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Roberto Smith: La Guaira que merecemos

 

Reflexiones sobre el desastre y la reconstrucción que Venezuela necesita.

Escribo estas líneas mientras los equipos de rescate siguen trabajando entre los escombros de La Guaira. Hay venezolanos aún atrapados bajo los edificios que cayeron. Hay familias esperando noticias en las calles, con lo que pudieron cargar en los brazos.

En este momento, lo único que importa es salvarlos.

Pero llevo treinta años vinculado a La Guaira —a su puerto, a su aeropuerto, a su casco colonial, a su gente— y sé que los desastres tienen una crueldad adicional que pocas veces se menciona: las decisiones que se toman en los primeros días, mientras todavía hay dolor y confusión, son las que determinan el tipo de ciudad que se construirá durante los próximos treinta años. Las ciudades que se reconstruyen bien son aquellas que empiezan a pensar antes de que pare el polvo.

Por eso escribo hoy. No para competir con la emergencia, sino para que cuando la emergencia ceda, no empecemos desde cero.

La magnitud del desastre

Los números preliminares son devastadores. Más de 200 edificios destruidos o estructuralmente inviables. Más de 10.000 viviendas perdidas. Pérdidas humanas que aún no terminamos de contar. Una infraestructura urbana —agua, electricidad, vialidad— severamente comprometida en múltiples sectores.

Es la mayor catástrofe que ha sufrido el estado Vargas desde las lluvias torrenciales de 1999, que también dejaron miles de muertos y una reconstrucción que nunca terminó de llegar.

No podemos repetir esa historia. La escala de lo ocurrido supera con creces la capacidad de respuesta del Estado venezolano en su situación fiscal actual. Decirlo no es una crítica política, es una constatación técnica que obliga a pensar de manera distinta. La reconstrucción de La Guaira no puede depender del presupuesto nacional. Debe construirse sobre cooperación internacional, inversión privada y una arquitectura institucional que le dé certeza a los que quieran ayudar.

Lo que La Guaira siempre fue y nunca llegó a ser

He dedicado gran parte de mi vida profesional a pensar en La Guaira. La conozco como exministro de Transporte y Comunicaciones, que tuvo a su cargo la supervisión de su puerto y aeropuerto. La conozco como empresario privado que ha invertido en su casco colonial y la conozco como venezolano que ha visto, una y otra vez, cómo un potencial extraordinario se desperdicia por falta de visión, de recursos o de voluntad política.

La Guaira tiene una posición geográfica que pocas ciudades del Caribe no pueden envidiar. Es el principal puerto de Venezuela, adyacente al segundo aeropuerto internacional del país, a dieciocho minutos de una capital de cinco millones de habitantes. Tiene playas, tiene historia colonial, tiene un casco urbano que podría competir con Cartagena de Indias en belleza y en valor patrimonial. Tiene algo que ningún otro puerto del norte de Suramérica tiene: la combinación de un puerto de aguas profundas con acceso inmediato a una metrópoli de escala continental.

Ese potencial no lo destruyó el terremoto. Sigue ahí y la reconstrucción es la oportunidad —quizás la última en nuestra generación— de finalmente realizarlo.

Una reconstrucción diferente

Propongo que la reconstrucción de La Guaira se organice alrededor de tres principios que no son negociables:

Primero: los residentes no serán desplazados. Quienes vivían en La Guaira tienen derecho a regresar a La Guaira. Cualquier modelo de reconstrucción que resulte en la expulsión de las familias originales —disfrazada de desarrollo o de modernización— es inaceptable. La restitución de vivienda a los afectados es la condición de legitimidad de todo lo demás.

Segundo: normas sismorresistentes estrictas, sin excepción. Cada edificio que se construya en La Guaira a partir de hoy —residencial, hotelero, comercial, público— debe cumplir con los más altos estándares internacionales de ingeniería sísmica, con certificación técnica independiente y verificación antes de cada habilitación. No vamos a reconstruir para que el próximo sismo lo destruya todo de nuevo. Ese ciclo de tragedia y mediocridad termina aquí.

Tercero: gestión privada e internacional, no dependencia del Estado. La reconstrucción debe canalizarse a través de una Corporación Privada de Reconstrucción, constituida bajo estándares internacionales, con auditoría independiente, capaz de recibir fondos de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), de donantes privados y de fondos de inversión internacionales. El gobierno tiene un rol habilitador —permisos, regulación, facilitación— pero no puede ser el administrador de los fondos. La historia reciente de Venezuela no lo permite.

Los dos puntales: puerto y aeropuerto

Treinta años de trabajo en infraestructura me han enseñado una cosa: las ciudades que prosperan después de un desastre son aquellas que identifican con claridad cuáles son sus activos estratégicos y los desarrollan con disciplina y visión de largo plazo.

Para La Guaira, esos activos son dos: el puerto y el aeropuerto.

