Una cosa es que ellos, los terremotos, se hagan anunciar y muy otra es que los habitantes de un país y de unas regiones particularmente desmemoriadas del país, junto a sus irresponsables gobiernos, se hagan los megalocos ante los anuncios firmes e históricos.
Los cronistas relatan los “destrozos miserabilísimos” del terremoto de 1641, precisamente en junio de aquel año, y su terrible afectación material y humana en Caracas y La Guaira. Por Bolívar y su fuerte presencia, recordamos de los libros de historia, de cuando se impartía esa materia en colegios y liceos, el devastador terremoto de 1812; lo que olvidamos, ¿porque queremos?, es que afectó grandemente el Litoral Central también. Al igual que el de 1900. Pero, más cerca, el de 1967, no afectó solo a Caracas, obviamente, su repercusión de nuevo física y humana en La Guiara resultó notable.
¿Qué pasó con nuestra memoria nacional, colectiva? Falló la falla, desde luego, como históricamente suele hacer. Pero nos falló la memoria también, a todos. En mi conciencia estaba permanentemente, machacante, la idea, no sé por qué, en la medida de cincuenta años, un evento sísmico de gran magnitud. Recurrentemente decía, con levedad, es cierto, que prefería que no me cogiera en Caracas. Menos mal que mi deseo se cumplió. Por nada. Pensaba que el caos acrecentado en muchos más de cincuenta años, haría destrozos mayores y más letales en la capital donde nací. Menos mal no fue así. Y pasé el movimiento telúrico en mis también queridas montañas mirandinas.
¿Faltó divulgación histórica? ¿Faltó esparcir en los institutos educativos la idea de la proximidad o la eventualidad cercana de un evento sísmico considerable? Todo eso faltó. Y más. Lo aprendido en 1967 se tiró a la basura. Todo. No tenemos memoria ni cultura sísmica. Pero sí las tienen Japón, Chile, México. ¿Por qué nos resistimos a aprender y actuar en consecuencia, después de ese conocimiento cada vez más doloroso, en todo sentido?
Parecerá extraño, pero en mis diferentes idas a Margarita, cuando se podía ir sin grietas mayores para un profesor universitario, o, incluso antes, en giras artísticas, si algo recuerdo que recuerdan los pobladores es la posibilidad de que la isla se hunda. ¿Por qué? Porque Cubagua no es solo una bien afamada novela. Las voces indígenas todavía gritan a los dioses el hundimiento de Cubagua. Y en Margarita pervive como memoria colectiva de sus habitantes. ¿Por qué eso no se aprecia en La Guaira, o Vargas, mejor? ¿Quién y cómo troncha la recordación colectiva? ¿El día a día? ¿La supervivencia obligada desde el poder irresponsable?
Lo de estos terremotos debe quedar plasmado de manera indeleble, no sé cómo, en nuestra memoria como nación para los próximos 200 o 300 años, por lo menos. Que no agarre desprevenido nunca más a los habitantes futuros esta vaina. Que se planifique obligatoriamente y se preparen con conciencia las contingencias de auxilio inmediato ante cualquiera tragedia de estas. Si no, de nada valió este inmenso dolor que debemos llevar en las venas, en los genes y traspasarlo de generación en generación, sin falla.

