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Rafael Fauquié: Enseñar autonomía II

 

Enseñar autonomía: educar para la vida, para la cabal comprensión de nuestra humana responsabilidad con la propia existencia y con la existencia que compartimos con otros. Educar para enseñar el significado de las propias acciones, el sentido de los desafíos, el compromiso de una vocación… Educar a partir de una ética por conquistar, íntimamente relacionada con esa noción de “rebeldía” definida por Albert Camus que nos obliga a actuar humanamente siempre acompañados de dos rasgos esenciales: el individualismo y la solidaridad; singularidad personal de un lado; y, del otro, empatía con quienes comparten nuestra condición humana.

Enseñar autonomía significa educar al estudiante para ayudarlo a convertirse en un ser autónomo, jamás instrumento de otros, del poder de otros, de la coacción de otros, de la anulación a manos de otros; en suma: nunca objeto cosificado nunca obediente o resignada víctima.

Existe, sin duda, algo de esa noción de “rebeldía” definida por Camus en el comportamiento de personas autónomas capaces de actuar de manera independiente; capaces de afrontar retos, de asumir responsabilidades, de defender su libertad y su dignidad, de negarse a seguir bobaliconamente ideologías de odio y de terror, de rebelarse ante la acechante sombra de totalitarismos de todo tipo.

Quizá una manera de lograr esto sea a través de una educación que cuente con el apoyo de lo que se conoce como Estudios Generales: Suma de enseñanzas humanísticas encargadas de complementar la formación profesional del estudiante, de apoyar su aprendizaje de disciplinas técnicas o científicas sobre un sustento de humanidad que le permita no dejar nunca de relacionar sus conocimientos con ese espacio humano que lo entorna.

El concepto subyacente en la idea de los Estudios Generales es la visión de la educación como formación integral del individuo; que la idea de profesionalización no se aparte de un sentido de responsabilidad ética, de una moral del conocimiento. Muchas veces lo repito a mis estudiantes: no concibo, no es concebible, un buen profesional que sea, además, una absoluta miseria humana; tampoco lo es un buen profesional totalmente ignorante de cuanto no esté directamente relacionado con su particular interés profesional. Lo ético, lo espiritual, la sensibilidad social son y serán siempre -deberían serlo, al menos- punto de partida de la verdadera educación. La filosofía de los Estudios Generales relaciona, pues, un doble propósito: hacer del estudiante un buen profesional y, además, una buena persona. Entender que lo uno y lo otro nunca podrían dejar de entenderse sino en indisoluble relación.

Estudios Generales o estudios humanísticos capaces de humanizar conocimientos científicos y tecnológicos porque, en última instancia, ni la ciencia ni la tecnología podrían perder nunca de vista ese destinatario humano llamado a beneficiarse de cuanto ellas puedan aportar.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM