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Rafael Sanabria Martínez: La guerra no acabó en Carabobo

 

​La historiografía escolar venezolana suele priorizar la Batalla de Carabobo (24 de junio de 1821) como el hito determinante en la conclusión de la contienda armada contra la Corona española. Bajo esta perspectiva divulgativa, los años posteriores suelen presentarse como una fase de transición administrativa hacia la organización republicana. Sin embargo, esta lectura tiende a soslayar la envergadura de las operaciones realistas comandadas por el general Francisco Tomás Morales en septiembre de 1822, un episodio de profunda relevancia geopolítica que reabrió las acciones militares y puso a prueba la capacidad de respuesta de la naciente República de Colombia en el occidente venezolano.

​A finales de agosto y durante las primeras semanas de septiembre de 1822, mientras Simón Bolívar avanzaba en las campañas del Sur para incorporar a Ecuador y Perú al proyecto republicano, la guarnición realista atrincherada en Puerto Cabello emprendió una audaz operación anfibia y terrestre. Bajo el mando de Morales, las fuerzas hispanas avanzaron hacia sectores del centro-occidente y lograron ocupar la ciudad de Maracaibo el 7 de septiembre de 1822. Esta acción interrumpió el esquema defensivo patriota en la región, reinstauró temporalmente la autoridad de la Corona en la provincia marabina y alteró de forma crítica el equilibrio militar de la cuenca del Caribe.

​Los acontecimientos de septiembre reflejaron las complejas dinámicas de un proceso emancipador que estuvo lejos de ser homogéneo. Por un lado, evidenciaron la heterogeneidad social de la época y la persistencia de sectores populares, campesinos, afrodescendientes e indígenas que en plazas históricamente fidelistas como Coro, o en focos de resistencia en Maracaibo y Trujillo, mantenían filiación con la causa monárquica, motivados por dinámicas locales y recelos hacia el modelo político y económico impulsado por las élites urbanas. Por otro lado, pusieron de manifiesto la fragilidad inicial de una República cuya capacidad militar priorizaba la proyección continental en el Sur, dejando los frentes domésticos al cuidado de tropas mermadas. En consecuencia, el conflicto no culminó en un acto definitivo en 1821, sino que derivó en una fase de desgaste regional que exigió un esfuerzo financiero, humano y diplomático supremo para sostener la soberanía territorial.

​Soterrar episodios de esta trascendencia en el olvido institucional entraña un riesgo severo para la conciencia histórica: condenar a las futuras generaciones a heredar un relato trunco, despojado de sus tensiones y contradicciones esenciales. Estudiar una historia simplificada condena a la ciudadanía a comprender su presente desde el mito y no desde la rigurosa densidad conceptual. Visibilizar la contraofensiva de Morales en septiembre de 1822 no constituye un mero ejercicio de erudición académica, sino un imperativo ético para restituir la integridad de la memoria colectiva y comprender que la soberanía jamás fue una concesión graciosa, sino una conquista ardua y permanentemente disputada.

​Al distanciar la mirada de aquellos campos de batalla, se impone una interrogante ineludible: ¿cesó verdaderamente el estruendo de la contienda o simplemente mutó su naturaleza hacia nuevos frentes del pensamiento y la cultura política? Si bien el cañón guardó silencio en las plazas coloniales y el orden institucional republicano logró erigirse como el cauce legítimo de la nación, la preservación de la soberanía exige un ejercicio crítico ininterrumpido. La contienda histórica por la consolidación de la República y el imperio de la ley no concluyó con la capitulación formal de las armas enemigas; se revalida permanentemente en la capacidad de una sociedad para sobreponerse a sus fracturas originarias, trascender los dogmatismos historiográficos y asumir que la libertad no es un objeto inerte heredado del pasado, sino un compromiso intelectivo y ético que demanda vigilancia, rigor e inteligencia en el presente.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM