Comenzó la temporada de pelota profesional en nuestro país. Valga el inicio de la fiesta beisbolera nacional para recordar algo que a veces queda oculto entre los gritos de las tribunas y las emociones que afloran en las gradas. Se trata de que pocas cosas logran lo que el beisbol consigue en Venezuela: reunirnos en una misma conversación a quienes pensamos diferente o vivimos realidades distintas. En un país tantas veces fracturado por la polarización y la desconfianza, el estadio y la pelota se convierten en un territorio común donde las diferencias no desaparecen, pero pierden protagonismo. Es significativo que incluso la preferencia por equipos rivales —Leones contra Magallanes, Tiburones contra Cardenales, Tigres contra Bravos, Caribes contra Águilas— no nos separa del todo, sino que nos invita a un mismo ritual: discutir el line-up, celebrar un jonrón, lamentar un error defensivo. La rivalidad, en este caso, es una forma de pertenencia compartida, no de exclusión.
Esa pasión común dice algo profundo sobre la identidad venezolana. No se construye solo desde lo que nos une ideológicamente, sino desde los espacios cotidianos donde nos reconocemos como iguales. El beisbol aflora como un rasgo de identidad colectiva porque nos devuelve una versión de nosotros mismos donde cabemos todos, más allá de nuestras diferencias políticas o sociales. Quizá por eso, en tiempos de transición y de preguntas sobre el futuro del país, el beisbol sigue siendo una escuela de convivencia. Nos enseña que se puede competir con intensidad sin dejar de formar parte del mismo equipo y que la diversidad de preferencias no impide reconocernos como compatriotas en un mismo terreno de juego.
En un país donde se han ido intencionalmente erosionando muchos de los factores supraindividuales que tradicionalmente mantenían cohesionada a la colectividad —instituciones, relatos compartidos, símbolos comunes—, el beisbol permanece como uno de esos pocos elementos capaces de seguir operando como factor de integración social, pero su utilidad va todavía más allá.
Los que conocemos y amamos el beisbol sabemos que se trata de mucho más que un juego apasionante. El beisbol, el más cerebral y complejo de los deportes de conjunto, esconde implícito en los fundamentos del juego una particular y muy profunda filosofía de vida y de las cosas. Si el beisbol pudiera hablarle a los venezolanos de hoy, algunas de sus sabias enseñanzas se pudieran convertir en guías prácticas de acción, tan necesarias como útiles, en nuestra accidentada e incierta cotidianidad, la cual, ayuna de claridades y preñada de confusiones, necesita de luces que le ayuden a orientarse en medio de la opacidad de los tiempos que nos corren. Solo a manera de ejemplo, revisemos algunas de las cosas que los venezolanos de hoy tendríamos que aprender de ese viejo e ingenioso maestro, si pudiéramos tener la fortuna de invitarle a un café para escuchar sus juiciosos y agudos pareceres. Seguramente le oiríamos decir como estas:
El beisbol, como todo deporte, no se puede jugar solo. Siempre hace falta el otro, porque si no, el propio yo —el que no es “el otro”— estaría incompleto. No hay posibilidad alguna para aberraciones tales como “equipos únicos” o “partidos únicos”. Todo equipo, así como todo partido, necesita del otro y no puede prescindir de él. Los que practican el beisbol, a pesar de sus naturales y deseables diferencias, que son además las que hacen al juego interesante, se reconocen recíprocamente como parte de una misma familia, la familia del beisbol. Como comunidad familiar, comparten algunos valores y actitudes, entre los cuales está la convicción de que el adversario es para ganarle, para competirle y para aprender de él, pero nunca para destruirle, porque sin el otro no hay juego y si no hay juego no hay vida.
