El chavismo ha descubierto una nueva categoría revolucionaria: la sumisión estratégica. Cuando se agotan las consignas, se derrumban los dogmas y la realidad comienza a resultar obscenamente visible, siempre queda algún intelectual dispuesto a explicar que aquello que parece una capitulación es, en realidad, una sofisticadísima maniobra que las masas todavía no están preparadas para comprender.
La conferencia de la profesora universitaria y ex ministra Judith Valencia, hace unos días, en el Centro Internacional Miranda resulta reveladora precisamente por eso. No tanto por su extravagante excursión desde la Conferencia de Berlín hasta los BRICS, pasando por Marx, las comunas, el Plan Marshall y el dinero que supuestamente “no existe”, sino porque intenta construir una explicación ideológica para militantes chavistas desconcertados y confundidos aun ante lo ocurrido después del 3 de enero de 2026.
Valencia pide “forzar las entendederas”. Y ciertamente hace falta algún esfuerzo.
Su tesis central consiste en negar que exista un nuevo momento político. Según ella, el chavismo simplemente continúa desarrollando una estrategia iniciada hace 26 años. Por eso tampoco debería hablarse de “negociación”. Delcy y Jorge Rodríguez, explica, no negocian: “elaboran política”. La diferencia semántica sería conmovedora si no pretendiera ocultar una contradicción política bastante menos metafísica.
Porque el problema no consiste en que Venezuela restablezca una relación pragmática con Estados Unidos. Todo lo contrario. Recuperar una relación normal con Washington sería comenzar a reparar uno de los disparates de política exterior inaugurados por Hugo Chávez en 1999.
El problema es otro: ¿cómo explica una revolución que durante un cuarto de siglo convirtió al “imperialismo norteamericano” en explicación universal de todas sus desgracias que ahora sus dirigentes buscan entenderse con ese mismo poder?
Valencia resuelve el acertijo transformando la contradicción en estrategia. No hay concesiones, sino “correlación de fuerzas”. No hay negociación, sino “elaboración de política”. No hay ruptura, sino continuidad. Y si alguien dentro del chavismo sospecha lo contrario, sencillamente no ha comprendido el laberinto.
Estamos ante algo más interesante que un ejercicio de retórica. Es un intento de administrar una grave crisis de identidad.
El chavismo posterior al 3 de enero parece obligado a desprenderse aceleradamente de aquello que durante años presentó como su identidad: el antiamericanismo, la épica de resistencia, buena parte del legado político de Chávez y, eventualmente, el propio madurismo. Los hermanos Rodríguez encarnan un pragmatismo cuyo propósito esencial parece bastante menos romántico: conservar el poder adaptándose a una nueva correlación internacional.
La pirueta tiene dimensiones casi circenses. Quienes construyeron legitimidad denunciando cualquier acercamiento con Washington como traición pretenden ahora explicar a sus militantes que entenderse con Donald Trump constituye una maniobra revolucionaria. A este paso terminarán siendo más trumpistas que María Corina Machado, aunque probablemente con una cita de Marx preparada para justificarlo.
La propia conferencia deja entrever la inquietud que pretende conjurar. Valencia pide confianza en la dirección política, respeto por sus “silencios” y disciplina frente a quienes hablan de negociación o pérdida de soberanía. Incluso afirma expresamente que decir que “entregamos todo” es mentira. Cuando un movimiento necesita dedicar semejante esfuerzo intelectual a demostrar a sus propios seguidores que no está haciendo aquello que todos pueden observar, el problema ya no es comunicacional.
Es existencial.
Durante años el chavismo pudo exigir fidelidad mediante una combinación de mitología revolucionaria, distribución de rentas, control institucional y coerción. Ahora necesita algo más difícil: convencer a sus bases de que dos proposiciones contradictorias son simultáneamente verdaderas. Que continúa la revolución antiimperialista y que, al mismo tiempo, resulta perfectamente revolucionario acomodarse al antiguo imperialismo.
Quizás allí comience la verdadera transición venezolana: no necesariamente en los acuerdos de las élites, sino en el momento en que las bases chavistas descubran que también ellas fueron utilizadas.
Algún día habrá elecciones y llegará la rendición de cuentas. Puede ser antes o incluso en 2030. Para entonces los ensalmadores podrán seguir hablando de estrategias, correlaciones y laberintos.
Pero hasta el laberinto más complicado tiene una salida. Y a veces conduce simplemente a la realidad.
@humbertotweets

