La Revolución Industrial necesitó varias décadas para encontrar a sus revolucionarios. La revolución de la inteligencia artificial probablemente también.
Cuando las primeras fábricas transformaron Gran Bretaña, nadie sabía que aquellas máquinas terminarían reorganizando la política mundial. La máquina de vapor parecía una innovación energética. El telar mecánico, una mejora productiva. El ferrocarril, una revolución del transporte.
Pero juntos estaban construyendo algo mucho mayor: una nueva estructura de poder.
Karl Marx nació décadas después del comienzo de aquella transformación. Cuando publicó con Friedrich Engels el Manifiesto Comunista en 1848, la industrialización ya había producido grandes fábricas y fortunas, ciudades hacinadas, insalubres, convulsas y una nueva clase social: el proletariado.
Marx no inventó la Revolución Industrial; construyó una interpretación politica-economica de sus contradicciones. Y cuando una interpretación logra explicar el malestar de una época, convertir experiencias individuales en conciencia colectiva y movilizar a una clase social, deja de ser una explicación: se convierte en ideología y, eventualmente, en una fuerza capaz de cambiar el mundo.
Estamos acercándonos peligrosamente a otro momento semejante.
La inteligencia artificial suele discutirse como tecnología. Preguntamos qué modelo razona mejor, cuándo llegará la inteligencia artificial general, qué empleos desaparecerán o cuánto aumentará la productividad.
Son preguntas importantes. Pero hay otra mucho más peligrosa: ¿Quién será dueño de la inteligencia?
El nuevo problema de Marx
Marx organizó su interpretación del capitalismo alrededor de una división fundamental: unos poseían los medios de producción; otros poseían únicamente su fuerza de trabajo.
La fábrica necesitaba al capitalista. Pero también necesitaba al trabajador.
La IA altera esa ecuación.
Durante dos siglos, incluso el empresario más poderoso necesitó trabajadores para producir. Podía sustituirlos, disciplinarlos, pagarles miserablemente o trasladar sus fábricas, pero necesitaba mano de obra.
Ahora imaginemos una economía donde capital, energía, modelos de IA, agentes autónomos y robots puedan realizar una proporción creciente de las tareas.
La vieja fórmula: capital + trabajo = producción empieza a convertirse en: capital + IA + energía = producción.
La causa de Marx era que el trabajador era explotado. En el siglo XXI podría ser más perturbador: que deje de ser necesario.
No completamente. No mañana. Pero sí lo suficiente para alterar el contrato social sobre el cual construimos nuestras democracias. Porque casi toda nuestra arquitectura económica presupone una cadena: trabajo → salario → ingreso → consumo → autonomía.
¿Qué ocurre cuando esa cadena comienza a romperse?
Ahí puede nacer una nueva izquierda.
El próximo proletariado tendrá universidad
Hay una ironía cruel y brutal.
La Revolución Industrial amenazó primero al artesano y al trabajador manual.
La revolución de IA está entrando directamente en las oficinas. Programadores. Abogados. Contadores. Diseñadores. Periodistas. Traductores. Analistas. Consultores. Profesores.
La clase profesional que creyó protegerse de la automatización mediante títulos universitarios está descubriendo que precisamente aquello por lo que cobraba —conocimiento— puede comenzar a reproducirse digitalmente.
Un abogado con IA puede hacer el trabajo que antes necesitaba varios asistentes.
Un programador equipado con agentes puede multiplicar su productividad.
Una pequeña empresa puede disponer de capacidades analíticas que anteriormente requerían departamentos enteros.
Esto puede producir enorme prosperidad.
También puede producir algo políticamente explosivo: una clase media altamente educada que descubre que su valor de mercado está disminuyendo, mientras observa fortunas tecnológicas creciendo extraordinariamente.
Las revoluciones raramente comienzan entre quienes nunca tuvieron expectativas. Inician cuando una población descubre que el futuro que le prometieron ya no existe.
La nueva izquierda ya tiene su argumento
Su manifiesto prácticamente se escribe solo: Usted entregó sus datos. Sus textos entrenaron máquinas. Sus fotografías alimentaron modelos. Su comportamiento mejoró algoritmos. Después, esas máquinas comenzaron a competir con usted.
Mientras tanto, una pequeña cantidad de corporaciones controla los chips, los centros de datos, los modelos y la infraestructura mediante la cual funciona esa nueva economía.
La conclusión política será inevitable: si la inteligencia artificial fue construida parcialmente sobre el conocimiento acumulado de la humanidad, ¿por qué sus beneficios deberían pertenecer exclusivamente a quienes poseen las máquinas?
De allí puede surgir una izquierda mucho más radical que la socialdemocracia actual. No exigirá solamente impuestos mayores. Exigirá propiedad social sobre la inteligencia. Fondos soberanos de IA. Dividendos tecnológicos. Renta básica. Participaciones públicas en infraestructura computacional. Modelos considerados bienes públicos. Impuestos sobre automatización.
Quizás incluso un nuevo derecho económico: el derecho ciudadano a participar en la productividad de las máquinas.
Marx quería socializar los medios de producción. Sus herederos digitales podrían querer socializar los medios de inteligencia, pero esa será solamente la mitad de la revolución.
La IA también puede fabricar una nueva derecha
La misma tecnología puede producir exactamente la reacción contraria. Su manifiesto también es fácil de imaginar: China quiere dominar la inteligencia artificial. Las democracias occidentales están perdiendo competitividad. Las burocracias regulan mientras nuestros adversarios innovan. La natalidad cae. Las sociedades envejecen. Los Estados son lentos. Las instituciones del siglo XX son incapaces de gobernar la velocidad del XXI.
