Jamás la confrontación podrá ser una manera de ejercer el poder. La enemistad entre los gobernados, la interminable lucha entre grupos al interior de un espacio social no conduce sino al caos y al más estrepitoso de los fracasos.
Si algo mantiene viva la cohesión de una sociedad es la voluntad de sus ciudadanos por vivir y actuar en pos de un beneficio común, de una similar visión de destino. El elemento más dañino y disgregador de esa sociedad sería que, llevado por sus resentimientos y toda clase de complejos y miserias, algún dirigente, una vez en el poder, utilizase su carisma para multiplicar conflictos y divisiones; que ese gobernante, empinándose sobre alguna trasnochada ideología, se empeñase en imponer, y sin realmente tener la más remota idea de lo que estaba haciendo ni de qué tipo de distorsiones y degradaciones obtendría con ello, un pensamiento único, un solitario dogma, una monolítica vociferación de requiebros y condenas.
Ése ha sido exactamente el caso de la historia reciente de Venezuela; y, lo más grotesco de todo, es que la farsa sobre la que suelen apoyarse esas ideologías que buscan la creación de un “orden nuevo”, un “hombre nuevo” o un “mundo nuevo” jamás ocultó lo que realmente sostenía todo aquello: prevaricación, corrupción, total incompetencia y absoluta ausencia de principios éticos y referencias morales.
Lo que se inició como el arribo de un figurón carismático oferente de toda clase de promesas y delirantes dádivas, avanzó prontamente hacia el caos y el desgarramiento. En lo político se deshicieron reglas que jamás debieron quebrarse. En lo económico se destruyeron prácticas normales en cualquier sociedad civilizada. En lo ético se desmoronaron los principios que deberían regir cualquier agrupación humana…
Sobre las ruinas de una sociedad es preciso imponer la construcción; sobre el desaliento, la esperanza; sobre la convicción del fracaso, la voluntad de sobreponernos a él para siempre.
¿Cómo enfrentar la desolación? ¿Cómo conjurar el desaliento? ¿Cómo recuperar la esperanza? Con voluntad, firmeza de propósitos y la recuperación de espacios donde el cuerpo social logre rescatarse de la injusticia y la vulnerabilidad de casi todos. En fin: rehacer, hacer de nuevo en una acción colectiva orientada hacia un futuro necesariamente convertido en absoluta antítesis de un nefasto pasado reciente.

