Me he enterado tan tarde de la existencia de los libros de murdokus que ya se han vendido en España cientos de miles de unidades. Este pasatiempo, cuyo objetivo consiste en resolver un crimen siguiendo pistas sobre una cuadrícula tipo sudoku, es el fenómeno editorial del momento en nuestro país, y no me extraña porque su nombre es magnífico, y lo que promete —lentas tardes de verano sin nada mejor que hacer que rellenarlos— también. Cuando compré mi ejemplar en la librería de una pequeña ciudad del interior, me informaron de que llevaban un mes despachándolos como pan caliente porque las redes sociales y el boca a boca los habían puesto de moda. Hacíamos cola en la caja tres personas, y las tres nos lo llevamos debajo del brazo.
De las batallas de farmear aura supe algo antes. Ya conocía por los videojuegos el significado de farmear (cultivar). También me había enterado de que los jóvenes habían recuperado el término aura en todo su esplendor. Pero esas supuestas reuniones masivas donde se enfrentaban en una especie de baile guiado por unos códigos de la cultura digital incomprensibles para los adultos resultaban nuevas. Creía estar ante otro viral similar al de los therian, una idea importada de América Latina, casi inexistente en el mundo físico, pero que las redes y los medios exageraban. La convocatoria del viernes pasado en Málaga me pilló allí, así que me acerqué para reafirmarme en mi prejuicio. Ante mi sorpresa, en la plaza de la Marina un par de centenares de chavales jovencísimos se lo estaban pasando en grande. Farmeaban unos pocos y el resto grababa, pero se trataba de una quedada real. Ni ellos mismos parecían creerse su propio poder de convocatoria.
Ni los murdokus ni el farmeo de aura acaban de ser lo mío, pero me ha gustado este verano de gente ilusionada por echar el rato de forma sencilla: engancharte a un pasatiempo, quedar con un grupo de desconocidos a ver qué pasa, buscar el cine con la pantalla más grande posible y ver una película épica de griegos que ya sabes cómo acaba, buscar el lugar más alto a las afueras del pueblo para alzar la vista al cielo, celebrar en las calles una victoria deportiva común. Dice la astrología tradicional que un eclipse es una interrupción en el flujo universal de la luz, pero también significa lo evidente: que durante un momento todos prestamos atención a lo mismo, y ese algo no ha sido un móvil, aunque enseguida lo buscáramos para hacernos con una mala réplica de la experiencia.
Busco en este periódico cuáles fueron las tendencias del año pasado por estas fechas y me encuentro con los macrobotellones en la playa cántabra del Puntal, la fiebre por los muñecos Labubu y el chocolate Dubai. Parece que ha transcurrido una eternidad desde entonces. Las modas de 2026 siguen estando dirigidas por las pantallas, pero suenan menos pijas y un poco más sabias, simples y comunitarias. Este ha sido un verano de aspiraciones analógicas, aunque no nos salga del todo. También se ha dicho, aunque lo dudo, que las audiencias están cansadas de falsedades y postureos, y que por eso a los creadores de contenidos que dijeron estupideces sobre el eclipse, como que era una cortina de humo, les cayó tal rapapolvo que se especuló sobre una posible “caída de los influencers”. Comenzamos nuevo curso y nos quedan 11 meses hasta que la luz vuelva a interrumpirse totalmente el 2 de agosto de 2027. Yo navego hacia ella dispuesta a pasarlo bien, armada solo con un boli y unas gafas de cartón.