Conclusión: necesitamos más tecnología, más energía, más industria, más soberanía y menos obstáculos.
Esta nueva derecha no sería simplemente conservadora. Sería tecnonacionalista.
No miraría nostálgicamente hacia el pasado. Querría acelerar hacia el futuro.
Defendería inteligencia artificial, energía nuclear, robótica, defensa autónoma, manufactura avanzada, exploración espacial y supremacía tecnológica nacional.
Su héroe no sería necesariamente el terrateniente ni el banquero. Sería el fundador tecnológico. Su fábrica sería el centro de datos. Su recurso estratégico, el cómputo. Su petróleo, la electricidad y su enemigo principal no sería el proletariado. Sería cualquier Estado, burocracia o potencia extranjera capaz de impedir la aceleración tecnológica.
Gramsci llega a Silicon Valley
Por eso la próxima batalla será también cultural.
El filósofo marxista italiano Antonio Gramsci entendió que gobernar no consiste únicamente en controlar instituciones. Significa conseguir que una interpretación particular de la realidad se convierta en sentido común.
La izquierda algorítmica dirá: “Nos están quitando nuestra autonomía”.
La derecha tecnológica responderá: “Nos están impidiendo construir el futuro”.
Una hablará de concentración. La otra, de decadencia.
Una preguntará quién posee los modelos. La otra preguntará qué nación posee los mejores modelos.
Una buscará distribuir inteligencia. La otra buscará acumularla antes que el adversario.
Y ambas tendrán razón sobre algo fundamental: la inteligencia se está convirtiendo en poder.
La jaula algorítmica
Aquí el economista y sociólogo alemán Max Weber resulta quizá más útil que Marx.
Weber comprendió que la modernidad no solamente producía capitalistas. También producía burocracias capaces de organizar sociedades enteras mediante reglas, expedientes y jerarquías.
La IA puede convertir aquella “jaula de hierro” en algo mucho más eficiente. Una burocracia tradicional registra. Una burocracia algorítmica puede: observar, predecir, clasificar y decidir.
El Estado tecnocrático del futuro podría saber dónde estamos, qué compramos, qué pensamos, qué riesgo representamos y posiblemente qué haremos. Pero también las corporaciones pueden adquirir capacidades semejantes.
Este es el peligro que une paradójicamente a las dos nuevas ideologías. Ambas podrían terminar construyendo sistemas extraordinariamente centralizados.
Una en nombre de la igualdad. La otra en nombre de la eficiencia y la seguridad nacional.
La variable Kurzweil
Entonces aparece el futurista estadounidense Ray Kurzweil con la variable que hace esta revolución especialmente peligrosa: la aceleración.
Nuestras instituciones evolucionan linealmente. La tecnología puede hacerlo exponencialmente.
El Congreso debate durante años. Los modelos cambian en meses.
Las universidades tardan décadas en reformarse. Las máquinas aprenden nuevas capacidades en una generación tecnológica.
La consecuencia puede ser una brecha creciente entre la velocidad de la tecnología y la velocidad de la democracia.
Esa brecha es territorio fértil para ideologías radicales.
La nueva división política
Por eso sospecho que izquierda contra derecha terminará siendo una descripción insuficiente de nuestra política.
La división fundamental podría convertirse en: inteligencia concentrada contra inteligencia distribuida.
Pero existirá otra simultáneamente: aceleración contra protección.
Y una tercera: inteligencia nacional contra inteligencia global.
De esas tensiones pueden surgir coaliciones políticas que hoy parecen imposibles.
Trabajadores desplazados aliados con profesionales.
Nacionalistas aliados con empresarios tecnológicos.
Socialistas defendiendo modelos abiertos.
Populistas exigiendo dividendos de automatización.
Gobiernos democráticos subsidiando gigantes tecnológicos porque necesitan ganar una carrera contra China.
Las categorías políticas del siglo XX podrían comenzar a desordenarse.
Estamos esperando nuestro 1848
Esta es la parte que deberíamos tomarnos seriamente.
La consecuencia histórica más importante de la máquina de vapor no fue la máquina de vapor.
Fue la sociedad que apareció alrededor de ella.
*Capitalismo industrial.
*Sindicatos.
*Socialismo.
*Comunismo.
*Partidos obreros.
*Estado de bienestar.
*Nacionalismo de masas.
Las máquinas terminaron fabricando ideologías.
La inteligencia artificial hará probablemente lo mismo. Primero llegará la productividad. Después la dislocación. Luego aparecerán ganadores extraordinarios y perdedores inesperados. Posteriormente millones de personas descubrirán que aquello que consideraban un problema personal forma parte de una transformación colectiva.
Entonces aparecerá alguien capaz de explicarlo. Ese será nuestro momento Marx. Pero esta vez puede haber dos Marx.
Uno proclamará: “La inteligencia pertenece a todos“.
El otro: “La inteligencia pertenece a quien tenga la capacidad de construirla, controlarla y defenderla”.
Uno puede engendrar una nueva izquierda radical.
El otro, una nueva derecha tecnológica.
Ambos lucharán por responder la pregunta que probablemente definirá la política del siglo XXI: cuando la inteligencia se convierta en capital, ¿quién será soberano: el ciudadano, la corporación, el Estado o la máquina?

