Una nación en la que por muchos años solo hubo conflictos, enfrentamientos entre enemigos irreconciliables, despojos y toda clase de arbitrariedades y corruptelas es, a la larga, una nación debilitada, exhausta… y harta.
Por sobre todas las cosas, lo que mantiene la cohesión de una sociedad es la voluntad de sus ciudadanos por construir una misma realidad, por actuar en pos de un beneficio común. El elemento más dañino y disgregador de esta verdad sería la presencia de torpezas muy variadas: resentimiento de dirigentes, eventualmente carismáticos, patéticamente incapaces y que, una vez en el poder, utilizan su potestad para multiplicar conflictos, divisiones, incesantes luchas, infinitos odios; estíticas ideologías empeñadas en convertir ideas y visiones en dogmas, evangelios de conclusiones inapelables; la rapiña como única forma de acción por parte de quienes gobiernan; la absoluta indiferencia de éstos por el desamparo de sus desgobernados… Torpezas, errores, crímenes conducentes hacia un previsible desenlace: desolación, inopia… y, de nuevo, hartazgo.
Puede llegar a ser estimulador el hartazgo; y, por su causa, una sociedad plantearse la urgencia de avanzar en la creación de nuevos proyectos; de apoyarse en diferentes propósitos, sueños e ideales… ¿Cómo extraer provecho del hartazgo? Con la voluntad, con la firmeza de las intenciones, con el objetivo de conquistar o reconquistar espacios capaces de guiar al cuerpo social lejos, muy lejos de la paulatina debilidad a la que fue condenado. Lo positivo del hartazgo sería un posible impulso hacia la firme resolución por no repetir esos errores que pudieron llegar a fragmentar e, incluso, deshacer al tejido social.
La secuela de cuanto ha sucedido en Venezuela durante las últimas décadas podría resumirse en el generalizado hartazgo ante un presente calcinado por demasiados errores, corruptelas y crímenes; tiempo vivido bajo el grotesco propósito gubernamental de convertir el espacio nacional en campo de batalla donde unos, interminablemente buenos, se enfrentaban a otros, interminablemente malos; espacio nacional en que la política fue concebida como saqueo y una permanente condena de adversarios siempre condenables… Trágica antipolítica que hizo de la convivencia entre los venezolanos absoluta imposibilidad y condujo a la desolación de un país que tardará muchos, muchos años en recuperarse.
El hartazgo venezolano nos obliga a entender que se trata de rehacer unas reglas de coexistencia normales para cualquier sociedad civilizada; reglas apoyadas en actitudes, comportamientos, principios, lenguajes orientados hacia una definitiva, total y absoluta antítesis de nuestro reciente pasado.

