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Rafael Sanabria Martínez: Sostenernos en el escombro

​Frente a la huella perentoria de una catástrofe natural, la primera reacción colectiva suele volcarse hacia lo visible: el escombro, la grieta en el muro, el inventario de lo perdido. Sin embargo, el doble sismo del 24 de junio ha dejado una fractura mucho más honda y silenciosa, una que no se repara con cemento ni se resuelve en los despachos institucionales ni en los debates ideológicos. Se trata de la grieta en la certidumbre humana, el sutil desmoronamiento de esa seguridad interna que nos permite habitar el mundo sin temor al suelo que pisamos. Curar esa herida en la psique colectiva no es una tarea burocrática; es un imperativo humanista que apela, desprovisto de cualquier matiz político o partidista, a la esencia misma de nuestra condición social.

​Este esfuerzo de reconstrucción interna no admite la distancia del observador ni la espera pasiva de directrices externas. Quienes hemos transitado la conmoción y permanecemos en pie, contraemos de inmediato un pacto silencioso y sagrado con nuestra propia comunidad. Nos corresponde a nosotros asumir el peso de la reconstrucción anímica; convertirnos en los arquitectos de una contención emocional que devuelva el orden al caos íntimo de los más vulnerables. Es un quehacer que se ejecuta en la proximidad del día a día: en el hogar que intenta recobrar su calma, en el aula que se transforma en refugio del pensamiento, y en la plaza donde el reencuentro ciudadano disipa la sombra del aislamiento.

​Adentrarse en esta labor con la seriedad que el momento histórico reclama exige sacralizar el espacio de la ayuda mutua, blindándolo de cualquier retórica coyuntural o interés ajeno al bienestar humano. Sanar el espíritu común significa aprender a escuchar el silencio del otro, validar el miedo latente sin juzgarlo y transformar el dolor compartido en una herramienta de cohesión y civismo. El aula de clases y los espacios vecinales deben ser hoy, más que nunca, templos de neutralidad y templanza, donde la única doctrina sea la solidaridad y el único norte sea la dignidad de la vida.

​La verdadera resiliencia de un pueblo no se demuestra únicamente en su capacidad para levantar nuevas edificaciones sobre los cimientos caídos, sino en la mística y la constancia con la que sus ciudadanos sostienen el alma de la comunidad en los tiempos de sombra. Asumir este trabajo, con la hondura y el respeto que merece, es el tributo más noble que podemos rendir a la memoria de lo perdido y la promesa más firme que podemos legar al porvenir. Al final, los pueblos no se salvan por decretos, sino por la fuerza callada y persistente de quienes eligen cuidar la vida del semejante como si fuera la propia.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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