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Gloria Cuenca: No hay peor sordo… (I)

 

… Qué quien no quiere oír”, termina el refrán, no tenía mucho sentido para mí, cuando lo escuchaba, siendo joven, en boca de los mayores. Sin embargo, ahora, tiene todo el sentido del mundo, ya que yo misma padezco de una disminución auditiva importante. Escribo, por cuanto extraordinarios médicos otorrinoralingólogos, (¡que nombrecito!) me han atendido, con cuidado y dedicación, sin embargo, he resultado una paciente rebelde, complicada, a la hora de ponerme los dichosos “audífonos” especialmente programados para mí, costosos y molestos.

Les cuento: antes, cuando no tenía este padecimiento me sorprendía al ver gente de mi entorno cercano, quienes perdieron la facultad de escuchar, compraban los aparatos, (costosos, por cierto) y después no los usaban. Lo peor, tampoco los usan al día de hoy. Aparentemente, prefieren no oír, menos escuchar.

Irreverente como soy, decido contar la experiencia. Tal vez, ayude a entender, ese extraño rechazo, por parte de los semi sordos, para con unos dispositivos que te devuelven-supuestamente- a la vida cotidiana. (La vida cotidiana es el entorno, cercano e íntimo. Concepto del Dr. Daniel Pietro Castillo) Amigos, familiares, personas de cultura y preparación universitaria, rechazan los audífonos. Primero, hay una especie de negación. Sorprendente. También existe, ese mismo rechazo por los lentes. Efectivamente, con menos frecuencia, no obstante, los he visto y los conozco, hay quien no usa lentes, a pesar de necesitarlos. Hay mujeres y hombres, de diversas edades que rechazan los anteojos, los lentes y prefieren ver con dificultad o no ver, antes que ponerse los lentes. Para mí, es incomprensible. Antes de operarme las cataratas, de los 65 años en adelante usé lentes fijos. Finalizando la década de mis 40 años, me comenzó la presbicia; de inmediato acepté ponerme lentes, para leer y escribir. ¿Soy… poco coqueta? Para nada. No dependo de esos elementos para coquetear, si es que se puede decir así. ¿Lentes? Sin duda, bienvenidos, cualquier cosa antes que no poder ver.

Me decido, pienso y escribo sobre la sordera. ¿Audífonos? Estamos hablando de una cuestión complicadísima. ¿Me lo pueden creer? Confío se entienda esta situación, para nada sencilla, que narro a continuación. Me he dado cuenta, con sorpresa:  hay muchos sonidos, que se pierden con la sordera y que, no interesa recuperar, Me refiero a: cornetas de carros, chirridos de puertas y rejas, el ruido de las motos; además sí nuestro carro es viejo, como el mío, los ruidos molestos: sin silenciador, falta de grasa, otros insoportables y ensordecedores, “del entorno inmediato e íntimo,” (Vida Cotidiana) que la falta de audición ha disminuido, y debo decirlo, ¡liberadores de una enorme cantidad de molestos sonidos que no queremos escuchar para nada! Al lado de esto, los aparatos, los benditos audífonos, costosos; y, encima cuesta un montón graduar el sonido que sí nos interesa: el de las palabras y el lenguaje de quienes se dirigen a nosotros. Sigue afectándonos, en medio de la angustia, de quienes nos rodean. A la espera de que, se acabe el problema de nuestro defecto, no oímos, no escuchamos y tienen que repetirnos permanente lo que nos dicen. Oigo el zumbido de la avispa, más no las palabras que me dirigen, con premura y preguntando por algo o por alguien, en determinada circunstancia.

Pienso, es mi conclusión, se llega al: silencio interior. Tal vez, haya quien no sepa de esto. Sin embargo, al orar, al meditar, al reflexionar y al pensar, en muchas oportunidades se pasa del ruido externo, al silencio interior.  Resulta fantástico. Dialogar conmigo misma, expresar dudas y temores, alegrías y sentimientos, las sensaciones más íntimas: las más hermosas y, también aquellas que no quiero se sepan de mí, entrar en ese profundo diálogo silente, qué también por la vía efecto de la falta de audición, se va haciendo cotidiano. Si te aprecias, admiras, y estimas, tienes confianza en ti misma, el silencio interior puede resultar fascinante; además de la más grande compañía. Inducido y estimulado por la falta de ruidos en el entorno, también, finalmente se siente el silencio interior.

Los aparatos molestos, también se sienten y resultan incomodos, no resuelven el principal problema: no ayudan a escuchar bien. ¿O, será que los míos son de una marca malosa? No lo se. Sin embargo, he conocido, tengo amigos y amigas que usan diferentes marcas y sistemas, y ninguno los acomoda, la preocupación hace que escriba esta historia. Me gusta ser útil y ayudar a los demás. Como ya he contado, resulta un gran riesgo ser compasiva a estas alturas de la vida. ¿Raro, verdad? Con tantos pesares y traiciones que me han ocurrido, a lo largo de la vida, conmocionada por la agresión de una extraña. ¡Qué se hace! Así soy. Me conformo con narrar esta historia para así ayudar a mis congéneres, y en general a todos los que tienen dificultades auditivas. Al escribir, tengo la expectativa de lograr que, nuestros bondadosos médicos y audiólogos, comprendan con exactitud de qué se trata este problema. Con la ayuda de los médicos, la audióloga, la tecnología y de nuestro amado Padre Celestial, con seguridad lograremos que estos aparatos sean como los lentes, usados y amados a diario, y con la sensación: ¿dónde los deje? Compañera permanente cuando usamos lentes cómodamente.

¡Dios nos ayude! ¡La Virgen nos ampare!

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM