En el texto que escribí la semana pasada hacía referencia a La ética nicomaquea de Aristóteles. Ahora, y en relación al mismo tema -¿qué nos hace felices, que es aquello que puede acercarnos a la plenitud?- me referiré a otro autor: Ralph Waldo Emerson.
En uno de sus principales ensayos, Autosuficiencia, Emerson cree y apuesta por la fuerza transformadora del individuo a la hora de actuar según la intención de dar lo mejor de sí; y, haciéndolo, beneficiar a otros. Algo que pareciera acercarse a la noción de virtud a la que se refería Aristóteles; virtuosidad relacionada, en las ideas de Emerson, con una voluntad legitimadora a partir de los más dignos propósitos individuales.
En otro de sus trabajos, Naturaleza, Emerson sostiene que nuestras acciones están destinadas a alinearse con una surte de armonía universal. Emerson cree que cada alma individual se relaciona con el cosmos y lo que ofrecemos a éste, para bien o para mal, regresará siempre hasta nosotros. En suma: comprometernos genuinamente con nuestras más dignas intenciones, dar lo mejor de nosotros mismos, esforzarnos por encarnar en nuestra mejor versión, será la forma más idónea de participar de esa armonía natural presente en todas las cosas del universo.
Emerson distingue la vida como un intercambio constante: damos y recibimos. Nuestras capacidades, nuestros más elevados ideales, al compartirlos, nos benefician. Dicho de otra manera: la labor bien hecha, al favorecer a otros, nos favorece también a nosotros.
En otro de sus libros, La conducta de la vida, Emerson reflexiona sobre la personal satisfacción relacionada con nuestras acciones como algo absolutamente diferenciado de la búsqueda de halagos y reconocimientos ajenos. Una idea que mucho me recuerda a lo expresado por Schopenhauer en El arte de ser feliz: la infinita diferencia entre el legítimo orgullo de un ser humano ante el íntimo reconocimiento de una labor bien hecha y la vanidad siempre expectante ante algún halago. El primero, el justo orgullo individual, bien pudiera relacionarse con la convicción de haber realizado las cosas de acuerdo a nuestro mayor y más válido esfuerzo; lo segundo, la vanidad, no pasaría de ser la búsqueda mendiga de alguna aprobación exterior; y, lo que sería mucho más grave: la muy deleznable posibilidad de autoestima a partir de esa ajena aprobación.

