Hagamos las paces.
Ayer tuvimos apagón por 5 horas, anteayer por cuatro, hoy no sabemos si tendremos electricidad todo el día, a veces no se nos va, y ahora nos dicen que tendremos un plan en el país de 45 días de ahorro energético… ¡Dios mío! Estos apagones nos obligan a tener un plan A, un plan B, y a veces un plan S y un plan R, o sea, Sudar y Respirar profundo. Jeje.
Que se nos vaya la electricidad es muy malo: luces apagadas, nada de televisión, ventiladores apagados en medio de mucho calor… pero hay que rezar para que no se nos apague ni el cerebro ni el corazón.
El cerebro debemos tenerlo encendido para que podamos pensar, discernir, saber qué debemos hacer ante las dificultades, saber qué y cómo exigir nuestros derechos, esos que están contemplados en nuestra Constitución, no olvidar ese artículo 91 que reza que todo trabajador debe ganar lo suficiente para cubrir sus necesidades y las de su familia… Tener el cerebro encendido es estar consciente que, dado que pagamos impuestos, tenemos derechos, entre otros, a una vialidad que esté bien mantenida y no con esos huecos – a veces casi cráteres – que estropean los cauchos de nuestros ya ancianos vehículos, entre otros afectos. Tener el cerebro encendido es necesario para dialogar con nuestros vecinos y encontrar soluciones a problemas de la comunidad, por ejemplo.
Es necesario el cerebro iluminado para dar calidad atención a nuestra familia, para “escuchar con los ojos”. También para rendir en nuestro trabajo.
Para los que somos educadores, el cerebro lo necesitamos encendido para evaluar el año escolar, reflexionar sobre nuestros errores, para no repetirlos, y recuperar las buenas prácticas para aprender de ellas y multiplicarlas. También para saber cómo reclamar salarios dignos para los docentes.
Hay que tener el cerebro iluminado para exigir a esa “comisión mixta” para la transición, una “hoja de ruta” necesaria para reconstruir el país: nuevo CNE que genere confianza, por ejemplo, liberación de los presos políticos – en una verdadera democracia, pensar distinto no puede ser delito -, fecha aproximada para elecciones necesarias…
También es importante tener nuestro corazón iluminado, que sienta como propios los dramas de los hermanos damnificados, que nos ayude a ser solidarios perseverantes. El corazón iluminado ayuda también a ver los rostros de hambre de gente en la calle, también la de los casi niños, adolescentes y jóvenes en las esquinas ofreciendo sus manos para limpiar para brisas, en ves de estar con lápices en las escuelas o haciendo deporte.
El corazón lo necesitamos iluminado para que cuidamos “la casa común”: no desperdiciar el agua potable – si es que nos llega a nuestros hogares -, saber aplicar las erres – reciclar, reutilizar, reducir el consumo-…
Un corazón iluminado afina los sentidos para que veamos la soledad de abuelos y padres que se quedaron solos en sus casas porque hijos y nietos se fueron a otros países buscando horizontes.
El corazón iluminado también nos permite valorar acciones buenas que hacen los demás, que animan y contagian. Después de los terremotos hemos sabido de acciones solidarias realmente creativas, útiles, necesarias.
La sensibilidad, la empatía, se consiguen con los sentidos despiertos y con el corazón iluminado. Nos ayuda a sonreír cuando saludamos, cuando somos amables con los otros, los conozcamos o no.
Corazón y cerebro iluminados nos ayudan a saber administrar nuestras emociones: la rabia por los apagones y los malos servicios, por ejemplo, el miedo y las angustias en medio de esta situación/país…
En fin, los apagones vienen y se van, nos afecta, pero lo que no debemos permitir es que el cerebro y el corazón se nos apaguen. Por nuestro bien y de los que nos rodean.

