pancarta sol

El Parque Ayacucho. La crónica, colita Sifón, los cines Paramount y la Glaciere, por Eligio Damas

 

Para los cumaneses de mi tiempo, la palabra refresco no existía. Para nosotros había “colita” y para más ñapa “sifón”. Santos Emilio Berrizbeitia, creador de la fórmula de la colita y dueño de la empresa Cola Sifón La Glaciere y del cine del mismo nombre.

Sobre el tema y función de la crónica y los cronistas, llevo muchos años discutiendo con gente que de eso se ocupa. Hay una muy acentuada y extendida idea según la cual, hacer crónica es historia, como que a la historia también se le toma como un simple ejercicio de narrativa, repetir lo que otros ya han dicho o contado. O en el más creativo de los casos, narrar lo que otros no narraron o lo hicieron de manera diferente y hasta distorsionada. Es sólo un ejercicio narrativo. No hay nada por

Entonces, los cronistas se limitan a jurungar viejos libros, tomar lo que estos cuentan, cosas menudas, de poca significación y republicarlas, para no decir copiárselas. Pasan por alto que, los cronistas de indias, que marcan un punto crucial por el cambio en la crónica, donde lo creativo e imaginativo tomó espacio, narraban lo que miraban en lo que llamaron “el nuevo mundo”, por lo sorprendente qué era aquello para ellos y el público para el cual escribían. Pero lo sustantivo es que los cronistas de indias no escribían historia, no hablaban del pasado o de lo que otros antes escribieron, sino lo que frente a ellos transcurría y tal como aquello interpretaban desde la óptica de una cultura diferente a la que observaban, lo que los llevó, sin que esa fuese su idea a poner énfasis en lo imaginativo. La crónica entonces, está referida a la que acontece o aconteció en la comunidad, escrito en paralelo o por el recuerdo, memoria alimentada por la oralidad comunitaria o investigación del cronista. Lo que ya está escrito como crónica, tiene su autoría, quien la repite no está haciendo crónica y  si lo publica, no debe apropiarse de ella sino mencionar su fuente u origen.

La vida está llena de crónicas o es una fuente inagotable de crónicas; ella está en la memoria colectiva. El cronista puede apelar a la suya propia o usar la narrativa del colectivo, de la tradición y al narrar debe hacer uso, en la medida de lo posible, del lenguaje literario, como hacer un poco de gimnasia, como dijera Gabriel García Márquez en sus memorias, “Vivir para contarla”; pues la crónica no está obligada como la historia, o el cronista, como el historiador, a escribir en lenguaje rígido, rectilíneo, sin gracia o creatividad, dada las exigencias académicas de la “precisión y objetividad”. La crónica es ajena a la historia o el historicismo; es más bien un ejercicio literario y como tal no se atiene a reglas o demandas académicas.

Los cronistas de Cumaná, suelen viajar demasiado cerca. Lo que no les resta méritos y valor, pero en gente como yo, pudieran producir insatisfacciones y preocupaciones que se deje en el olvido lo que debe ser recordado. Me refiero a quienes escriben sobre la ciudad del Manzanares y de El Mariscal de América, sus pequeñas historias. Nací en Cumaná en 1938, soy de la misma generación de amigo Jesús Torres Rivero; estudiamos juntos en el Liceo Antonio José de Sucre, fuimos alumnos de los profesores Zenaida Valera, “Perspectiva, el profesor de arte y hasta de Bombacci, un italiano que nos enseñaba matemáticas y era capaz de resolver problemas de multiplicar o dividir, con cifras enormes, de hasta 10, 15 números, dictadas por nosotros, sin que él tomase nota escrita de nada, sólo apelando al recurso de su memoria prodigiosa.

También fui amigo del muy popular poeta Santos Barrios, autor de un poema acerca de “Juanita” Mayo, un personaje deambulante, llamada por todos cumaneses “la loca”, como también lo fueron Juancho La pechuga y La Purpurina, por quienes escribí una crónica, publicado en varias partes en el Blog de Eligio Damas. Una de ellas se puede leer siguiendo este enlace: Cuando “Juancho la pechuga” se le declaró a “La Purpurina”.

Quizás por ser tan viejo, al leer los cronistas cumaneses que aludo y aparecen en abundancia en Facebook, con fotografías y comentarios, me siento insatisfecho, porque pareciera que me hablaran del ayer y ellos sienten como si viajaron demasiado lejos. Sería maravilloso que ahonden en la investigación de lo escrito y la oralidad, pues muchos de mi generación aun estamos vivos.

Esta tarde, en uno de esos momentos de ocio, después haberme pasado todo el día en eso también, escribiendo sobre temas de historia, narrativa y política, haber hecho un paréntesis en la segunda lectura de “La Casa de los Espíritus”, de Isabel Allende, quien acaba de ganar el Premio Planeta por su novela “La hora antes del alba”, recordé la “Cola Sifón La Glaciere”, uno de los primeros refrescos embotellados del país. Tanto que, nunca olvido, como siendo un niño aún, y por la costumbre, jugando en la calle de mi barrio, el “Río Viejo”, como suelo decir, “el que queda en el camino hacia las Palomas”, cuando uno viene de Cochabamba, entró desde esa misma dirección un camión, seguido por otro vehículo, haciendo la promoción de la llegada a Cumaná del refresco “Coca-Cola”, embotellado en otra ciudad, creo que en Caracas. Como no se me olvida que, todos los muchachos y muchachas que allí nos reunimos, por el “escándalo” producido por aquella caravana, mediante un enorme y estruendoso parlante, para impactarnos y ganarnos para aquella nueva bebida gaseosa. Menos se me olvida, cuando, al probarla, pese era distinto el sabor a nuestra colita, la compañera nuestra desde muchos años más atrás, la misma que hasta los médicos cumaneses recomendaban tomar como si fuese un remedio, más cuando nos daban fiebres y quebrantos, coincidimos todos en decir, “este refresco es sabroso, pero prefiero mi “colita”. Para un cumanés de mi tiempo la palabra “refresco” no existía, para eso estaba la palabra colita y además “sifón”.

