AfD roza la mayoría absoluta en Sajonia-Anhalt y, casi seguro, gobernará. Lo que ayer nos sonaba a novela distópica, hoy lo asumimos con el vértigo y la resignación de lo inevitable. Muchos aún nos horrorizamos, claro, pero se diría que los horrores encadenados más que espolearnos, nos adormecen. ¿Cómo explicar, si no, la indiferencia a las burlas de Rafael Hernando ante una mención a Aylán Kurdi, aquel niño que apareció ahogado en una playa turca en septiembre de 2015? Su imagen nos resultó insoportable. El presidente Rajoy la definió como “dramática y espeluznante” y, aunque apeló a la prudencia, se sumó a la política de asilo de Angela Merkel. Como escribió Xavier Vidal-Folch, “despertamos, como casi siempre, a golpe de urgencia”.
Once años después, ya no despertamos. Un político del PP se ríe en el Congreso del mismo niño. Un diario que presume de templado habla de “la muerte de un invasor con diabetes” para titular el fallecimiento de un crío. Los compañeros de Rajoy aparcan la prudencia y piden expulsión inmediata e ilegal para los inmigrantes. El apoyo a Vox crece. AfD puede gobernar… En los próximos días lloverán explicaciones sobre el fracaso de los cordones sanitarios, las políticas de memoria, la gestión migratoria, la socialdemocracia. Y aunque está bien revisarlo todo, no debemos olvidar que el resurgir de la extrema derecha en Europa nació con la crisis de 2008 y su respuesta: la austeridad. Con ella llegó el recorte brutal del sector público, el hundimiento de los salarios y de la calidad de vida y una década de estancamiento. La pandemia mostró maneras más exitosas de abordar una crisis, pero cuando subió la inflación por la guerra de Ucrania, no se optó por un pacto de rentas que distribuyese el dolor que causa la carestía. En España, el Estado asumió parte de la factura y la economía aguantó, aunque el coste de la vida sigue apretando. Que el salario mínimo sea casi igual al salario medio no se debe al crecimiento del mínimo, sino a que los demás no crecen, pero dejamos espacio a esta afirmación o las que culpabilizan a las pensiones o al ingreso mínimo vital. Permitimos que adelgacen la sanidad y la educación, pero compramos los discursos que acusan de su saturación a los inmigrantes.
El fracaso de los conservadores es haber creado las condiciones de las que se nutre la ultraderecha y ahora copiar su mensaje alimentando una ola que si crece, los arrollará. El fracaso de los socialdemócratas será creer que esto es inevitable y contribuir con su pasividad a la profecía autocumplida.

