A diferencia de las ciencias naturales, las ciencias sociales y todo eso que se comprende en la denominación de Humanidades, no tiene grandes consensos que caracterizan a una disciplina. Por eso, hay muchas tendencias en permanente debate y confrontaciones. No es que en la física o hasta en las matemáticas no haya discusiones. Pero estas no atañen a los principios o fundamentos mismos, como sí s el caso de disciplinas como la historia, la sociología, la psicología e, incluso, el Derecho. Tal vez por esa misma razón de su carácter polémico y plural (pluriparadigmáitco, para decirlo con un término refinado), en el campo de las ciencias sociales hay olas, conceptos y problemas que de pronto se ponen en boga y que, al cabo de cierto tiempo, prácticamente desaparecen de los espacios académicos por considerarse superadas. Algunos dicen que son “modas”, con un dejo de desprecio.
Uno de los debates intelectuales más animados en las últimas décadas del siglo XX, fue el que se refería a la modernidad y la posmodernidad, muy promovida por Rigoberto Lanz en algunas universidades. En aquel entonces, algunos profesores descartaron el planteamiento mismo de la cuestión, porque, o bien nosotros no nos habíamos modernizado y les parecía inútil discutir eso, o bien, era un asunto exclusivamente europeo. Hoy hay evidencias de que la discusión fue completamente pertinente, y ahora hasta nos arroja luces para comprender lo que está sucediendo en el mundo y nos golpea directamente aquí, en este país.
Planteado en forma directa y sencilla, la cuestión era si las promesas de la modernidad ilustrada, ese horizonte de razón universal, progreso pacífico y emancipación humana, se había cumplido o no, y si la ciencia y la tecnología habían continuado su desarrollo, pero sin justificarse en los llamados «grandes relatos modernos»: la emancipación, el progreso, la Razón, la Libertad, y, también la Democracia, sino más bien en su eficacia para conseguir objetivos de Poder y Riqueza.
Hoy, después de más de 20 años de aquellas discusiones, nos damos cuenta de que la quiebra efectiva de la promesa ilustrada no ocurrió en el terreno del debate filosófico, sino en el geopolítico: la caída del Muro de Berlín, la hegemonía del neoliberalismo y la breve etapa unipolar estadounidense, sustentada con la tesis de Fukuyama del «Fin de la Historia». Todo ello derivó en un pragmatismo tecnoeconómico. La ciencia y la razón dejaron de buscar la verdad o la justicia universal, para ser valoradas exclusivamente por sus aplicaciones utilitarias: productividad económica y ventaja militar.
No obstante, ese interregno posmoderno también ha caducado. A partir de la crisis financiera global de 2008, la emergencia incontestable de China como hiperpotencia y el irredentismo imperial ruso encaminado a reconstruir la geografía zarista, el mundo ha ingresado en un nuevo marco de perspectivas del pensamiento.
La posmodernidad celebraba el fragmento, la diversidad y la disolución de los centros de poder. Hoy, el panorama intelectual y político ha dado un giro, bastante irónico, hacia el resurgimiento de relatos duros, etnocéntricos y particularistas. Los centros ideológicos del presente ya no preconizan el fin de los Estados o la disolución de las fronteras en un mercado global, sino la afirmación chauvinista de gran potencia, disolviendo el Derecho Internacional. La ciencia y la tecnología no se entienden ya como bienes públicos globales, sino como activos estratégicos de competición multipolar. La inteligencia artificial, la computación cuántica y el dominio de los recursos críticos son el nuevo lenguaje de la fuerza. Conceptos como la soberanía de las naciones débiles y la legalidad internacional se disuelven en beneficio de un llamado «multicentrismo». Bajo esta lógica, el mapa se divide en esferas de influencia donde las potencias dictan la norma dentro de sus “espacios vitales”.
En esta reconfiguración geoeconómica y militar, el estatus de los países en la periferia global sufre una degradación estructural. Las Naciones del Sur global, como Venezuela, junto a territorios disputados en la periferia euroasiática, como Ucrania, parecen marchar hacia el desconocimiento como sujetos soberanos para convertirse en simples zonas de extracción, activos geoestratégicos o botines de guerra disputados por los polos hegemónicos.
Europa, por su parte, atraviesa una profunda crisis de identidad. El avance de fuerzas de extrema derecha, como Alternativa para Alemania (AfD), refleja una apropiación del pensamiento etnocéntrico e identitario, revisitando formulaciones filosóficas como las de Heidegger. El relato de la integración cosmopolita europea cede ante discursos chauvinistas que apelan al retorno a la tribu y al rechazo de las poblaciones excluidas.
En el plano teórico y tecno-utópico, la cumbre de este cientificismo utilitario se plasma en el proyecto de la Singularidad (popularizado por autores como Ray Kurzweil) y las corrientes transhumanistas. Se trata de marchar aceleradamente, con la fecha de 2045 en la mente, como el momento en que el cerebro humano se integre definitivamente con la “nube” de la INTERNET y l IA, además de lograr incrementar la esperanza de vida hasta mucho más del centenar de años, especialmente en aquellos sujetos que puedan pagar esas novísimas tecnologías biológicas. Multitudes de trabajadores en el mundo, se anuncia, que serán desplazados por los robots. El pensamiento que hoy guía las grandes decisiones, considera obsoleta incluso la misma biología humana, y amplias capas de la población global pasan a ser consideradas «prescindibles» o marginales para la maquinaria de productividad.
En esas condiciones, ha habido muchas alertas. Incluso, la Iglesia Católica ha hecho serias advertencias acerca del llamado pensamiento transhumanista, que pudiera justificar la prescindencia de millones de seres humanos, porque ya no son importantes ni necesarios, para dar lugar a un nuevo ser, el cyborg, la Singularidad. Textos como la encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, advierten sobre los peligros éticos de una técnica desvinculada de la dignidad intrínseca de toda persona. Se ha agregado la amenaza tecnológica a las otras, la ecológica, la de las guerras nucleares y biológicas, a la desaparición de la democracia y la imposición de regímenes autoritarios, apoyados por ideologías, frozmente enemigas de la Libertad Humana, que se presentan como el extracto de las tradiciones religiosas mesiánicas y la nostalgia de los grandes imperios. La noción misma de Estados nación luce obsoleta. Ahora, se piensa en centros civilizacionales, nucleados en torno a EEUU, Rusia, China, el Islam, etc.
Ante la reaparición de lógicas de exclusión de corte neoeugenésico o autoritario, la tarea pendiente de los pueblos y de la intelectualidad crítica no es la resignación ante la fuerza, sino la resistencia. Superar tanto la ilusión ilustrada, como el cinismo posmoderno, implica reconstruir una defensa de la condición humana compartida frente a la parcelación del mundo en imperios rivales que, ya ni siquiera son Estados Nacionales, sino los dominios de Señores Feudales armados con tecnologías que la ciencia ficción más delirantes ya esbozó en sus distopías.