Nunca hasta hoy, me había planteado la interrogante de cuándo nació aquel delicioso refresco, tan exquisito que, después, pasados muchos años, hasta llegar a la madurez, haber tomado muchas de esas colas, dijimos y seguimos diciendo que, ninguna ellas, empezando por la primera, una elaborada inicialmente en Barquisimeto, nos produjo el placer de la nuestra, la Sifón. Para escribir esto, por primera vez en mi vida averigüé su fecha de nacimiento. Según el dato que me suministra la I.A. “fue creada entre 1926 y 1927”. Es decir, once años antes que yo naciese. Sí sabía desde niño que, la empresa era de Santos Emilio Berrizbeitia. En una de mis novelas, “Los Perdedores”, hago crónica, usando ese espacio como escenario.

Tal empresa funcionó en un local frente al Parque Ayacucho, aquel de la estatua ecuestre de “Toñito”, el Mariscal y las retretas de los domingos, donde descollaba aquel excelente saxofonista que llamábamos “Cantinflas”. Al lado de la embotelladora, funcionaba el también célebre, para los cumaneses de mi tiempo, Cine “La Glaciere”, del mismo nombre del refresco, lo que se explica porque ambas empresas eran del mismo dueño.

En la Cumaná de mis tiempos, había dos cines, El Paramount, ubicado en el espacio donde ahora está el Teatro Luis Mariano Rivera y el ya nombrado, “La Glaciere”. El Pichincha, ubicado entre la casa natal de Andrés Eloy y lo que llamábamos el Jardín Sport, el espacio abierto anexo a la heladería y Bar Sport, de Francisco Pérez, padre de nuestro también amigo de los tiempos del Liceo Sucre Frank Pérez, fue fundado e inaugurado con posterioridad.

Esos dos viejos cines nunca los he olvidado, no sólo porque allí, cuando estrené pantalones largos, un mérito que se alcanzaba con la edad y pude aventurarme sólo al centro de mi ciudad natal, pude ver, por primera vez, cine en pantalla grande. Pero también por los zafarranchos que se formaban en aquellos espacios cuando a los espectadores les aburría la película, esta era interrumpida con demasiada frecuencia por reventones de la cinta o por estos mismos accidentes, al reanudarla se notaba un salto descomunal entre una escena y otra. Entonces, el público asistente comenzaba por pegar gritos de ¡¡Robo!! ¡Robo, ladrones!! Y específicamente en el Paramount, los gritos contenían aquel de “¡Cuadro Peña! Aludiendo al dueño o administrador del cine. En las llamadas series por episodios, si la interrupción se producía al final de uno de estos, como sucedió en una de Dick Tracy, “el gran detective americano”, solía acontecer que, al reinicio la cinta daba con salto, no continuaba justo cuando se produjo el corte, el momento emocionante y el público quedaba con su emoción congelada, tanto que, al volver a la realidad, estallaba, como si el hielo hubiese caído desde lo alto y hecho trizas en el piso.

Por cierto, la cuadra donde estaba ubicado El Paramount, un cine como La Glaciere con tres espacios para los cineastas, la galería, donde los asientos eran unos bancos muy largos, construidos de madera que formaban una escalera larga y alta, hasta de cinco o seis pisos, era la más barata y estaba techado. Sofá, en el centro de los amplios locales, donde pese el nombre sólo había sillas para los asistentes y al aire libre, tal que si llovía, quienes ese espacio ocupaban, buscaban donde hubiese techo y la “Preferencia”, un nombre muy sugestivo. Era este un espacio techado, con asientos muy cómodos, tal como sofás y hasta cuidadosamente decorado.

Frente a ese cine Paramount, en el espacio que, desde comienzos de la década del cincuenta, ocupa un parque al lado de la plaza Ayacucho, estaba el mercado, que nuestra generación llamó “el viejo”, dado que el “nuevo”, para nosotros lo fue el que estaba detrás de la calle llamada de “El Baño”. Llamada así, porque en ese sitio, hubo unos baños públicos. Al frente de aquel, para nosotros “viejo” mercado, siempre solía estar “La loca” Carmelita”, con un gato en cada mano y varios de esos animales rodeándola.

La alusión a los cines, específicamente al La Glaciere, aquel cuyo taquillero o vendedor de las entradas, era el señor Bartolomé Almeida, a quien el público ante las irregularidades ya mencionadas al hablar de El Paramount, reclamaba, diciendo a coro y tono amenazante, ¡Cuadro Bartolo!

En ambos cines, era demasiado frecuente que, ante una inconformidad, como una película aburrida, una serie por episodios nada emocionante, por interrupciones demasiado frecuentes y truculencias del proyector, el público, la misma gente normalmente tranquila y pacífica de nuestra ciudad, extrañamente reaccionara con excesiva violencia, destruyendo lo que tuviese a su alcance, como los bancos, sillas, pantalla, bombillas, etc. Bartolo, cuando presentía aquello, metía el dinero producto de la venta y todo lo que fuese necesario y de inmediato desaparecía, pues era habitual, en el caso del Cine La Glaciere que parte del publico informe intentase pagarla con él.

Eligio Damas 1

Eligio Damas