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Manuel Barreto Hernaiz: La administración de la ruindad y el deber de la palabra

 

Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma. Julio Cortázar.

A través de las redes hemos visto, recientemente, cómo en las audiencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) se revisaron los oscuros y dolorosos sucesos del 11 de abril de 2002. En el estrado resonaron con fuerza testimonios inolvidables: la periodista Delvalle Canelón relatando la violencia de los disparos desde Puente Llaguno; Mohamed Merhi exigiendo una justicia sistemáticamente negada por el asesinato de su hijo; y Yanfri Querales denunciando la muerte de su hermano a manos de la Guardia Nacional Bolivariana.

A partir de aquel hito, y a lo largo de casi tres décadas, esos terribles episodios no hicieron más que multiplicarse. La maldad se fue perfeccionando y el régimen se fue atornillando en el poder. Hoy, en medio de intensos debates sobre un eventual proceso de transición, observamos con indignación cómo este perverso sistema —de manera un tanto controlada, pero con los mismos verdugos aún activos— continúa gerenciando la administración de la ruindad.

Ante esa lacerante realidad, la pregunta vuelve a golpearnos en el pecho: ¿Dónde buscar las palabras?

Primo Levi, sobreviviente del horror del totalitarismo nazi, dejó registrada en el libro de entrevistas Deber de memoria una advertencia imprescindible para la historia humana: «A fin de cuentas, para ser sincero, no encontré monstruos, sino funcionarios; funcionarios que se comportaban como monstruos. Entonces sentí que resulta bastante estúpido hablar de alemanes malos; lo diabólico era el sistema: el sistema nazi era capaz de arrastrar a todo el mundo a través de la crueldad y la injusticia, tanto a los buenos como a los malos…»

Traer a la memoria esta reflexión no es un mero ejercicio teórico. Nos enfrenta a la enorme dificultad de hallar los términos correctos: aquellos que nos permitan nombrar las cosas tal como son y no como quisiéramos que fuesen.

Ante el peso cotidiano de la injusticia, la corrupción institucionalizada y la coerción ejercida en nombre del «pueblo», nacen interrogantes punzantes: ¿De qué sirven nuestras palabras ante tanto disparate, opresión y cinismo? ¿Lograrán desenmascarar las mentiras y vejaciones del poder? ¿Tendrán alguna eficacia frente al silencio y el temor que embargan a toda una nación? ¿Ayudamos realmente a la ciudadanía a comprender —y no solo a conocer— la verdadera dimensión de lo que estamos atravesando?

El deber del testimonio y la memoria

Lo que sí tenemos claro, y por lo cual remontamos cualquier cuesta o corremos cualquier riesgo, es que debemos dejar anotados estos testimonios en el memorial de la más perversa ruindad. Es necesario registrar estas actas notariales de una trágica parodia que jamás fue revolución; asentar en la oscuridad la ineludible realidad que nos tocó transitar para que el olvido no otorgue impunidad.

Si el lenguaje parece erosionado por la crisis y el dolor, nos corresponde salir a rescatarlo:
Busquemos las palabras en los susurros de los abuelos, quienes apenas soportan el obligado estoicismo de tanto abandono y precariedad.

Busquemos las palabras en la desesperación de la madre que intenta evitar la malnutrición de su hijo.
Busquemos las palabras en la mirada inocente de nuestros jóvenes, quienes otean un horizonte promisorio aunque lo sientan distante.

Busquemos las palabras en la angustia del padre desempleado que saca fuerzas para alentar a su familia, y en el esfuerzo de cientos de madres que continúan en una cruzada incansable por la justicia tras haber perdido a sus hijos a manos de la represión.

Exigencia de verdad frente a la barbarie

Busquemos las palabras en la imperativa necesidad de decir, con urgencia, cuanto pensamos acerca de esta realidad. Busquémoslas donde las buscaron Andrés Eloy Blanco, los dos Rómulos (Gallegos y Betancourt), Víctor Hugo, Émile Zola y Albert Camus.

Busquemos las palabras para que no se nos dañen las ideas, para que no se nos oxide el espíritu y para encontrar luces más allá de esta elevada y enredada Torre de Babel tropical. Recuperar la palabra exacta no es un adorno literario: es el primer acto de dignidad y resistencia que nos devolverá el futuro.

Sociólogo de la Universidad de Carabobo. Director de Relaciones Interinstitucionales de la Universidad de Carabobo.