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Pedro Benítez: Cómo se fabrica el próximo Hugo Chávez

 

En la década de 1990, el expresidente estadounidense Richard Nixon predijo con precisión el ascenso de un líder nacionalista y autoritario en Rusia, si el experimento democrático posterior a la disolución de la Unión Soviética fracasaba.

Un año después de la caída del muro de Berlín, redactó un célebre memorándum titulado “Cómo perder la Guerra Fría”, dirigido al entonces presidente George H. W. Bush (1989-1993), en el que afirmaba: “La ayuda a Rusia y las demás naciones excomunistas no es caridad. Debemos reconocer que lo que nos ayuda en el exterior nos ayuda en casa. Si, por ejemplo, Yeltsin es reemplazado por un nuevo nacionalista ruso agresivo, podemos despedirnos del dividendo de la paz”.

Nixon creía que, sin ese apoyo, lo más probable era que el espíritu de expansionismo ruso sobreviviese al colapso del comunismo y allanara el camino a un líder obsesionado con la restauración del Imperio ruso.

En marzo de 1992, afirmó en un discurso: “Si Yeltsin fracasa, las perspectivas para los próximos 50 años serán sombrías. El pueblo ruso no volverá al comunismo. En su lugar, tomará el poder un nuevo despotismo, mucho más peligroso, basado en un nacionalismo ruso extremista”.

Con una precisión asombrosa, pronosticó que una Rusia bajo esa nueva autocracia recurriría al uso de la fuerza para intentar restablecer sus “fronteras históricas”, convirtiéndose en una amenaza global.

En marzo de 1994, tras realizar su último viaje a Moscú y Kiev, y justo un mes antes de su muerte, Nixon le envió una carta confidencial de siete páginas al presidente Bill Clinton, la cual fue desclasificada años después por la Biblioteca Presidencial homónima. Allí advirtió que el liderazgo del presidente Boris Yeltsin se estaba deteriorando rápidamente y que las corrientes democráticas estaban perdiendo fuerza frente a un creciente sentimiento antiestadounidense. Aseguró que las mareas populistas y nacionalistas en Rusia crearían el caldo de cultivo idóneo para que surgiera un “candidato presidencial creíble” con un perfil fuertemente autocrático.
Nixon todavía tenía la esperanza de que Rusia pudiera encaminarse hacia una democracia duradera y alejarse del “virus del imperialismo”:

“… La supervivencia de las reformas económicas y la libertad democrática en Rusia no solo es importante para el pueblo ruso, sino también para la relación entre Estados Unidos y Rusia, y, más allá de eso, es importante porque el impacto de su éxito o fracaso podría afectar a todo el mundo”.

Sin embargo, hoy sabemos que sus temores más pesimistas se hicieron realidad.

La advertencia de Nixon

¿Era Nixon un profeta? En lo absoluto. Sencillamente conocía la historia.

Tanto el ascenso de Adolf Hitler en la Alemania de Weimar en los años treinta del siglo pasado (el caso clásico) como el de Vladímir Putin en la Rusia postsoviética ilustran cómo los intentos democratizadores pueden colapsar y dar paso a regímenes autoritarios. No pocos historiadores y analistas políticos han señalado los paralelismos entre ambos casos: resentimiento nacional, crisis económica y desmantelamiento institucional.

Tras la Primera Guerra Mundial, la sociedad alemana quedó profundamente traumatizada por la derrota y las severas condiciones del Tratado de Versalles impuestas por los Aliados. Entonces, como sentimiento compensatorio, surgió el mito de “la puñalada por la espalda”, que culpaba a los políticos y a las minorías de haber traicionado al ejército. Hitler explotó este resentimiento prometiendo restaurar el orgullo y la grandeza de Alemania.

La disolución de la Unión Soviética en 1991 fue percibida por gran parte de la población rusa como una catástrofe y una humillación infligida por Occidente. Putin capitalizó el sentimiento de que Rusia había sido debilitada y engañada, posicionándose como el líder capaz de devolver al país su estatus de superpotencia.

La República de Weimar fue azotada por la devastadora hiperinflación de los años veinte y, posteriormente, por la Gran Depresión, que provocó desempleo masivo y miseria. La población, exhausta por la inestabilidad, buscó un líder fuerte que impusiera orden. En Rusia, la transición al capitalismo en los años noventa trajo consigo hiperinflación y el auge de los oligarcas que se enriquecieron con las privatizaciones. Putin ascendió prometiendo la “dictadura de la ley”, estabilidad económica y el fin del caos de la era de Yeltsin.

En su memorándum de 1992, Nixon advirtió que, si Estados Unidos y Europa cometían el mismo error que en Versalles (dejar a una potencia humillada, aislada y en la ruina económica), el resultado histórico sería el mismo.

Aunque hay diferencias entre los dos casos, podemos señalar una similitud muy importante: una retórica revanchista alimentada por la torpeza política de su antiguo adversario, que dejó pasar la oportunidad de ganarse a un aliado y amigo. Estados Unidos evitó cometer ese error con Alemania y Japón luego de 1945, pero, como la historia se olvida, reincidiría en el mismo con Rusia.

