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Carlos Rivera: La venezolanidad como compromiso con la libertad, la democracia y un país próspero

 

Venezuela atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia contemporánea, pero incluso en medio de las dificultades existe una fuerza que no puede ser arrebatada: el profundo sentido de pertenencia de millones de venezolanos que desean vivir en un país donde la libertad, la dignidad, la justicia y la esperanza vuelvan a formar parte de la vida cotidiana. Ser venezolano no significa solamente haber nacido en esta tierra, sino asumir la responsabilidad de construir un futuro diferente, donde las instituciones respondan a los ciudadanos y donde la voluntad popular sea respetada dentro del marco de la Constitución y las leyes.

La democracia no puede reducirse únicamente al acto de votar, porque también significa instituciones legítimas, separación de poderes, respeto a los derechos fundamentales, participación ciudadana y mecanismos efectivos para que la sociedad pueda expresar sus decisiones. Cuando una nación pierde confianza en sus instituciones, la reconstrucción democrática requiere recuperar precisamente esos principios que permiten que el poder tenga límites y que los ciudadanos tengan voz. Por eso, cualquier discusión sobre el futuro de Venezuela debe colocar en el centro la Constitución, la soberanía popular y la necesidad de reconstruir instituciones capaces de generar confianza.

Hablar de libertad también significa hablar de responsabilidad. Una Venezuela libre no será simplemente aquella en la que desaparezcan determinadas personas del poder, sino aquella en la que ningún gobernante pueda colocarse por encima de la ley, donde las instituciones funcionen independientemente y donde cada ciudadano pueda trabajar, emprender, estudiar, formar una familia y expresar sus ideas sin temor. La libertad política debe estar acompañada de libertad económica, seguridad jurídica, oportunidades y condiciones que permitan que el esfuerzo de cada venezolano pueda convertirse nuevamente en bienestar y progreso.

Pero recuperar la prosperidad exige algo todavía más profundo: recuperar la esperanza. Durante años, millones de venezolanos han tenido que abandonar su tierra buscando oportunidades que deberían haber encontrado en su propio país, mientras numerosas familias han quedado separadas y comunidades enteras han sufrido las consecuencias de la crisis. Esa realidad no debe convertirse en motivo de resignación, sino en una razón para imaginar una Venezuela capaz de ofrecer nuevamente oportunidades a quienes se fueron y a quienes decidieron permanecer. Un país próspero debe ser construido con educación, empleo, inversión, producción nacional, instituciones confiables y respeto absoluto por la propiedad y el trabajo.

La historia demuestra que las sociedades pueden superar períodos de profunda oscuridad cuando sus ciudadanos deciden no abandonar sus principios. Venezuela posee recursos, talento humano, cultura, tierras productivas y una enorme capacidad emprendedora, pero ninguno de esos recursos será suficiente si no existe un proyecto nacional sustentado en instituciones sólidas y en una ciudadanía comprometida. El desafío no consiste solamente en cambiar una realidad política, sino en reconstruir las bases de convivencia que permitan que las futuras generaciones reciban un país mejor que el que encontraron sus padres.

Por eso, la venezolanidad debe convertirse nuevamente en un punto de encuentro. Más allá de las diferencias políticas, ideológicas, regionales o generacionales, existe una aspiración común: vivir en una Venezuela donde la dignidad humana sea respetada, donde las familias puedan progresar y donde nadie tenga que abandonar su patria para encontrar un futuro. Defender la libertad también significa aprender a convivir con quien piensa diferente, rechazar la violencia como mecanismo político y comprender que una democracia verdadera necesita ciudadanos capaces de defender sus convicciones sin negar los derechos de los demás.

El futuro de Venezuela no debe estar marcado por el odio, la venganza ni la confrontación permanente, sino por la recuperación de la institucionalidad, la justicia, la responsabilidad ciudadana y la capacidad de reconstruir. La libertad que se busca debe ser una libertad para todos, no el privilegio de un grupo; la prosperidad que se pretende debe alcanzar a las familias trabajadoras, a los jóvenes, a los emprendedores, a los productores, a los profesionales y a quienes durante años han visto disminuir sus oportunidades.

Venezuela puede volver a levantarse. Puede recuperar sus instituciones, reconstruir su economía, reencontrarse con sus ciudadanos y convertirse nuevamente en una tierra de oportunidades. Pero ese futuro requiere una ciudadanía consciente de sus derechos y también de sus responsabilidades, comprometida con la Constitución, la democracia, la paz y la construcción de instituciones que estén al servicio de todos. La libertad no debe ser solamente una consigna escrita en una pancarta: debe convertirse en una forma de vivir, de participar y de construir el país que las próximas generaciones merecen.

Porque Venezuela no está condenada a permanecer en la crisis. Venezuela puede volver a ser un país de oportunidades, de justicia, de trabajo, de libertad y de prosperidad. Y reconstruirla será una responsabilidad compartida por todos los venezolanos.

 

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