En el beisbol, como en la vida, lo determinante y definitivo no es el tiempo, sino lo que hagas o dejes de hacer. No es un juego de tiempo prefijado, donde si estás arriba en el marcador puedes abstenerte de seguir atacando y entretenerte con el resultado para dejar pasar el tiempo. En el beisbol, las aventuras no vienen constreñidas por un tiempo rígido, al cual debes someterte de manera hierática y rigurosa, sino que surgen en cualquier momento, por muy inesperado y hasta sorpresivamente tardío que pueda parecer. ¡Cuántos juegos se han resuelto a la hora de recoger los bates! ¡Cuántos malos fanáticos han recibido la inolvidable lección de abandonar el estadio antes del último out, decepcionados por el quehacer momentáneo de su equipo, para luego descubrir, camino a sus casas, a través de la radio o —peor y más doloroso aún— en la prensa del día siguiente, que su casi seguro derrotado había dado vuelta al marcador o dejado en el terreno al contrario! En el beisbol, como en la vida, quien determina el resultado no es el tiempo transcurrido, sino la calidad de lo que hayas hecho o dejado de hacer.
En el beisbol existe la inteligente figura del “sacrificio”. Pues bien, si te sacrificas puedes ser la figura estrella de la jornada, aunque no hagas nada más. Para ser el héroe no hace falta ser el más famoso, solo que hagas tu trabajo y que muestres solidaridad con tus compañeros. Cuando todos lo hacemos, el equipo triunfa. Eso, tanto en la pelota como en la vida y como en el país, es impelable.
Así como el beisbol refuerza y premia a quienes luchan, es implacable contra los timoratos y sumisos. No acepta los “me cansé” ni los “ya no juego más”. De hecho, uno de los axiomas sagrados de la pelota, que se repite como advertencia permanente desde el chamo preinfantil hasta el consagrado profesional, es aquel de “al que no hace, le hacen”. El beisbol castiga a quienes le juegan con mezquindad. Es tanta su vocación en contra de la mediocridad y el conformismo, que no acepta empates en el marcador: hay que jugar, no importa cuánto y hasta cuándo, hasta llegar a una definición.
En el beisbol siempre tienes una segunda oportunidad. Es un juego tan generoso que siempre regala a sus actores —especialmente a aquellos que han cometido algún error o cuyas pifias, incluso las mentales, han sido muy caras para su equipo— un chance para redimirse. Así, quien parecía el villano del partido en un quinto inning, al final puede salir del dogout aclamado por los vítores del público. Solo los malos fanáticos, aquellos que no conocen de verdad todo lo que se mueve en un juego de pelota, son capaces de pitar a un jugador por una falla, sea esta un costoso error o un lamentable ponche con las bases llenas para el último out de la entrada. Por alguna extraña razón, que es casi una ley natural, el juego le va devolver a ese jugador el chance de remediar esos fallos y hacerlo bien esta vez. Al igual que la vida, el béisbol nos enseña a no desesperarnos ante los fracasos, a no creer que los errores nos convierten automáticamente en malos jugadores, y a pensar que las segundas oportunidades existen, justamente como reto para —aprendiendo de las equivocaciones y desaciertos— , prepararnos para enfrentarlas y aprovecharlas a nuestro favor.
Queda una última lección, quizá la más importante. En el beisbol, como en la vida, batear sería facilísimo si supiéramos de antemano qué nos va a lanzar el pitcher y pudiéramos adivinar con certeza el próximo envío. Pero ahí está precisamente el mérito y ahí el secreto de por qué este juego —como la vida— resulta tan apasionante e impredecible. Porque de lo que se trata es de pararse en el home y, sin saber qué viene, hacer lo mejor de lo que uno sea capaz. No sirve de nada lamentarse porque el lanzamiento no era el esperado o porque resulta muy difícil anticiparlo. La tarea es enfrentar la incertidumbre —la del beisbol, la de la vida y la del país— e intentar batear lo mejor posible. Aunque algunos del otro equipo quieran convencernos de que no vale la pena intentarlo, lo cierto es que sin intento no llegan las victorias. En términos beisboleros, si no le tiras, la bola no se mueve sola. De hecho, no hay nada más triste que un ponche cantado. Porque al final, tanto en el beisbol como en la vida y en el país, el juego se gana o se pierde, pero solo se puede ganar si uno se atreve a jugar.

