La historia suele ofrecer refugio y lucidez cuando el presente se torna espeso y las palabras comienzan a perder su significado original. El 2 de septiembre del año 44 a.C., Marco Tulio Cicerón subió a la tribuna del Senado romano para pronunciar la primera de sus catorce Filípicas. Julio César había sido asesinado meses antes y la República respiraba bajo una tensa calma total. Se había decretado una amnistía general y las aguas institucionales parecían retomar su cauce. Sin embargo, Cicerón regresaba de su retiro alarmado por una realidad subterránea: la dictadura no había muerto con el dictador; cambiaba velozmente en las manos del cónsul Marco Antonio.
El núcleo de la Primera Filípica no es el estallido de la violencia, sino la denuncia de una sutil impostura. Cicerón sube a la tribuna a dar una respuesta directa a la coacción del cónsul Marco Antonio, quien el día anterior, enfurecido por la ausencia del orador, lanzó una amenaza física y pública desde el estrado: “mandaría a los obreros del Estado a destruir su casa”. Tras esta muestra de intimidación selectiva, el nuevo caudillo pretendía imponer una paz a la fuerza, agitating el fantasma de otra guerra civil. Para lograrlo, no derogaba formalmente las leyes; las vaciaba de contenido. Utilizaba supuestas anotaciones manuscritas atribuidas al difunto César para gobernar de forma unilateral. El Senado seguía reuniéndose, los magistrados conservaban sus togas y los tribunales seguían abiertos, pero la soberanía ya no residía en el derecho, sino en el terror infundido por los veteranos armados que custodiaban el Foro.
¿Cómo no contrastar este escenario con el drama que arrastra Venezuela? Vivimos en un régimen de apariencias donde las instituciones son pura fachada. Al igual que en la República romana tardía, el poder en Venezuela ha perfeccionado el arte de revestir la arbitrariedad con un barniz de legalidad formal, justificando el atropello en nombre de una “paz” impuesta y de la estabilidad pública. Las leyes ya no se formulan para garantizar la justicia o proteger al ciudadano frente al Estado, sino para normalizar el sometimiento, perseguir el disenso y legalizar la exclusión. El andamiaje de la República permanece en pie como un decorado teatral, pero el espíritu republicano, aquel que exige el imperio de la ley, la alternabilidad y el respeto a la voluntad popular, ha sido sistemáticamente confiscado.
Cicerón introduce en su discurso una distinción ética que resuena con fuerza en nuestro debate nacional: la diferencia abismal entre la verdadera paz y la mera sumisión. Marco Antonio justificaba sus atropellos en nombre de la “concordia” y el orden público. El orador romano le responde con una sentencia fulminante: “Pax est tranquilla libertas; servitus malorum omnium postremum” (La paz es la libertad tranquila; la servidumbre es el peor de todos los males).
Para el ciudadano venezolano, la lección es de una vigencia sobrecogedora. Los regímenes autocráticos se escudan a menudo en el mito de una estabilidad ficticia: una paz condicionada al silencio, a la censura y a la aceptación de la injusticia como una fatalidad inevitable. Pero una sociedad silenciada no es una sociedad pacificada; es una sociedad coaccionada. Aceptar esa normalización del atropello, que convalida la ficción jurídica que destruye el tejido democrático, es abdicar de nuestra condición de ciudadanos.
La Primera Filípica fue el principio del fin para Cicerón, quien pagaría con su vida la defensa de sus ideales. No obstante, su testimonio demostró que, frente a la simulación del poder, el primer deber del intelectual y del ciudadano es restablecer el valor de la verdad y de los principios morales. La recuperación de la democracia venezolana no será un evento puramente técnico o electoral; será, fundamentalmente, una restauración ética. No habrá paz verdadera en nuestra tierra mientras persista la servidumbre de las instituciones. Frente a la tentación de la costumbre y el desgaste, la lucidez “ciceroniana” nos recuerda que la República no se defiende cediendo parcelas de dignidad, sino sosteniendo con firmeza interior la primacía de la justicia y la libertad.

