En agosto de 1998 comencé mis pasantías en El Carabobeño, un medio de comunicación en el que todo estudiante de Comunicación Social soñaba con ingresar. Apenas una semana después de incorporarme al diario, recibí una noticia que marcaría mis primeros pasos como periodista: formaría parte del equipo de Deportes que cubriría los XVIII Juegos Centroamericanos y del Caribe, celebrados en Maracaibo, la ciudad donde cursé mi carrera en la ilustre Universidad del Zulia. Aquella cobertura fue, además de un reto profesional, una experiencia inolvidable.
En esa edición de los Juegos, la selección venezolana de fútbol conquistó la medalla de oro. Tuve el privilegio de presenciar en vivo la consagración de un grupo de jóvenes que le regaló una inmensa alegría al país en un deporte donde, aunque Venezuela comenzaba a crecer, otras selecciones de la región seguían marcando diferencias. Aquella celebración quedó grabada en mi memoria como uno de los momentos más emocionantes de mis primeros años en el periodismo.
Casi tres décadas después, la historia volvió a repetirse. La Vinotinto Sub-20 se coronó campeona en Santo Domingo, reviviendo aquella hazaña que tuve la fortuna de presenciar en 1998. Más allá de las generaciones y de los contextos, hay triunfos que tienen la capacidad de conectar el pasado con el presente y recordarnos que el talento venezolano siempre encuentra la manera de abrirse camino.
Este nuevo logro llena de orgullo a todos los venezolanos. Aplaudimos de pie a estos muchachos que, pese a las dificultades que atraviesa el deporte nacional y a la escasa prioridad que históricamente ha recibido por parte del régimen, salieron al campo con disciplina, compromiso y una admirable entrega. Cada partido fue una demostración de carácter y de confianza en sus propias capacidades.
Pero este equipo dejó una lección que trasciende lo deportivo. Integrado por una generación Sub-20, en su mayoría nacida en 2008, nunca olvidó a uno de los suyos. Durante todo el torneo, los jugadores rindieron homenaje a Yimvert Berroterán, fallecido en los terremotos del pasado 24 de junio. Convirtieron el dolor en motivación y demostraron que el fútbol también puede ser un espacio para la memoria, la solidaridad y el afecto.
El reconocimiento también debe extenderse al cuerpo técnico, a los entrenadores y a todas las personas que hicieron posible este campeonato. Los triunfos deportivos nunca son producto de la improvisación; detrás de cada medalla hay años de entrenamiento, sacrificios familiares y un trabajo silencioso que pocas veces recibe el reconocimiento que merece.
Ojalá este título sea mucho más que una celebración pasajera. Venezuela necesita comprender que el deporte no solo forma campeones; también forma ciudadanos, fortalece valores y ofrece oportunidades a miles de jóvenes. Hoy celebramos una medalla de oro, pero también celebramos la esperanza de un país que, incluso en medio de las adversidades, sigue encontrando razones para creer en el talento y la capacidad de su gente.