El puerto de La Guaira tiene condiciones naturales excepcionales: bahía protegida, aguas profundas, capacidad para recibir los cruceros de mayor tamaño del mundo. Hoy opera principalmente como puerto de carga y puerto de escala para cruceros. La reconstrucción es la oportunidad de transformarlo en un puerto base (home port) de cruceros desde donde los itinerarios comienzan y terminan, donde los pasajeros pernoctan uno o dos días antes de embarcar, donde gastan, donde conocen Venezuela. La diferencia económica entre un puerto de escala y un puerto base (home port) no es marginal: el gasto por pasajero se multiplica por ocho o diez. Y la infraestructura hotelera, gastronómica y cultural que eso requiere es exactamente la que la reconstrucción urbana puede proveer.

El aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiquetía, a dieciocho minutos de La Guaira, es el otro pilar. Rehabilitado con gestión privada y conectado con las principales rutas del Caribe, Norteamérica y Europa, puede convertirse en el centro de operaciones de aviación del norte de Suramérica. Eso no es una fantasía, es la consecuencia natural de su posición geográfica bien gestionada.

Ambas infraestructuras deben ser concesionadas a operadores privados internacionales con experiencia comprobada. La gestión pública de puertos y aeropuertos en Venezuela tiene un historial que no necesita mayor comentario.

La dimensión del desarrollo: turismo y empleo

Sobre esos dos puntales se construye una ciudad completamente diferente.

Propongo que la reconstrucción urbana de La Guaira incorpore, en una primera etapa, entre 10.000 y 15.000 nuevas habitaciones de alojamiento turístico —hoteles, apartoteles, apartamentos de corta estancia gestionados profesionalmente— integradas en los mismos desarrollos donde se reconstruyen las viviendas residenciales. Edificios más altos, con normas sismorresistentes estrictas, que combinen en la misma estructura apartamentos para los residentes originales, unidades turísticas en los pisos superiores y comercio en planta baja. La reconstrucción humanitaria y el desarrollo turístico no son proyectos separados, son el mismo proyecto.

¿Por qué esa escala? Porque un puerto base (home port) de cruceros de alcance caribeño requiere una oferta hotelera de esa magnitud en un radio de veinte minutos del terminal. Porque el aeropuerto rehabilitado traerá turistas que necesitan dónde hospedarse. Porque la diáspora venezolana —siete millones de personas dispersas por el mundo— representa un mercado de turismo y de inversión residencial de enorme potencial que hoy no tiene a dónde volver.

Y porque el empleo que esto genera es transformador. Las estimaciones preliminares indican que el desarrollo turístico, portuario y aeroportuario de La Guaira puede generar entre 300.000 y 400.000 empleos directos e indirectos en un horizonte de diez años. Construcción, hotelería, gastronomía, logística portuaria, aviación, comercio, cultura. Empleos para los guaireños, empleos para los venezolanos. En un país con el desempleo y la emigración que tiene Venezuela hoy, esa cifra no es un dato económico, es una esperanza concreta.

El marco que hace posible todo lo demás

Nada de esto ocurre sin un marco legal y fiscal que atraiga la inversión privada con certeza y confianza. Propongo cuatro medidas de habilitación urgente que deben adoptarse en los próximos noventa días:

La definición de Zona Económica Especial para La Guaira y su área de influencia, con marco legal propio, ventanilla única de permisos, contratos en dólares y protección explícita contra expropiaciones. La declaratoria de Puerto Libre, con eliminación de aranceles de importación para materiales de construcción y equipos, exención de IVA para servicios turísticos durante la fase de desarrollo y un régimen fiscal competitivo para las empresas que operen en la zona. Un sistema de financiamiento estructurado —bonos de reconstrucción denominados en dólares, líneas de crédito puente con el BID y la CAF y un fondo de garantías capitalizado con fondos americanos— que permita a los desarrolladores privados acceder a capital a costo razonable. Además, un programa masivo de reforzamiento sismorresistente para los edificios dañados pero recuperables, financiado con créditos blandos a las asociaciones de condóminos, que permita que cientos de familias regresen a sus hogares en meses, no en años.

Una última palabra

Soy venezolano. Soy guaireño de adopción. He dedicado treinta años de mi vida a creer que La Guaira puede ser lo que su geografía y su historia prometen.

Hoy, mientras escribo esto, hay familias durmiendo en la calle a pocas cuadras de donde he trabajado durante décadas. Eso duele de una manera que ningún análisis técnico puede capturar completamente.

Pero también sé, con la convicción que dan treinta años de trabajo en infraestructura, en política pública, en desarrollo urbano, que Venezuela tiene en este desastre, paradójicamente, una oportunidad que no puede desperdiciar. La oportunidad de construir, sobre los escombros una ciudad más segura, más justa y más próspera que la que existía antes.

La Guaira lo merece. Venezuela lo merece y esta vez, vamos a hacerlo bien.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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