Un belga de nacimiento y una de las figuras fundamentales de la canción francesa, Jacques Brel, convirtió cada canción en una pequeña obra de teatro. No necesitaba una voz perfecta en el sentido convencional. Tenía algo mucho más difícil de encontrar: la capacidad de conseguir que cada palabra pareciera indispensable.
Cantó al amor y al desamor, a la amistad, la vejez, la soledad, la hipocresía, su tierra natal y esos personajes anónimos que pueblan puertos, bares, pueblos y ciudades. Podía ser tierno, cruel, irónico, desesperado o divertido y, algunas veces, todo ello dentro de una misma canción.
Basta verlo interpretar Amsterdam. El rostro, las manos, el sudor y una voz que va creciendo hasta casi desbordarse. Brel no describe simplemente un puerto: durante unos minutos nos lleva hasta él.
En Le Plat Pays todo cambia. Aparece el paisaje de su Bélgica natal, esa tierra plana bajo un cielo inmenso que transforma en poesía. En Les Toros, una corrida se convierte en escenario para su ironía y su mirada sobre los seres humanos. Y en Ne me quitte pas, probablemente su canción más conocida, desaparece cualquier orgullo: queda solamente la súplica desesperada de quien no quiere ser abandonado.
Pero Brel fue mucho más que esas canciones. Fue poeta, actor y un observador implacable de nuestras grandezas, ridiculeces, amores, miedos y miserias.
Murió en 1978, con apenas 49 años. Sus canciones siguen vivas porque hablan de cosas que no envejecen.
Quizás esa sea la diferencia entre una buena canción y una gran canción: la primera pertenece a su tiempo; la segunda termina perteneciendo a todos.
Quand on n’a que l’amour.
Le Plat Pays.
Madeleine.
Les Bourgeois.
Jef.
La chanson des vieux amants.
Ces gens-là.
Emilio Figueredo – Analítica.com


