, mejorar escuelas, combatir la discriminación, y cada una de esas medidas cambiará vidas. Pero una cosa es aliviar síntomas y otra curar la enfermedad. Nadie vota a quien tiene el cuajo de anunciar que sus hijos vivirán peor. Al contrario: exigimos la esperanza de huir por la gatera del éxito, o la torpe imitación de quienes lo consiguen. Convertimos la vida normal en fracaso vergonzoso, y ahora nos preguntamos por qué tantos jóvenes están furiosos. La respuesta es simple: cuando descubres que no habrá hotel de lujo, ni piscina, ni Ferrari, concluyes que se han estado choteando de ti. Entonces llegas a la conclusión de que la violencia también es una forma de éxito.

Y, bueno. Las sociedades se acostumbran a su descomposición, si llega despacio. Pero entretanto conviene recordar que los bárbaros ya no vienen del otro lado de la frontera. Como en el tramo final de toda civilización, están dentro. Llevamos décadas repartiendo mecheros y ahora nos escandalizamos de que las calles ardan. El pasado fue de los privilegiados y luego de los revolucionarios, pero el futuro es de los resentidos. El privilegiado quería conservar su mundo y el revolucionario transformarlo, pero el resentido se conformará con verlo arder. No se apacigua con promesas a quien sabe que todas son mentira.