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Rosalía Moros de Borregales: Una vida de adoración a Dios

 

Serie: Los Salmos: anatomía del alma.Episodio XII.

Te exaltaré, mi Dios, mi Rey, y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre. Cada día te bendeciré, y alabaré tu nombre eternamente y para siempre. Grande es el SEÑOR, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable. Salmos 145:1-3.

Todo lo que respira alabe al Señor. Salmos 150:6.

Hoy llegamos al cierre de esta serie de la anatomía del alma a través de los Salmos. En este recorrido hemos contemplado nuestras propias almas en sus diferentes estados a lo largo de la vida y de nuestra relación con Dios. El alma ha tenido sed, se ha arrepentido de sus hechos y actitudes alejadas del gran mandamiento, ha esperado el cumplimiento de sus anhelos expresados en oración, ha buscado refugio en el Altísimo, ha reconocido la fidelidad del Señor y, hoy llega al punto más alto y sublime: una vida de adoración a Dios.

Adorar es responder a la grandeza de Dios con todo nuestro ser. Es la expresión más elevada del alma; es la gratitud convertida en alabanza; es la alabanza convertida en rendición. La adoración es la oración hecha canto, es el lenguaje de la música, de la obediencia, del servicio y del amor. Canta el que abre su boca y dedica sus palabras armoniosas al Señor. Y, también canta el que sirve al hermano, el que hace el amor palpable en las acciones diarias, el que eleva a Dios su plegarias intercediendo por los enfermos, por los más desvalidos; por los pequeñitos de Dios. El canto encuentra continuidad en los actos de la cotidianidad.

La palabra adoración según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, en su acepción religiosa, significa rendir reverencia o culto a aquello considerado divino. En el hebreo se usa la palabra Shajah que implica una postura del cuerpo, como inclinarse o postrarse sobre las rodillas para rendir homenaje. El término griego usado en algunos pasajes del Nuevo testamento Proskuneo compuesto por pros (hacia) y kuneo (besar), traduciéndose como «besar la mano de alguien», postrarse o rendir homenaje reverente. La palabra adorar usada en español proviene del latín adorare, que está formada por el prefijo ad- (hacia) y el verbo orare (hablar, suplicar o rezar). Estos verbos nos llevan a la comprensión de que la postura exterior es una expresión del estado del alma.

Cuando el alma se ha rendido a Dios, cuando se ha reconocido como bendecida, la gratitud fluye como un río. Luego, esa gratitud trasciende en la proclamación de las bondades de Dios; en cantos de alabanza, en testimonios de sus hechos en nuestro caminar. El que agradece calladamente, más tarde convierte esa gratitud en una exaltación que se manifiesta en palabras que revelan los favores recibidos. Después esta actitud se entrelaza con una dimensión superior, la adoración, el acto de entrega, de reverencia, de rendición del alma. Caer sobre nuestras rodillas revela en el lenguaje corporal todo lo que el alma rendida a Dios quiere expresar.

En su encuentro con la mujer samaritana Jesús revela dos pilares fundamentales de la adoración. Primero, que la adoración es un acto del espíritu. Segundo, que la adoración solo puede ocurrir en medio de la verdad. «Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad, es necesario que adoren.» Juan 4:23-24. Jesús conduce la conversación enseñándole a la mujer que no hay un monte o lugar de adoración. Ha llegado la hora en la cual el lugar de adoración no es un lugar físico sino la relación con el Padre; es únicamente en el espíritu. La adoración compromete la interioridad de nuestro ser, el estado de nuestra comunión con Dios. Como descubrió el rey David en su experiencia de pecado y arrepentimiento que lo llevó a escribir y cantar el Salmo 51 (6) «He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.» Hay un misterio en la confesión de nuestras ofensas. Cuando el alma se desnuda delante de Dios en lo íntimo de la oración, en lo secreto del corazón, Dios trae liberación. Y un alma liberada solo desea agradecer, cantar alabanzas y postrarse en rendición.

También, una vida que adora en espíritu y en verdad se traduce en una vida cotidiana que lleva impresa en cada pensamiento, palabra y acción la marca de Dios. El trabajo se lleva a cabo con integridad, diligencia y respeto por cada persona con la que interactuamos. En la familia se busca y se procura la armonía. Se escucha con paciencia, se cuidad con esmero, se acompaña con gozo y se apoya con amor. Las palabras se pesan antes de abrir la boca. Se habla con verdad, sin humillar, sin maltratar, sin ofender. Recordamos que las palabras son como flechas lanzadas que no pueden ser recogidas. Las heridas del alma se sanan con perdón que conlleva restitución; la cual requiere un corazón humilde, que mira hacia adentro, la viga que lleva en el ojo.

A medida que el alma se eleva en la adoración; a medida que conoce las profundidades de la presencia de Dios, la comunión con el que está a su lado se hace cada vez más profunda, autentica y solidaria. El que experimenta en el espíritu el toque divino aprende a derribar las murallas de separación que levanta el enemigo de nuestras almas. El que tiene comunión con el Señor, puede mirar a sus semejantes tal como es mirado por Dios; con compasión. El llamado del salmista: «Todo lo que respira alabe al SEÑOR.» Nos impele a alabarlo con cada aliento, en toda ocasión, con la salida del sol, bajo las estrellas, en las montañas de nuestra vida y en cada valle. Todos los días, cada hora, cada minuto, cada segundo porque su grandeza es inescrutable y su amor es nuestra Salvación.

Cercano está el Señor a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras. Cumplirá el deseo de los que le temen; oirá asimismo el clamor de ellos, y los salvará. El Señor guarda a todos los que le aman, mas destruirá a todos los impíos. Salmos 145:18-20.

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