Caso Fidel Castro

Pero los mencionados son solo dos de los otros ejemplos que podemos citar. En el caso latinoamericano, el ascenso de Fidel Castro en Cuba es, quizás, el ejemplo más claro de cómo el nacionalismo y el resentimiento popular fueron alimentados por la injerencia extranjera. No se trata de un paralelismo exacto, puesto que el régimen castrista no nació del colapso de una superpotencia ni de un nacionalismo irredentista en busca de revancha. Se trató del profundo rechazo del pueblo cubano hacia la dictadura corrupta y represiva de Fulgencio Batista, respaldada por Estados Unidos. Este fue el quid de la cuestión.

Castro capitalizó ese descontento presentándose inicialmente no como un líder comunista, sino como un libertador patriótico que restauraría la Constitución democrática de 1940 y terminaría con la corrupción.

Además, explotó de manera sistemática y muy efectiva la profunda frustración cubana nacida de la guerra de 1898, cuando a los rebeldes cubanos se les prohibió entrar a Santiago de Cuba a celebrar la victoria y se les excluyó de las negociaciones de paz con España. Para la psicología colectiva cubana, el año 1898 no representaba el inicio de una independencia plena, sino el mito de la “independencia frustrada”, un agravio histórico que Castro utilizó como motor ideológico de su revolución.

Para poner fin a la ocupación militar, Estados Unidos obligó a Cuba a incluir la Enmienda Platt en su primera Constitución. Esta disposición otorgaba a Washington el derecho legal de intervenir militarmente en la isla cuando lo considerara necesario y forzó la cesión de territorio para la base naval de Guantánamo. Aunque la Enmienda Platt fue derogada formalmente en 1934, dejó un sentimiento de soberanía limitada y humillación nacional.

El antiimperialismo castrista

Castro rescató eso en sus discursos, afirmando que su movimiento venía a terminar la tarea inconclusa de los mambises y a lograr la “verdadera y definitiva independencia” que el ejército estadounidense había arrebatado en 1898. Argumentaba que los gobiernos cubanos posteriores (incluyendo la dictadura de Batista) seguían siendo meros “títeres neocoloniales” subordinados a los intereses de Washington. El antiimperialismo castrista se presentó entonces como el antídoto definitivo a ese legado de sumisión.

Incluso en un gran ejercicio de manipulación del pasado, declaró que Martí era el “autor intelectual” del asalto al Cuartel Moncada, pero con ello logró que su antiimperialismo no se percibiera en Cuba como una doctrina extranjera (como el marxismo soviético, que introdujo después), sino como un deber patriótico puramente cubano arraigado en el siglo XIX.

Mientras que en 1959 muchos cubanos de clase media y alta (sector social del cual provenía) lo apoyaron para librarse de la dictadura de Batista, Castro utilizó el arraigado antiimperialismo heredado de 1898 para justificar la radicalización de su régimen. Cuando comenzó el conflicto directo con Washington (debido a las nacionalizaciones de empresas estadounidenses), presentó la confrontación no como una disputa ideológica de la Guerra Fría, sino como la batalla final de una guerra de liberación nacional que llevaba sesenta años pausada.

Como sabemos, el sentimiento antinorteamericano explotado por Castro en Cuba no fue un caso aislado. De hecho, él mismo atizó como nadie los agravios históricos (reales y supuestos) derivados de intervenciones militares, controles económicos o pérdidas territoriales causadas por Estados Unidos en América Latina desde el siglo XIX, resumidos en la conocida expresión “Yankee go home”.

El sentimiento nacionalista es una de las fuerzas políticas más poderosas, impredecibles y persistentes de la historia, y subestimarlo suele costar muy caro. A menudo, las grandes potencias analizan la geopolítica basándose puramente en datos económicos, tratados legales o poder militar frío. Sin embargo, el nacionalismo opera en el terreno de las emociones colectivas, la identidad, el orgullo y el sentimiento de agravio, elementos que son inmunes a la lógica puramente material.

Como se vio en Cuba con la guerra de 1898 o en México con la pérdida de territorio de 1848, un agravio nacional no desaparece simplemente porque pasen las décadas. Queda latente en la psique colectiva. Los líderes hábiles o populistas saben que esas heridas históricas son “capital político en reserva”, basta con que sople el viento adecuado para reactivarlas y movilizar a millones de personas.

Ahora Trump

Para líderes como Hitler, Castro o Putin, el nacionalismo fue la herramienta perfecta. Esto no los exculpa ni los justifica; explica las fuerzas que estuvieron (o están) detrás de sus liderazgos.

Cuando una potencia ignora los reclamos legítimos o el deseo de soberanía de un país más pequeño (como hizo Estados Unidos con la Enmienda Platt en Cuba o la Zona del Canal en Panamá), no está manteniendo el control; está sembrando el resentimiento que cosecharán las futuras generaciones de revolucionarios. La condescendencia o la arrogancia geopolítica son el principal combustible del nacionalismo revanchista.

Si al amable lector este recuento histórico le rima, no es casualidad; la administración Trump está repitiendo en Venezuela exactamente el mismo error: sostener a un gobierno corrupto, ilegítimo y repudiado por la inmensa mayoría de la población, mientras retarda la redemocratización del país en beneficio de intereses económicos inconfesables de corto plazo. La combinación perfecta para crear el futuro Frankenstein bolivariano. En alguna parte de Venezuela, o de América Latina, se está formando el próximo Hugo Chávez.

@Pedrobenitezf